Hay decisiones que se anuncian con solemnidad y se entienden mejor mirando el fondo de la foto. Isabel Díaz Ayuso proclamó desde Mar-a-Lago la Medalla de Madrid a Estados Unidos como “principal faro del mundo libre”. No desde una institución europea, no desde un foro diplomático. Desde allí. El lugar ya decía bastante antes de que empezara el discurso.

La medalla no es para una persona concreta. No es para Donald Trump. Es para “Estados Unidos”. En abstracto. Una solución elegante: se evita la imagen incómoda, pero se conserva el mensaje. Se premia la idea sin tener que explicar el presente.

El presente, sin embargo, existe.

Reuters, Associated Press y The Guardian han documentado que 2025 fue el año con más muertes bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas en más de dos décadas. Treinta y dos personas fallecidas en centros de detención. No son metáforas. Son autopsias.

Entre los casos que circularon por juzgados y portadas estuvo el de Liam Conejo Ramos, cinco años, detenido junto a su padre pese a tener un procedimiento de asilo en curso. Cinco años. La administración corrigió después. Primero detuvo. Y en ese contexto se habla de faros.

No se trata de romper con Estados Unidos ni de borrar su papel histórico. Se trata de no fingir que nada está ocurriendo. Llamar “faro del mundo libre” a un país cuyo sistema migratorio acumula muertes bajo custodia y detenciones de menores no es una expresión literaria. Es una posición política. Y no es neutra.

Pero quizá lo más interesante no esté en Washington. Está en Madrid.

Ayuso compite con Vox en todo. En el programa, en el tono y en la puesta en escena. No es solo una disputa ideológica; es una carrera por no parecer menos contundente. Si Vox agita, ella institucionaliza. Si Vox insinúa afinidades globales, ella las oficializa con medalla incluida.

La diferencia es que Vox es un partido. Ayuso preside una institución.

Una medalla no es un tuit ni una frase de mitin. Es un símbolo que habla en nombre de todos los madrileños. Y cuando se convierte en herramienta de competencia interna, deja de ser símbolo común para convertirse en artefacto táctico.

Eso tiene consecuencias. No en Florida. En Madrid.

Madrid no está para competir en ruido, está para ejercer autoridad. Y cuando la presidenta convierte un símbolo común en pieza de su disputa con Vox, no daña al adversario: erosiona la imagen de la Comunidad de Madrid. La institución pierde estatura. Y una vez que una institución pierde estatura, recuperarla es mucho más difícil que conseguir un aplauso.

Puede que el gesto sume puntos en la clasificación interna de contundencia. Puede que garantice titulares. Pero las instituciones no están diseñadas para ganar discusiones de fin de semana. Están para sostener algo más estable.

La medalla se entregará. La foto circulará. El episodio se diluirá en la siguiente polémica. Lo que quedará es una pequeña rebaja invisible: el símbolo habrá servido a la competición.

Y cuando las instituciones empiezan a competir, dejan de representar. Eso no suele notarse el primer día. Se nota después.

Vicente Montavez, portavoz de la comisión UE.

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