Este 8 de marzo vivimos nuevos capítulos de provocaciones ultras con motivo del Día Internacional de la Mujer en el campus de Somosaguas de la Universidad Complutense, donde un grupo de encapuchados invadieron las instalaciones universitarias destrozando carteles del 8M e intentando dejar otros con simbología fascista. El propio domingo 8 de marzo en una de las manifestaciones feministas miembros de un conocido grupo de extrema derecha irrumpieron en la concentración con ánimo de reventar el acto, acabando detenidos por la policía por un delito de desórdenes públicos. Por desgracia este es un capítulo más de toda una serie de actos que podrían encuadrarse dentro del mismo modus operandi: rechazo violento de las ideas contrarias, exaltación de símbolos y eslóganes ultraderechistas o abiertamente fascistas, acoso a quien piensa diferente de estos ultras, denigración del adversario con insultos. Ante este panorama debería preocuparnos que campen a sus anchas grupos y grupúsculos que se sienten impunes actuando de esta manera.

Hemos visto estos últimos años manifestaciones ante sedes de partidos políticos, singularmente ante la sede del PSOE en la calle Ferraz de Madrid, con réplicas poco exitosas en otras capitales. Hemos visto ataques anónimos a símbolos identificados con la izquierda o con la memoria histórica, placas destruidas, bustos pintarrajeados (en Balears el busto que recuerda a Aurora Picornell es periódicamente agredido), etc. Irrumpen los pseudomedios y sus agentes en actos o manifestaciones de ideologías diferentes a la suya para directamente provocar y generar una reacción que convierten en noticia, por ejemplo, con los actos organizados por un conocido pseudoperiodista en distintas universidades españolas, donde le pudimos ver buscando directamente la confrontación con los jóvenes que expresaban el rechazo a su presencia. A ello podríamos sumar el acoso a que elementos de la ultraderecha o de sus satélites someten a políticos o comunicadores progresistas, la familia de Pablo Iglesias e Irene Montero seguramente es el caso más evidente, pero no el único, dentro de esta forma de actuar podríamos encuadrar también el acoso a comunicadores que resultan particularmente incómodos a los extremistas, como es el caso de Sarah Santaolalla.

Este modus operandi puede pretender influir en la opinión pública o en decisiones que deban tomar las instituciones, sería el caso de las manifestaciones, legítimas y normales dentro de un sistema democrático, mientras no se crucen determinadas líneas rojas: el insulto en vez del eslogan, la amenaza, la violencia en sus distintas expresiones como destrucción de mobiliario urbano e incluso agresiones personales o exhibición de símbolos como la ficción de ahorcar a una personalidad política; ejemplos a los que habría que añadir la exhibición de símbolos antidemocráticos, un hecho que hemos normalizado con demasiada rapidez. Es cierto que vivimos en un clima de polarización política, sin embargo, determinadas tácticas, usadas de forma regular, constante, con repercusión inmediata en medios muy concretos, sólo vienen de una parte del espectro ideológico, y este es el que se identifica con la extrema derecha.

Estamos, pues, ante una estrategia que pretende transmitir una imagen deformada de nuestra sociedad, una forma de actuar que nos puede recordar, salvando las distancias, al fascismo histórico, que hizo de la provocación un instrumento esencial de su política, en un contexto altamente radicalizado (el período entre guerras), la provocación fascista conducía a la violencia que les servía para erosionar el orden político liberal, transmitiendo la sensación de fragilidad del mismo y, por tanto, para argumentar la necesidad de un golpe de timón. Para transmitir este desorden, como han analizado expertos en el fascismo como Robert O. Paxton, buscaban la violencia en la calle que demostraría la debilidad del estado liberal, incapaz de mantener el orden, la secuencia se iniciaba con la provocación que conducía a la reacción de los adversarios políticos, esta reacción, que esperaban violenta, justificaba su propia actuación, les permitía victimizarse y se utilizaba como prueba del caos en las calles.

Como ejemplos de aquella provocación podemos mencionar ataques a sedes de partidos de izquierdas y sindicatos, irrupciones en actos y manifestaciones de sus adversarios, o el asalto de medios de comunicación, de hecho, la agresión de los fascistas italianos (“squadristi” o escuadristas) a la redacción del periódico Avanti, órgano del partido socialista, el 15 de abril de 1919 se considera uno de los momentos fundacionales del movimiento fascista. En Alemania se dieron casos similares como el ataque al Münchener Post, conocido por denunciar los objetivos del nazismo, acabando sus heroicos periodistas encarcelados o en campos de concentración. Incluso en España esta estrategia tuvo sus émulos y elementos fascistas teorizaron sobre la importancia de la “acción directa.” Sin embargo, no es la violencia política lo que nos preocupa de momento, afortunadamente, sino la evidente estrategia de provocación que hemos constatado en nuestro país.

La pregunta que nos tenemos que hacer ahora es ¿qué pretenden con esta constante provocación? Acudiendo a los modelos clásicos podríamos pensar que les permite mostrar una situación de inestabilidad en las calles, una falta de apoyo popular creada artificialmente, una situación provocada pero que justificaría o daría argumentos a quienes defienden la necesidad de que el gobierno convoque unas elecciones generales anticipadas, que renuncie a gobernar. Les permite polarizar el debate público convirtiendo la actividad política en una confrontación entre bloques antagonistas, sin zonas comunes donde poder dialogar. Les permite aparecer como víctimas (lo hemos visto en numerosas ocasiones) aunque no se hayan producido agresiones físicas ni insultos, a veces el pseudoperiodista es “víctima” porque se le niega la condición de periodista, según su versión, convirtiendo así a sus víctimas en imaginarios “agresores”. Les permite erosionar la confianza en nuestras instituciones, siguiendo con la idea de desorden. Les permite desviar el debate político hacia los temas que son objeto de su provocación, seguidos por sus altavoces en redes y medios, ocultando así del escrutinio público los asuntos que no interesan a su agenda. Les permite, además, intentar acallar las voces que responden a sus argumentos, que les contradicen, que les hacen frente, deslegitimándolos. Les permite intentar amedrentar al adversario político. En definitiva, contribuye a tener a sus seguidores permanentemente movilizados en la “cruzada” que ellos mismos fomentan con la estrategia de la provocación, pues no pueden permitirse detener la espiral que están alimentando, temen perder el control de la agenda política que buscan con su estrategia.

No estamos ante la amenaza de grupos de squadristi, no afirmamos eso, pero sí ante una clara estrategia de provocación en la que no hay que caer, entre otras cosas para demostrar que nuestra democracia sí funciona, nuestras instituciones cumplen su misión y nuestro país, a pesar de ellos, avanza.

Cosme Bonet
Exsenador, secretario de organización y acción electoral del PSIB-PSOE