Era mi tía. No una de mis tías, ni una tía mía, sino mi tía. La tía por antonomasia. Era hermana de mi madre y, aunque se llevaban un par de años y una era rubia y la otra morena, pasaban tanto tiempo juntas que había quien creía que eran gemelas.

Me conocía bien, tan bien como mi madre, y me quería de la misma forma. Por eso me resultó tan extraño que un día no me llamara por mi nombre, sino por el de la hermana que tuvo y falleció en plena adolescencia, una hermana que llevaba más de cincuenta años muerta. En un instante, se dirigió a mi con el nombre de ella, aunque luego reaccionó y, como si hubiera tenido un despiste esporádico, se preguntó en voz alta que cómo me había podido confundir con su hermana si ella era mil veces más guapa que yo. Y, aunque tenía razón en cuanto a la belleza de mi difunta tía en comparación conmigo, no la tenía yo en lo referente a la eventualidad de su despiste. Porque ni era un simple despiste ni era algo esporádico. Por desgracia.

Mi tía padecía Alzheimer, esa enfermedad maldita que roba los recuerdos a quienes la padecen. Esa enfermedad maldita que hizo que, cuando la madre de una amiga mía fue diagnosticada cuando todavía era joven, su marido, roto de dolor, exclamara “ojalá fuera cáncer”. Así de crudo y así de real.

Esta semana se celebraba el Día mundial del Alzheimer. Y, aunque poco haya que celebrar cuando en una familia cae esa condena, no podemos dejar de conmemorarlo. Porque se necesitan tantos fondos para la investigación y para ayudar a los pacientes y sus familias, que todo esfuerzo es poco. Y eso sí que no podemos olvidarlo de ninguna de las maneras.

El Alzheimer no respeta a nada ni a nadie. Se nos encoge el corazón cada vez que personas famosas por una u otra causa padecen el mal que acabará llevándose todos los recuerdos de aquella fama que un día tuvieron. Actores o actrices como Rita Hayworth, Charlton Heston, Carmen Sevilla, y últimamente Carme Elías, o políticos como Ronald Reagan, Pasqual Maragall o Adolfo Suárez son solo la punta del iceberg de la tortura por la que pasan todos los días miles de personas y sus familias en nuestro país y en todo el mundo.

Como ocurre con tantas otras causas, parece que solo nos acordemos del Alzheimer cuando llega el día señalado en el calendario. Pero las necesidades de quienes padecen por esta enfermedad existen todos los días, independientemente de lo que diga el almanaque. Y nuestra solidaridad y muestro apoyo también debería estar ahí siempre.

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