Aunque en general poco conocido, el escritor francés Jean-Patrick Manchette es considerado como uno de los principales, sino el que más, representantes del neo-polar francés literario. Llevado al cine por autores como Claude Chabrol (Nada, 1973), Gérard Pirés o Jacques Deray, ahora es adaptado nuevamente en Caza al asesino (título poco afortunado si se compara con el original, The Gunman, mucho más certero en relación con la historia). Dirigida por el francés Pierre Morel, realizador de un puñado de películas de acción destacando tan solo Venganza, la primera de la saga interpretada por Liam Neeson, el guion corre a cargo, entre otros, de Pete Travis, un buen realizador y guionista del thriller político actual, y del propio Sean Penn, estrella absoluta de la función.



Cercano a la Internacional Situacionista y a la extrema izquierda, Manchette escribió en una ocasión: “La mejor novela negra es una novela social, una novela de crítica social, que toma como anécdota historias de crímenes”. Y Caza al asesino parte de esa premisa, enfocando su mirada hacia los abusos de algunas multinacionales en países subdesarrollados; el robo y manipulación de recursos mediante empresas fantasmas; el derrocamiento de gobiernos y el asesinato de quienes son molestos para los intereses de dichas multinacionales… Estas son algunas de las ideas alrededor de las cuales parece que Caza al asesino articulará su discurso. Sin embargo, y aunque siempre presente, poco a poco todo lo anterior va diluyéndose a favor del desarrollo de una trama de acción sin más, lo cual no estaría mal del todo sino fuera porque en un comienzo la película presenta otras intenciones. Y aunque toda la narración está atravesada de esa visión crítica, ésta pierda considerable fuerza a lo largo del metraje, porque el interés de sus responsables acaba centrándose más en intentar construir una sólida película de acción. Pero tampoco lo consigue, no al menos del todo.



Morel logra transmitir mediante las imágenes la atmósfera pulp de la novela de Manchette, aunque sea evidente el despliegue de producción en la que se asienta Caza al asesino. Pero no alcanza a combinar esa atmósfera, como sí hace el original literario, con la trama política y con la crítica que de ella debería emanar. Es decir, Morel acaba construyendo una película en su superficie que nos recuerda, como muchas producciones de los últimos años, al cine político, vía thriller, de los setenta, pero en este caso no hay nada más que la asimilación de su aspecto externo. Y de ahí no pasa. Porque lo que hace Caza al asesino es lo que no debería: nos presenta una situación, nos la explica y, a partir de ahí, se olvida de ella asentando al espectador en una posición bastante cómoda, no quedando otra que dejarse arrastrar por la acción. Esa comodidad, que tiene algo de ese buenísimo en el que en ocasiones cae Hollywood (aunque estamos en una coproducción de base británica, aunque con participación norteamericana y española) en el que la crítica, al final, sirve más como denuncia simple antes que como potenciador de la reflexión.



Luego queda la presencia de un Sean Penn convertido, como otros actores actual, en maduro héroe de acción. Su capacidad interpretativa se da la mano con un narcisista intento de mostrarse en toda su potencia musculosa, lo cual acaba siendo tan operativo (por el personaje) como ridícula (por repetitiva a lo largo de la película). Sus traumas, la enfermedad cerebral que sufre, ayudan a que Penn pueda también presentar otros registros. Porque, a pesar de todo, Penn sustenta la película. Aunque tanto él como Javier Bardem, que vuelve a demostrar que cuando se le deja rienda suelta su histrionismo es insoportable, y un siempre magnífico Idris Elba, son bastante talentosos como actores como para permitirse un derroche como el de Caza al asesino.


Y se hablará posiblemente del horrible final de la película en la Monumental de Barcelona, llena de banderas de España y de la Comunidad de Madrid, un pequeño fallo que en el fondo sirve como ejemplo de parte del desbarajuste de Caza al asesino.