Siempre me ha intrigado el taparrabos. Sin tener yo nada en contra o a favor de ir in quoritatis. No es una prenda especialmente elegante, aunque creo que Amancio Ortega está a punto, por 49,95 euros, de sacar una colección “minimalismo ancestral” con lino orgánico y - cómo no - tonos tierra. El taparrabos esconde un secreto antropológico.
Cuentan los expertos en la materia que esta prenda impedía saber quién tenía el pene más grande. Imaginen el drama. Miles de años de convivencia humana sin rankings, sin comparativas, sin un “Top 10 penes de la tribu”. El taparrabos fue el primer atentado contra la meritocracia del centímetro masculino o la primera ley de protección de datos. No había paleoinfluencers haciendo hilos sobre “las cinco claves para desarrollar tu potencial fálico”. Ni chamanes certificando medidas con una rama de olivo. Ni un comité tribal revisando si aquello cumplía los estándares de masculinidad de la temporada. Este es el líder de la manada porque intuimos o porque él dice que tiene el pene más grande. Arreglado. Chunga-chunga.
Y aquí comienza el gran ejercicio de opacidad institucional del poder masculino, no había opción a otro. El poder se intuía, no se enseñaba. Qué listos eran estos machos alfas del Paleolítico anterior. Durante siglos, además, nos contaron la otra historia e histeria. La mujer era “la del pene que falta”. Nuestro querido Aristóteles tuvo la delicadeza de definirnos como un varón incompleto. Y así sucesivamente en toda la historia de la humanidad. Freud remató la faena con la célebre envidia del pene. Se diagnosticó que el gran trauma de las mujeres era no tener aquello que los hombres llevaban entre las piernas… y bien escondido bajo un taparrabos desde los tiempos del mamut.
A las mujeres nos han ido cambiando el criterio de evaluación según la temporada. Un siglo valíamos por las caderas. Otro por la cintura. Después por el pecho. Luego por la talla 36. Ahora, además, hay que ser fuertes, pero no demasiado; independientes, pero sin intimidar; inteligentes, pero sin corregir al cuñado en la cena de Navidad. Nuestro baremo cambia más que el algoritmo de Instagram. Ellos, en cambio, llevan miles de años evaluándose con una estabilidad y opacidad de cojones. Cambia el coche, cambia el reloj, cambia el sueldo, cambia el número de seguidores… pero todo sigue siendo una larguísima o pequeñísima, según, nota a pie de página del mismo símbolo.
El taparrabos ha vuelto o nunca se fue como los pantalones pitillo. Lo que ha regresado de verdad es el Paleolítico mental. Ya no se lleva de cuero ni de hojas de higuera; ahora adopta forma de pódcast, vídeo en directo o hilo en X y sigue cumpliendo la misma función, proteger la inseguridad masculina mientras se convierte el cuerpo de las mujeres en un asunto de Estado. Querido Xocas, lo de aplicar métricas para medir cuerpos ajenos está muy feo. Entre otras cosas, porque las escalas con las que clasificas a los demás igual no te favorecen cuando te las aplican a ti. Claro, sigues llevando taparrabos y lástima que las mujeres no aplicamos esa regla, ya tenemos suficiente con la nuestra.
Después de decenas de miles de años de evolución, hemos conseguido secuenciar el genoma, aterrizar en Marte con robots, desarrollar inteligencia artificial y ponerle ruedas a las maletas. Y, sin embargo, todavía hay hombres convencidos de que pueden determinar quién es una mujer mirando una entrepierna ajena, mientras la suya sigue envuelta en un taparrabos ideológico que afirma que el tamaño, solo, de sus “cosas” no importa. Qué pena tan grande (mujer del pene).
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