No tengo por norma no emplear este espacio para hablar de mi trabajo. Pero toda norma tiene una excepción, y hoy me valdré de ello.
Pertenezco a una carrera, la carrera fiscal, que poca gente conoce y menos aún conoce bien. Entre el modelo que ofrecen las películas americanas, que en nada tiene que ver con nuestro sistema, y la visión que se da, o se quiere dar, desde determinados estamentos, el conocimiento que se tiene de nuestra figura es más bien escaso y deformado.
Lo del conocimiento escaso tiene solución. In dubio, pro estudio, que decía siempre un magistrado con el que coincidí en mi primer destino.
Lo de deformado es casi lo que más duele, una deformación a la que ningún bien han hecho frases tan desafortunadas como la de “¿de quién depende la fiscalía?” por la que llevamos tiempo expiando culpas ajenas en cuerpo propio. Desde hace mucho tiempo, leo con cierta frecuencia que se habla de “la fiscalía de Sánchez” sin ningún empacho, aunque también en otros tiempos se hablaba de la fiscalía de cualquier otro presidente. Y es que, como todo el mundo debería saber, somos fiscales con este presidente y con cualquier otro, porque los cargos políticos cambian, pero la pertenencia a la carrera fiscal permanece, que no en balde la ganamos en una oposición.
No somos la fiscalía de nadie, sino la fiscalía de toda la sociedad, esa que está prevista en la Constitución, que nos atribuye, nada más y nada menos, que el importante papel de garantizar la legalidad y los derechos de todas las personas, especialmente las más desvalidas. Ahí es nada. Y quizás con base a esta función hay quien debe creer que somos superhéroes y superheroínas que podemos con todo. Y que nos recrimina si no actuamos conforme esos superpoderes
Porque siempre hay alguien que, ante cualquier cosa que considera delito, se haya cometido donde y cuando se haya cometido, espeta un indignado “¿dónde está la fiscalía?” que, además, nos arroja a los pies de quienes tenemos cuenta en redes sociales como si cualquier fiscal tuviera el deber de perseguir todos los delitos o, mejor dicho, todo lo que cualquiera que se asome a opinar, considere delito. Una suerte de superfiscales que, aunque quisiéramos, nunca podríamos ser. Por falta de tiempo y por falta de una cobertura legal que nos reconociera el don de la ubicuidad.
Y aún hay más. Hay quienes se arrogan la representación de toda la ciudadanía para reprochar a algún o alguna fiscal concreta el hecho de no perseguir un delito, aunque lo haya hecho cualquier otro miembro de la carrera. Porque nuestro deber es, según parece a etas personas, responder al título de la oscarizada película “todo a la vez en todas partes”. Y aún no hemos legado a eso.
Sé que alguien pensará que estos disgustos me los ahorraría si no entrara en redes sociales y si no tuviera una cuenta en la que me identifico como fiscal, pero con eso solo conseguiría lo del avestruz: esconder la cabeza. Y, precisamente porque puedo hacerlo, escribo estas líneas para expresarlo.
Ojalá sirva para algo. Aunque solo sea para desahogarme
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)
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