Hace apenas tres semanas, Luiz Inácio Lula da Silva parecía tener ante sí una de las derrotas más dolorosas de su dilatada carrera política. El presidente brasileño había quedado por detrás de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones y se enfrentaba a una segunda cita con las urnas en un contexto internacional particularmente favorable para las derechas radicales. Sin embargo, este domingo ha consumado una remontada inédita desde el restablecimiento de las elecciones presidenciales directas en Brasil. Lula ha pasado de perder por casi dos puntos a imponerse con el 51,79% de los votos frente al 48,21% del hijo de Jair Bolsonaro. Una diferencia de más de 4,4 millones de papeletas que le permitirá comenzar su cuarto mandato presidencial.
La victoria ha despertado interrogantes más allá de las fronteras brasileñas, especialmente en aquellos países donde las fuerzas progresistas afrontan un escenario electoral adverso. España, que celebrará elecciones generales el próximo 29 de noviembre, es uno de ellos. Pedro Sánchez encara las urnas con el bloque de PP y Vox por delante en la mayoría de los sondeos, mientras el espacio político situado a la izquierda del PSOE vuelve a presentarse dividido. La situación recuerda, con importantes diferencias, a la campaña de 2023, cuando los populares ganaron las elecciones, pero no consiguieron reunir los apoyos parlamentarios necesarios para desalojar a Sánchez de la Moncloa.
¿Puede la izquierda española protagonizar una remontada semejante a la brasileña? La pregunta exige examinar primero qué ha ocurrido en Brasil, qué factores explican el vuelco electoral y hasta dónde pueden trasladarse a un sistema político tan diferente.
Diez millones de votos después, la historia era otra
La primera clave de la victoria de Lula está en los números. El pasado 4 de octubre, Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03% de los votos válidos, frente al 45,16% del presidente. Tres semanas después, Lula había incorporado aproximadamente 10,4 millones de sufragios a su resultado inicial, mientras que su adversario sumaba unos 3,7 millones adicionales. El candidato del Partido de los Trabajadores consiguió ampliar su electorado mucho más que el aspirante conservador.
La participación también aumentó entre ambas vueltas, pasando del 78,92% al 80,78%. La reducción de los votos blancos y nulos contribuyó asimismo a elevar el número de sufragios válidos. Estas cifras no permiten determinar por sí solas cuántos votantes cambiaron de candidato, cuántos procedían de otras fuerzas y cuántos habían decidido abstenerse en la primera vuelta. Pero sí reflejan un cambio sustancial en la composición del voto que terminó inclinando la balanza hacia Lula.
La comparación con España encuentra aquí su primer punto de interés. El PSOE ya experimentó en 2023 una recuperación electoral después de las elecciones autonómicas y municipales de mayo, que habían dejado un panorama muy favorable al PP. Sánchez adelantó los comicios generales al 23 de julio y consiguió que su partido superase los 7,8 millones de votos, aproximadamente un millón más que en las generales de noviembre de 2019.
Aquel crecimiento no le permitió ganar las elecciones: el PP obtuvo 137 diputados frente a los 121 del PSOE. Sin embargo, el reparto parlamentario dejó a Alberto Núñez Feijóo sin una mayoría de investidura, mientras Sánchez consiguió posteriormente reunir los apoyos necesarios para continuar gobernando. El precedente español demuestra que una campaña puede alterar significativamente las expectativas iniciales, aunque no necesariamente el orden de llegada de los partidos.
El nordeste resistió y Minas Gerais cambió de manos
La segunda clave de la remontada brasileña está en el mapa electoral. Lula volvió a imponerse en los nueve estados del nordeste, su principal bastión político, donde obtuvo cerca del 69,4% de los votos válidos. La región, históricamente marcada por la pobreza y las desigualdades territoriales, conserva una estrecha vinculación con el presidente y con las políticas sociales impulsadas durante sus primeros mandatos.
Sin embargo, la victoria no se explica exclusivamente por la fidelidad de sus territorios tradicionales. Minas Gerais, el segundo mayor colegio electoral del país, pasó de votar mayoritariamente a Flávio Bolsonaro en la primera vuelta a respaldar a Lula en la segunda. El presidente alcanzó allí el 50,43% de los sufragios, frente al 43,33% que había cosechado tres semanas antes.
También mejoró considerablemente sus resultados en el sudeste, la región más poblada de Brasil. Aunque Bolsonaro terminó imponiéndose en el conjunto de ese territorio, Lula consiguió recortar diferencias y concentró allí cerca de la mitad de los votos adicionales que obtuvo entre ambas vueltas.
En España, la geografía electoral presenta otras particularidades. El reparto provincial de escaños hace que la distribución territorial del voto tenga una importancia decisiva. Una subida nacional de varios puntos no se transforma automáticamente en un número proporcional de diputados, especialmente entre las formaciones con apoyos dispersos.
