Me considero un aficionado incondicional al fútbol de toda la vida. De los que no se pierden un partido del Real Madrid. De los que siguen rellenando la quiniela cada jornada con la ilusión intacta de conseguir algún día el pleno al quince. Entiendo este deporte como un nexo de unión. He crecido admirando este juego desde la grada y frente al televisor.

Entendiendo que la afición y la pasión por un deporte no deben llevarnos a vivir situaciones problemáticas, ver a Rajoy utilizar un espacio de opinión como el que le ofreció el diario El Debate para desplegar un racismo y una xenofobia tan flagrantes contra la selección de Francia me produjo un profundo estupor y malestar.

Rajoy valoró al combinado galo como un equipo de altísimo nivel, pero «eso sí, sin franceses». Lejos de rectificar ante el bochorno internacional generado, el expresidente ha insistido en una nueva columna y ha acusado al Gobierno de «distraer la atención», además de responder con soberbia que «ellos no van a pedir perdón por nada». Esta huida hacia delante solo agrava un potencial conflicto diplomático con París, que obligó al Ejecutivo español a emplearse a fondo, en vez de poder mantener el foco por completo en el partido de fútbol entre ambas selecciones. Que un expresidente del Gobierno convierta un evento deportivo en un problema exterior y se niegue a pedir disculpas es inaudito.

Bien mirado, llueve sobre mojado. Con este cruce de declaraciones se le cae la careta de falsa moderación al PP de siempre, demostrando que el racismo y los prejuicios siguen muy presentes en su ideología.

Si alguien pensó que detrás del hombre de los lapsus discursivos se encontraba un alma cándida, habrá comprobado que siempre fue un lobo con piel de cordero. El mismo que en 2011 asestó el mayor tijeretazo al Estado del bienestar de nuestra democracia. Es la misma derecha que hoy calcula los presupuestos recortando en los servicios esenciales de los ciudadanos. Para el imaginario rancio de Rajoy, la pureza de la patria se sigue pintando en blanco y negro, recordando etapas oscuras de nuestra historia.

Para un madridista, ver la diversidad cultural en el deporte es algo tan natural como enriquecedor.

Hoy, cuando la gran final del Mundial de 2026 entre España y Argentina baja el telón de este gran acontecimiento, los aficionados de verdad solo esperamos que este torneo sea recordado por el fútbol puro, por el talento y por el esfuerzo bajo un mismo escudo. Que la historia se quede con la épica del juego. En la quiniela de la decencia, los ciudadanos elegimos que ganen los goles y que pierda, con pleno al quince, el racismo de salón.

 

Diego Ruiz Ruiz es militante del PSOE de Toledo capital

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