El Partido Popular (PP) tiene un elefante voluminoso en la habitación: Vox, una formación ultraderechista desacomplejada que no oculta su deseo de remplazar al PP y convertirse en la nueva derecha tradicional de España. Santiago Abascal pretende lepenizar o melonizar el partido para dar la batalla presidencial en 2031 con un Alberto Núñez Feijóo capturado y fuera de combate, como viene ocurriendo en los caucus de las derechas de Extremadura y Aragón, a la espera de los resultados en Castilla y León y Andalucía.

El liderazgo de Feijóo ha sido torpedeado constantemente por las imposiciones de un Abascal rocoso y desprovisto de díscolos internos. Vox se presenta como un outsider del sistema y, por ende, no tiene ningún incentivo para abrazarse de más con el PSOE azul. La gestión de una administración desgasta y la indignación retórica atrae votantes. Vox crece cuando es ruptura, enfado y oposición frontal al sistema.

La evolución del PP en su relación con Vox no es una simple adaptación estratégica: es una cadena de contradicciones que revela una pérdida de rumbo y una dependencia política creciente. Feijóo no quiere pelearse con la ultraderecha, quiere que se siente en la mesa y asuma responsabilidades. En el momento en que Vox empieza a hablar de presupuestos, acuerdos, estabilidad o gobernabilidad, la épica baja. Ya sucedió con Podemos.

Los líderes de la derecha han cercado posturas para desencallar las negociaciones en Extremadura y Aragón. El objetivo de la reciente conversación entre Abascal y Feijóo era recuperar la confianza entre los dos partidos y las declaraciones realizadas el martes por responsables por ambos parecían confirmar que lo habían conseguido, pero las palabras del líder de Vox 24 horas después evidencian que será tan fácil.

Por su parte, el secretario general del Partido Popular, Miguel Tellado, ha tratado de minimizar la trascendencia del documento marco que su partido ha preparado para las negociaciones con Vox, en el que se menciona que el PP busca el “compromiso de aprobación de cuatro presupuestos”, es decir, de toda la legislatura.

Tellado ha aclarado que esto no constituye una exigencia del PP, sino un punto de partida para el diálogo. “Exigir no es un verbo que encaje bien en un proceso de negociación. No se trata de poner demandas sobre la mesa”, ha enfatizado el número dos del PP durante una entrevista en Telecinco, donde ha reiterado su disposición a colaborar con Vox. “Hay muchas más cosas que nos unen que las que nos pueden separar”, ha añadido.

Vox mantiene su postura firme frente al PP. Utilizando un cambio brusco de tono, Abascal puso este martes un freno al entusiasmo que había predominado ayer en las negociaciones para que la formación ultraderechista respaldara la reelección de los presidentes de Extremadura y Aragón, María Guardiola y Jorge Azcón. Por su parte, el secretario general del Partido Popular, Tellado, ha tratado de restar importancia al documento marco presentado el lunes, destacando que se trata únicamente de un punto de partida y reiterando la disposición de su partido a tender la mano al grupo de Abascal.

El pacto de investidura de Juan Manuel Moreno Bonilla que firmaron PP y Vox ―a la expensa del ahora fallecido Ciudadanos― el 9 de enero de 2019 se fraguó en un marco detallado y operativo, con medidas específicas (como la creación de una Conserjería de Familia), enfocado a la gestión autonómica andaluza y centrado en reformas administrativas tangibles. Entonces, se presentó como un programa de regeneración y cambio tras décadas de gobiernos socialistas.

Históricamente, el PP aspiraba a ocupar un espacio amplio de centroderecha, capaz de atraer voto moderado y liberal. El acercamiento sostenido a Vox —no solo para investiduras, sino mediante acuerdos programáticos que incorporan su lenguaje— proyecta la imagen de que el PP: ha dejado de marcar agenda y se adapta a los marcos ideológicos de la ultraderecha en temas como inmigración, memoria democrática o políticas de igualdad.

Esta semana, Feijóo hizo público un decálogo para salvaguardar su posición negociadora. Sin embargo, al incorporar a Vox como socio necesario en las mayorías autonómicas, el PP está legitimando políticas y discursos que hasta ahora eran marginales.

El énfasis en la “unidad nacional”, el “marco constitucional” y el “Estado de Derecho” funciona como una coartada simbólica. Aunque parecen principios neutros, permiten blanquear políticas de corte ultraderechista en materia de inmigración, igualdad o memoria histórica, presentándolas como cumplimiento constitucional.

El compromiso de que “los gobiernos respondan solidaria y colegiadamente” y que los acuerdos aseguren “estabilidad institucional” puede interpretarse como un mecanismo de blindaje de la alianza PP-Vox, consolidando a Vox como socio imprescindible y limitando la autonomía política de los gobiernos autonómicos.

Abascal ha asegurado no comprender ese decálogo del PP y lo ha atribuido a los problemas internos del PP, que “tiene demasiados mensajes, mucha confusión”. “Me sorprende que el marco de negociación lo ponga aquel que necesita los votos. Lo normal es que hablen con nosotros, nos pregunten qué queremos”, ha argumentado. En su opinión, el PP actúa “como si estuvieran pactando con salvajes y pretendieran domar a Vox. Es algo que no es correcto, creo que es empezar con mal pie”, ha advertido.

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