El neoliberalismo ha hecho de comadrona de la reacción. En sus diversas formas, la reacción es útil al capital para favorecer una involución democrática en el sentido más amplio posible. Esto resulta evidente en sus versiones más lisérgicas, que hoy hacen las veces de libro de cabecera de la oligarquía tecnológica, pero también es el caso del resto de matices amargos en los que se nos presenta la hiel reaccionaria.
La lógica estremecedora que produce la normalización de ciertos discursos, actitudes y políticas puede conducir a la tentación de optar por el mal menor. Es comprensible y, según cómo, se erige en un deber cívico. De hecho, un ejemplo claro de este sentimiento de deber cívico lo encontramos en la situación que llevó a la izquierda francesa a movilizar su voto para impedir que la dinastía Le Pen llegara a la presidencia de la República, tanto votando a Chirac como, años más tarde y en dos ocasiones, a Macron.
Ahora bien, no se puede estar eternamente a la defensiva. Cuando lo que hoy se nos plantea como inexorable es adentrarnos en una pesadilla distópica, ampliar los márgenes de lo imaginable y posible se convierte en urgente.
Postular el bien mayor es una estrategia ganadora. Un buen ejemplo de ello son las victorias, en Nueva York y Berlín, de candidatos procedentes, en una definición laxa, del socialismo democrático. Las propuestas de Mamdani y Eralp tienen mucho en común. Sin dejar de denunciar a Trump o a la AfD, respectivamente, sus campañas no giraron en torno a lo que había que evitar, sino a lo que había que conseguir: una ciudad al alcance de todos.
En el caso de Zohran Mamdani, esto se traducía en la promesa de congelar los alquileres, establecer escuelas infantiles públicas, así como conseguir un servicio de autobuses rápidos y gratuitos. En el caso de Elif Eralp, esto se traducía en la promesa de expropiar doscientos veinte mil viviendas en manos de fondos de inversión, limitar y congelar los alquileres y abaratar el transporte público.
El mérito de esta propuesta política, aunque circula por los márgenes de lo que el consenso neoliberal considera admisible, no reside tanto en su radicalidad —ninguna de las medidas propuestas puede escandalizar a un socialdemócrata consecuente— como en la capacidad de resonar en las angustias y necesidades de las mayorías sociales, con independencia de su origen, creencias o aspecto, y en la capacidad de construir así un sujeto político capaz de llegar al poder y mantenerlo el tiempo suficiente para impulsar profundas transformaciones sociales.
La victoria no es un resultado de la disputa por el centro, sino de la disputa permanente por la centralidad, por construir políticamente la contradicción principal.
En términos políticos, ningún conflicto social es central por sí mismo. Lo es cuando consigue organizar el sentido común del lugar y del momento de manera que la mayoría lo entienda como el conflicto que cuenta, que articula los demás sin disolverlos.
No se puede hacer únicamente a base de comunicación política y de redes, sino que para sostener la disputa en el tiempo hacen falta organizaciones, compromiso militante, fortalecer el tejido social y los tiempos largos de la reflexión y el debate.
También, sin duda, una coordinación internacional de las izquierdas. Mamdani ya participó el pasado abril, con un mensaje grabado, en la Global Progressive Mobilisation, un encuentro internacional que tuvo lugar en Barcelona. También estuvo Lula, que afronta unas elecciones decisivas en Brasil. Estos últimos días, tanto Pedro Sánchez como Jaume Collboni han compartido con Mamdani espacios y reflexiones en Nueva York.
Si el encuentro barcelonés tuvo mucho que ver con la necesidad de hacer frente juntos a las fuerzas reaccionarias, la propuesta de coordinación de las izquierdas que Sánchez ha formulado en Nueva York cambia de registro, de la apelación a la resistencia a la formulación esquemática de un programa compartido, capaz de forjar mayorías sociales a su alrededor: «Un salario digno; una vivienda asequible; buenos servicios públicos, tiempo para las familias; seguridad; dignidad; un futuro».
Hay que desarrollar esta lógica hasta sus últimas consecuencias, pero es por aquí.
Precisamente por eso resulta inexcusable una coda final: el bien mayor es que todas las Maricarmen puedan vivir bien, tranquilas y en su casa. Whatever it takes. Hay que hacer lo que haga falta —y hacerlo pronto— para evitar más casos como el del desahucio de Maricarmen en Madrid. Que nadie se atreva a bloquear ahora la aprobación, como hizo la derecha en su día, de los instrumentos legales necesarios para impedirlo.
Ferran Pedret i Santos, presidente del grupo del PSC en el Parlament de Catalunya
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