En el bucólico paisaje del jardín de la centenaria cafetería Casa Egón, en La Orotava (Tenerife), donde el murmullo de los habituales se choca con el repiqueteo de las cucharillas, Naira Marco (La Laguna, 1975) reflexiona sobre escritura. Ganó recientemente el II Premio Internacional de Novela Corta por Una isla dentro de una isla. Sin embargo, pese a las mieles del galardón, no hay épica en su relato del éxito. Quizás hasta lo rehúye. Hay intermitencia, servilletas perdidas y una relación con la página en blanco. La conversación transcurre en ese clima de sosiego engañoso que tanto se parece a sus inquietudes literarias: el refugio y el encierro, la huida y el retorno, la isla como promesa y como trampa al mismo tiempo.

Marco no escribe desde el método. Tampoco desde la disciplina. No tiene horarios, ni rituales ni fetiche; escribe cuando algo se quiebra. Quizás ese sea el motivo por el que su novela explora con tanta precisión los difusos límites entre realidad y ficción, entre la experiencia vivida y la deformación literaria. Una matrioska emocional. Mientras habla, La Orotava queda al fondo como un sereno decorado con lo que de verdad le interesa: esa geografía interior donde la escritura aparece no como oficio, sino como necesidad.

 

Pregunta: Primero me gusta mucho hablar del proceso de creación, sobre todo por artistas como, por ejemplo, Woody Allen. Él tiene su máquina de escribir Olimpia y es donde escribe cada guión ¿Tú qué tienes? ¿Tienes una isla donde acudir para escribir?

Respuesta: Pues me temo que no, ni siquiera tengo un método.  De hecho, escribo de manera intermitente desde hace mucho tiempo;  puedo pasar largos periodos, -hablo de años- sin escribir absolutamente nada. Y no tengo un lugar ni un horario específicos para sentarme a trabajar. Es verdad que utilizo mi ordenador y de vez en cuando anoto cosas en una libreta o una servilleta, si se me ocurre algo que considero interesante… pero luego suelo perder eso que anoto. O sea, que no me sirve de mucho (se ríe). Cuando francamente me siento mal, en periodos de desasosiego o de angustia, ahí es cuando me siento a escribir. Ese es el motor de mi escritura y yo creo que el lugar me es indiferente. 

P: O sea, no tienes una manía... 

R: No, ni horario. Bueno, lo único que puedo decir es que en general, cuando escribo de manera continuada, no le dedico más de una hora al día. Porque rápidamente me saturo. Tengo que parar (risas). No soy nada metódica, pero sí muy perezosa

P: Tu libro me ha recordado, a grandes rasgos, a Historia de una escalera. Es muy costumbrista. Pero más allá de eso, lo que se desprende del libro es una sensación de aislamiento, que no solo es intrínseco a una isla ¿En qué momento sentiste que esa segunda isla - la emocional - merecía dar un paso más y convertirse en literatura? 

R: Cuando empecé a escribir este texto, lo único que tenía claro es que lo quería situar en una isla. Sabía asimismo que iba a haber una escritora, pero no tenía trama ni nada más entre manos, más allá de explorar la relación problemática que se establece entre realidad y ficción El título, de hecho, Una isla dentro de una isla, hace referencia a un juego de matrioskas, y, por ende, a la presencia de varios niveles de ficción. Y es bastante metafórico. Hablabas tú de una isla emocional. Yo no lo habría  formulado así, pero sí, creo que es muy pertinente…  

Es verdad que hay una larga tradición literaria de obras ambientadas en islas y a mí lo que me interesaba de la isla es su carácter ambivalente: Puede ser un lugar de escape y también un lugar en el que uno acaba atrapado, que es lo que le pasa a la protagonista de mi novela. Ella va a una isla huyendo de un desamor y al final acaba en una situación, pues, de encierro. También me gustaba la figura de la isla porque en la propia tradición literaria opera como  espacio de contraste, entre lo que es la civilización y la naturaleza o la civilización y lo salvaje. Digamos que todo eso me ha servido. Es verdad que también aparece en la tradición filosófica  como espacio donde se establece una sociedad ideal, así como lugar de exilio. Entonces, esa ambivalencia me parecía muy interesante. Y es verdad que yo soy isleña, pero la isla de la novela tiene muy poco que ver con una isla canaria, ¿no?. De hecho, yo me sitúo como isleña en la lógica de la desmitificación, porque es verdad que Canarias es un territorio que se ha asociado al paraíso, al mito de los afortunados y la realidad es muy diferente, tal y como puedes ver aquí. Lo habrás observado, ¿no?: Atascos, masificación, contaminación. Mi isla -la de la novela- es un remanso de paz en el sentido en que es una isla muy poquito habitada, sin vehículos, agreste, muy verde…

P: Un paralelismo, quizás, con esas zonas de la España vaciada que son como un reducto de las tradiciones o costumbres que se están perdiendo… Se ve en el modo de relacionarse de los personajes, que es mucho más natural, pero visto desde una óptica, tampoco quiero decir antigua, sino tradicional. 

R: Digamos que, aunque la dimensión temporal no está muy definida, si te fijas en los elementos que aparecen en la novela, podría estar ambientada en los años 90. Es decir, ya hace un tiempito. No se había extendido el uso de teléfonos móviles, ni de Internet. Algo necesario para que yo pudiera aislar realmente a mi protagonista, a la narradora, que además se constituye en el elemento foráneo. Necesitaba confrontarla, pues, a otra sociedad o a otra microsociedad en este caso, con sus propios códigos 

P: Dentro de esa metáfora, ¿se ha colado alguna parte de tu propia memoria o de tu vivencia?