Esta cuestión adquiere relevancia ante la división del espacio situado a la izquierda del PSOE. Frente Amplio, Podemos y otras candidaturas competirán en distintas circunscripciones, con acuerdos territoriales puntuales. A diferencia de Brasil, donde los votantes de diferentes candidaturas podían concentrar sus apoyos en Lula durante la segunda vuelta, en España esa fragmentación debe resolverse antes de votar o mediante acuerdos parlamentarios posteriores.
La campaña que comenzó después de perder
El tercer factor es la reacción política de Lula tras el revés del 4 de octubre. La primera vuelta había dejado al descubierto las dificultades del presidente para conectar con determinados sectores del electorado, especialmente en cuestiones como el coste de la vida, el endeudamiento de las familias y la seguridad pública.
Durante las tres semanas siguientes, el Partido de los Trabajadores intensificó su movilización territorial y su actividad en las redes sociales. La campaña reforzó la presencia del candidato en zonas competitivas y buscó ampliar su interlocución más allá de quienes ya se identificaban con la izquierda.
El resultado muestra que Lula consiguió incrementar sus apoyos de forma significativa. No obstante, atribuir la remontada a una sola decisión de campaña sería simplificar un fenómeno en el que confluyeron la participación, la distribución territorial del voto y las preferencias de los electores que no habían respaldado a ninguno de los dos finalistas.
En España, Sánchez afronta igualmente una campaña en la que la movilización será uno de los factores a observar. La convocatoria anticipada del 29 de noviembre ha obligado a todos los partidos a acelerar sus preparativos y a redefinir sus mensajes. Mientras el PP centra buena parte de su discurso en el balance del Gobierno y la continuidad de Sánchez, el PSOE trata de situar en el debate las consecuencias de una posible mayoría parlamentaria de PP y Vox.
La diferencia es que la campaña española no desembocará en un duelo presidencial entre dos candidatos, sino en unas elecciones legislativas con varios partidos capaces de condicionar la formación del próximo Gobierno.
El desgaste del Gobierno frente al rechazo a la ultraderecha
Otro elemento relevante de las elecciones brasileñas es que Lula ha ganado sin que desaparezcan las razones del descontento con su Ejecutivo. La preocupación por la economía doméstica, la inseguridad y los casos de corrupción que han afectado históricamente a su espacio político continuó presente durante toda la campaña.
Flávio Bolsonaro obtuvo casi 60 millones de votos, una cifra que revela la fortaleza de un movimiento que ha sobrevivido a la salida de Jair Bolsonaro de la Presidencia y a sus problemas judiciales. Además, el Partido Liberal ha reforzado su representación en el Congreso, lo que anticipa dificultades para el próximo mandato del dirigente progresista.
El contraste electoral se produjo también en torno a la relación con Estados Unidos y a la defensa de la soberanía brasileña. Frente al acercamiento de Flávio Bolsonaro a Donald Trump, Lula reivindicó una política exterior autónoma, en un momento de tensiones comerciales y diplomáticas entre Brasilia y Washington.
En España, el debate entre bloques incorpora elementos diferentes, aunque también está condicionado por el crecimiento de la derecha radical. Según el promedio de encuestas elaborado por RTVE con datos hasta el 20 de octubre, Vox alcanzaría el 18,7% de los votos y 65 diputados, prácticamente el doble de los 33 escaños que obtuvo en 2023.
La posibilidad de una mayoría de PP y Vox constituye uno de los principales escenarios recogidos por los sondeos. Pero su relevancia política no elimina otros motivos que pueden condicionar el voto, como la vivienda, los salarios, la calidad de los servicios públicos o el balance de la legislatura. La movilización motivada por el rechazo a una determinada coalición debe distinguirse del respaldo efectivo a las propuestas de los partidos que compiten con ella.
La gran diferencia: España no tiene segunda vuelta
La comparación entre Lula y Sánchez tropieza finalmente con una diferencia institucional determinante. En Brasil, la primera votación permitió medir la fuerza de distintas candidaturas y la segunda redujo la competición presidencial a dos alternativas. Lula pudo captar apoyos de electores que inicialmente habían preferido otras opciones, sin que estos tuvieran que renunciar a votar por sus partidos en las elecciones legislativas celebradas el 4 de octubre.
En España no existe ese mecanismo. Los ciudadanos elegirán el 29 de noviembre a los 350 diputados del Congreso mediante un sistema proporcional por circunscripciones provinciales. El presidente del Gobierno será investido posteriormente por la Cámara, de acuerdo con las mayorías que puedan conformarse.
El resultado de Brasil no permite anticipar una remontada equivalente en España, pero sí ofrece un ejemplo reciente de cómo una ventaja electoral puede desaparecer cuando cambian la participación y el reparto de apoyos. El precedente del 23J aporta una segunda enseñanza institucional: en el parlamentarismo español, ganar las elecciones y reunir los votos necesarios para gobernar son dos cuestiones distintas.
Lula ha necesitado 21 días para pasar de una primera vuelta adversa a una cuarta victoria presidencial. Sánchez afrontará el 29 de noviembre sin una segunda oportunidad en las urnas tres semanas después. En España, cualquier vuelco tendrá que producirse en una sola jornada electoral y superar después una prueba diferente: la aritmética del Congreso.
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