Paul Thomas Anderson, uno de los mejores directores contemporáneos, ha indagado en sus tres últimas películas en algunos de los mitos de Norteamericana.


Entre 1996 y 1999 Paul Thomas Anderson realizó tres películas que suponen, tanto individual como en su conjunto, tres de las experiencias cinematográficas más gratificantes de los noventa. Primero con Sidney, después con la magnífica Boogie Nights y, finalmente, con la maestra Magnolia. Una primera trilogía que a pesar de sus aparentes diferencias argumentales poseían un desarrollo en el tratamiento de la imagen que mostraban a un cineasta tan poseedor de unos intereses o gustos temáticos/argumentales como un sello visual propio que en Magnolia alcanzaba cuotas expresivas inolvidables. En 2002 sorprendía con la comedia Embriagado de amor, rompiendo aparentemente con el tono de sus anteriores obras pero realizando una película tan original y fascinante como rompedora y chocante. Con cierta perspectiva, y siendo reduccionistas, podría decirse que se trata de una obra bisagra entre esas tres primeras películas y las siguientes, no tanto desde una perspectiva temática como visual: la tendencia de Thomas Anderson cada vez más patente (y lograda) de tender a la abstracción desde un control absoluto de la narración estaba presente ya en Embriagado de amor. La forma se convierte en fondo y lo narrado, la historia, en pura forma, creando un conjunto perfecto.



En Pozos de ambición, rodada siete años después, en 2007, ya mostraba esa tendencia, tomando forma absoluta en la poco entendida The Master, en 2012, una auténtica obra maestra que en cada visionado gana más fuerza. Ahora, con Puro vicio, a partir de la novela de Thomas Pynchon, ha seguido indagando en ese proceso narrativo en el que la historia avanza de una manera lineal pero en el que el juego elíptico cobra una fuerza inusual con un juego sugerente, presente en las dos anteriores, con los tiempos muertos y con esa tendencia a la abstracción que, paradójicamente, acaba convirtiéndose en pura narración. Y todo este proceso viene acompañado por una mirada, una triple mirada, sobre norteamericana que Thomas Anderson ha articulado en una posible nueva trilogía, aunque queda por ver cuál será su siguiente película para ver si continúa por ese camino o abre otros. En Pozos de ambición, The Master y Puro vicio Thomas Anderson ha buscado radiografiar un momento de la historia de Norteamérica a través de una revisitación de momentos claves en la misma que desde su concreción aspiran a una visión general; como sus tres protagonistas masculinos, cuyos evidentes trastornos mentales –de diferente raíz- acaban deviniendo trasuntos del país.



En Pozos de ambición, a partir de la novela de Upton Sinclair, Thomas Anderson nos presentaba a un personaje tan complejo como la excelente interpretación de Daniel Day-Lewis. Daniel Plainview (cuyo apellido puede verse como un juego de palabras con “la vista”, “la visión”) quien descubre petróleo en Texas a comienzos del siglo XX, irá evolucionando desde ese momento hasta la década de los treinta, años que Thomas Anderson narra con diferentes acercamientos desde el plano visual a cada momento y con un juego entre imagen-sonido que venía desarrollando desde sus comienzos y que alcanza cuotas enormes con su colaboración con Jonny Greenwood en las tres últimas. Plainview representa al hombre hecho a sí mismo tan paradigmático de cierto ideario liberal norteamericano. Un hombre que según se enriquece pierde los pocos valores morales que tenía, enfrentándose incluso con la religión y anteponiendo el dinero –la avaricia, la ambición- . Thomas Anderson muestra la cara oculta de esa prosperidad auspiciada por el capitalismo sin medida a través de un personaje que poco a poco se convierte en un monstruo con unos contornos muy, demasiado, cercanos y humanos. El mito del pionero, del hombre que crece desde abajo con esfuerzo y tesón, posee también las formas del exceso, de lo inhumano, en una clara representación tanto de un individuo como de un colectivo.



Representación que cobra un sentido más amplio en The Master. En ella nos encontramos ante Freddie Quell (Joaquin Phoenix), ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial que convertido en su regreso en un vagabundo cae en las manos de Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) y de su mujer, Peggy Dodd (Amy Adams), creadores de una secta (basada en la Cienciología). A través del personaje de Quell, Thomas Anderson se introduce en las traumáticas heridas psicológicas de la posguerra que conviven con el desarrollo económico que comienza a situar a Estados Unidos a la cabeza del mundo en plena Guerra Fría.


Mediante una narración discontinúa, el director prosigue con lo expuesto en Pozos de ambición con otra historia en la que bajo la pátina de prosperidad –económica, social, política- se esconde un monstruo que en este caso no es solo producto de un capitalismo triunfante y despiadado sino que además posee el rostro de un autoritarismo centrando en la figura de un hombre, Dodd, quien crea una secta que aprovecha esas heridas, que busca en la próspera Norteamérica de los cincuenta a su adeptos. Así, The Master, película rica y compleja en detalles se adentra de nuevo en el mito utópico de una sociedad construida en el bienestar pero que, sin embargo, presenta no pocas fisuras en su interior. Quell, con sus trastornos psicológicos, se convierte en la cobaya perfecta, pero también en la representación de un país traumatizado y aferrado a la ilusión de una prosperidad que tan solo es material, mientras que moralmente se encuentra sometido a los designios de un estilo de vida que lo devora.




Puro vicio, a partir de la novela de Pynchon, quien ya planteaba muchos de los temas que aparecerán en la película, a diferencia de las dos anteriores se asoma al género policiaco –como en la novela, vía Raymond Chandler- con un toque de comedia que, en realidad, esconde un relato sombrío y melancólico. Aquí tenemos a Doc (Joaquin Phoenix, igual de extraordinario que en The Master), un detective privado alucinado a través de quien conocemos la historia a pesar que sea narrada por una voiceover (la cantante Joanna Newson); pero en cualquier de los casos nos encontramos ante el relato de unos sucesos que parecen surgir, o ser producto, de una alucinación.



La compleja trama de investigación da vueltas y vueltas y apenas acaba importando hacia donde se encamina (como sucede en Chandler y en la novela de Pynchon) y lo que acaba siendo relevante es lo que aparece en los márgenes, la imagen que proyecta de una época, los primeros años setenta, en los que Vietnam y el fin de la contracultura hippie presiden una sociedad que se encamina hacia unos años violentos. La relación con The Master se establece fácilmente. Puro vicio nos habla de una época en la que unos alucinan con la marihuana mientras otros crean sus propias paranoias, en la que se percibe el fracaso de la revolución contracultural mientras Estados Unidos se dirige hacia unos años oscuros, sombríos, duros. Los asesinatos de Charles Mason recorren la película como constatación de que los sueños de la era hippie han sido derrotados por el fanatismo y la violencia. La utopía no ha sido posible. Si en The Master la prosperidad de los cincuenta no era más que un envoltorio construido, los sesenta en Puro vicio acaban alzándose como un sueño –narcótico- de algo que pudo ser y que acabó siendo devorado por su opuesto.