La obra de la cineasta japonesa Naomi Kawase, en líneas generales, se ha articulado alrededor de la pérdida (la muerte) y en cómo afecta a quienes sobreviven a ella. A cómo deben afrontar la vida tras (y ante) el vacío que queda. Ya sea a través del documental o de la ficción, Kawase ha ido realizando una obra coherente tanto en su contenido narrativo como en el formal, evolucionando en ambos casos de manera pareja para ir dando sentido a una filmografía irregular pero enormemente estimulante en su conjunto.


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Con Aguas tranquilas Kawase recupera el pulso de películas como Shara (2003), Nacimiento y maternidad (2006) y El bosque del luto (2007), habiendo, después, realizado obras como Nanayo (2008) o Hanezu (2011), muy interesantes pero por debajo de logros anteriores. Aguas tranquilas, rodada en la isla de Amami Oshima, se centra en la relación de dos jóvenes adolescentes, Kaito y Kyoto, quienes van descubriendo la vida a través de la presencia de la muerte. La película se inicia con un cadáver arrastrado por el mar a la playa, creando ya una atmósfera mortuoria. Los dos jóvenes protagonistas observan el cuerpo muerto, visión que marcará su relación personal. Después, el anunciado fallecimiento de la madre de Kyoto, recorre la películas hasta que se sucede, momento que marca un punto de inflexión en la narración. Pero Kawase, al reflexionar sobre la muerte, busca hablar de la vida, creando un itinerario de conocimiento vital por dos jóvenes que no encuentran todavía su lugar en el mundo. La pulsión sexual que existe entre ellos y no consiguen consumar hasta el final viene condicionada por ese contexto que les rodea.


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Cine de búsqueda antes que de certezas, Aguas tranquilas avanza con la calma que caracteriza al cine de Kawase, con un desarrollo de la acción que viene acompañado con paradas para la contemplación/reflexión. La capacidad de la cineasta para atrapar los momentos y los detalles más nimios así como para mostrar lo más general, el contexto, resulta exquisito en gran parte del metraje. Su gusto por mostrar la relación entre personajes y paisaje, creando una simbiosis magnífica, toma en Aguas tranquilas un tono trascendental que pierde fuerza tan solo en el final cuyas imágenes acaban siendo demasiado new age, perdiendo de ese modo la fuerza espiritual que habían tenido hasta el momento y alzándose más como mero paisajismo de hermosa concepción pero vacua definición.


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Kawase ha retomado el camino, ha conseguido ir más allá dentro de su filmografía, y ha creado una película rica en ideas y emociones, que apela a todos los sentidos posibles y exige al espectador la predisposición por dejarse llevar por un cine que, aunque narrativo, busca nuevos caminos sensoriales para contar una historia.