R: Me temo que mucho (se ríe). A veces hay casi un solapamiento perfecto entre la voz de la narradora y mi propia voz como escritora. Yo creo que nos parecemos mucho, incluso en el carácter si bien, soy más simpática que ella, creo, porque ella trata con bastante desdén a su prójimo, pero luego es una persona a la que le cuesta sentarse a realizar su tarea principal: escribir. La novela trata, entre otras cosas, sobre el proceso de escritura y sobre los límites difusos que existen entre  ficción y realidad. Juego permanentemente a desdibujar estos límites. Ambas, la protagonista y yo misma, tendemos a problematizar esta relación, a sublimar detalles cotidianos, posando una mirada poética sobre lo que nos rodea, al tiempo que nos entretenemos en desmitificar lo teóricamente sublime, como si no nos tomáramos nada en serio.   Por otro lado, también  hay parte de mí en otros personajes. Es como si me hubiera fragmentado y dispersado en ellos. Por ejemplo, la diputada, que es mi personaje favorito, es la antítesis de la narradora. Quizás lo que quisiera ser y no soy… Luego está la niña, Abigail, que es la única  que tiene nombre. Es verdad que no le puse nombre a nada, ni a los lugares, ni a los personajes para evitar que la historia se vincule a un lugar específico. Buscaba preservar una atmósfera de misterio y cierta universalidad, por decirlo de algún modo. Incluso en Abigail, en su reserva infantil, hay una parte de mí. Me identifico con ella. Y luego está la figura del organista, que es un personaje realmente secundario, sin relevancia, pero yo misma he hecho estudios de órgano y me divierte introducirlo como una especie de cameo, como si me colara en el relato.

P: Lo que transmites es que hay una mirada bastante íntima a la identidad, el hogar y el sentimiento de arraigo hacia un sitio. ¿Crees que la isla es refugio o un límite o un espejo donde mirarse y crecer? ¿Qué ha sido en definitiva para ti esa isla?

R: Para  la protagonista, lo que es el refugio realmente no es la isla en sí. Digamos que son las cuatro paredes, esa casa en la que se aloja durante el periodo de tres meses que dura  su residencia, El refugio lo encuentra entre esas cuatro paredes que contrastan con lo agreste y lo inhóspito de la isla. La protegen de la aparente hostilidad de los isleños, aunque no del todo; Ella al final no halla ni la paz ni la calma por razones que no voy a desvelar [se ríe].

P: Estamos en un tiempo en el que todo es muy líquido. Vivimos de la inmediatez. Hay poca paciencia, quizás también incluso para leer o para consumir cine, que incluso es algo evidentemente más corto. ¿Crees que de esta manera de vivir actual perjudica al consumo de cultura?

R: No necesariamente. La manera de producir y consumir cultura por supuesto que se ha transformado. Me parece que es más accesible que nunca. En el ámbito concreto de la escritura, podríamos hablar del fenómeno de la autopublicación. Yo misma, por ejemplo, tengo obras autopublicadas en cierta plataforma. Este sistema tiene un lado positivo: democratizar el acceso a la escritura y a la lectura. Sin embargo, nos encontramos al final con una oferta desmesurada de obras de calidad desigual en la que es fácil perderse. A esto hay que añadir el desafío que supone la irrupción de la IA. Pero volviendo a la noción de inmediatez y del escaso tiempo del que disponemos, el formato de novela corta nunca ha sido especialmente comercial, pero quizás ahora esa brevedad que le es inherente juegue a su favor.

P: Mencionabas antes las obras autopublicadas. Ahora vivimos años en los que sí que parece que la cultura ha tenido ciertos repuntes. Tampoco excesivos, hay que decir. Las políticas culturales suelen basarse en el apoyo, con altas dosis de palabrería, lo que condena a muchos autores a la precariedad, ya no solo en literatura, sino también en el cine, que es un medio más potente o del que se pueda vivir. ¿Qué le falta a España para que escribir deje de ser un acto heroico?

R: No he profundizado mucho en esos temas, honestamente. Yo tengo un trabajo como profesora y cierta estabilidad. El aspecto financiero no es algo que me preocupe. Es cierto que si quisiera vivir de la literatura sería una misión imposible. ¿Qué le faltaría a nuestro país? Se necesitaría una importante labor de base en el ámbito educativo, también para fomentar la lectura, la escritura y, sobre todo, la creatividad, más allá de lo que se hace, así como políticas públicas decididas de fomento, difusión y protección de la cultura 

P: ¿Crees que, en ese sentido, se rasga la superficie desde la educación infantil?

R: Hay matices. Es cierto que se lee. Hay planes lectores orientados al fomento de la lectura libre, por lo menos aquí en Canarias, y no basados en la obligación como en la época en la que yo era estudiante, no lo sé. La escritura quizás sí que está en un segundo plano y es importante animar a los jóvenes a lanzarse a la piscina. 

P: ¿Crees que somos un país que realmente cuida la cultura? Vivimos en la época del eslogan, del relato. Todo es narrativa, pero ¿cuánto de esa narrativa cristaliza en una política de fomento de la cultura?  

R: He vivido unos años en Francia y me parece que allí, tradicionalmente, las políticas culturales han sido mucho más potentes, en tanto en cuanto ha habido un verdadero cuidado, financiación de lo que es el ámbito artístico. Los escritores, los artistas, parecen estar allí en una situación menos precaria, más amparados por el Estado. Yo sí echo de menos políticas públicas más valientes en ese sentido.