Una mujer de 94 años ha pasado más de 24 horas en una camilla en las Urgencias del Hospital Clínico de Málaga esperando una cama. Llegó con anemia severa, necesitaba una transfusión urgente y la recibió allí mismo, en una camilla de ambulancia, sin subir a planta. Solo consiguió una cama tras la insistencia de su familia y la presentación de una reclamación. No es un caso aislado. Es la fotografía del colapso sanitario que Moreno Bonilla ha normalizado en Andalucía.
Mientras pacientes frágiles esperan hasta 40 horas para ingresar y hay plantas que no se abren por falta de médicos y enfermeros, el Gobierno de Moreno Bonilla ha destinado más de 4.000 millones de euros a la sanidad privada. La consecuencia es clara: urgencias saturadas, profesionales desbordados y mayores pasando días en camillas que no reúnen condiciones para estancias prolongadas.
Rosario —así se llama la paciente— llegó al Hospital Universitario Virgen de la Victoria a las 13:45 horas. Tenía la hemoglobina muy baja. El médico indicó transfusión y más pruebas. Pero no había camas disponibles. Pasó la tarde, la noche y la mañana siguiente en una camilla. Con 94 años. Con artrosis. Sin apenas comer. Bebiendo agua y un yogur que le llevó su familia. Su hijo lo explicó con claridad: no tiene queja de los sanitarios. “Ellos hacen lo que pueden con lo que tienen”. El problema no es el personal. El problema es la falta de recursos.
Los sindicatos del Clínico llevan meses denunciando una “saturación crónica” en el área de Observación de Urgencias. Camillas utilizadas como si fueran camas hospitalarias. Pacientes frágiles ubicados en sillones durante horas o incluso días esperando ingreso. Espacios pensados para estancias breves convertidos en habitaciones improvisadas.
En la tarde en la que la mujer de 94 años esperaba cama, había 18 pacientes pendientes de ingreso. Pero, según la Junta de Personal, lo habitual son entre 25 y 30 diarios. No es un pico puntual. Es estructural.
Y lo más grave: los sindicatos advierten de que se han producido desenlaces clínicos desfavorables en pacientes que permanecían en esas camillas. Es decir, el colapso no solo genera incomodidad. Genera riesgo.
Existe incluso una Unidad de Respiratorio con cinco camas y dos sillones que podría abrirse de inmediato. No se hace por falta de personal. Faltan enfermeros y técnicos en cuidados auxiliares. Faltan contratos estables. Faltan refuerzos. La escena se repite en otros puntos de Andalucía.
En Córdoba, el Hospital Infanta Margarita mantiene abiertas solo tres de las cinco consultas de Urgencias por falta de médicos. Pediatría y Trauma han tenido que cerrar temporalmente. Se han colocado carteles avisando de demoras. La plantilla médica está reducida en pleno pico de enfermedades respiratorias.
La explicación que dan los profesionales es sencilla: no se ofertan contratos atractivos ni estables. Los médicos se marchan. No hay sustituciones suficientes. Y la presión asistencial recae sobre menos manos.
En Sevilla, Cádiz o el Campo de Gibraltar, las denuncias son similares: pacientes esperando más de 24 o 48 horas para ingresar, urgencias convertidas en salas de hospitalización improvisadas y profesionales al límite. Y mientras tanto, la Junta habla de “episodios puntuales de alta frecuentación”. No lo son.
Cuando una mujer de 94 años pasa 24 horas en una camilla. Cuando hay pacientes esperando 40 horas para subir a planta. Cuando no se abren unidades por falta de personal. Cuando se producen desenlaces clínicos desfavorables en áreas saturadas. Eso no es puntual. Es un modelo de gestión.
El modelo de Moreno Bonilla ha consistido en reforzar la sanidad privada mientras la pública pierde músculo. Más de 4.000 millones de euros destinados a conciertos y derivaciones. Recursos que podrían haberse invertido en contratar plantillas estructurales, abrir camas cerradas y reforzar Atención Primaria. Porque el colapso hospitalario no empieza en Urgencias. Empieza en los centros de salud.
Cuando conseguir cita con el médico de familia es una odisea, miles de personas acuden directamente al hospital. Ese embudo estaba anunciado. Era previsible. Pero no se reforzó la primaria. No se cubrieron todas las bajas. No se planificó con visión estructural. La consecuencia es que las urgencias funcionan como un parche permanente.
Quien puede pagar un seguro privado reduce tiempos de espera. Quien no puede, espera en una camilla. La desigualdad sanitaria deja de ser una teoría para convertirse en una experiencia concreta.
Y todo esto ocurre mientras los profesionales alertan del impacto sobre su salud mental: estrés, agotamiento, frustración. Trabajan bajo presión constante, con plantillas ajustadas y con la sensación de no poder ofrecer la atención que sus pacientes merecen.
Rosario finalmente consiguió una cama en Observación tras la reclamación de su familia y fue trasladada al Hospital Valle del Guadalhorce por recomendación médica. Pero la pregunta sigue en el aire: ¿cuántos pacientes no tienen una familia que proteste? ¿Cuántos mayores pasan horas o días en condiciones inadecuadas sin que su caso trascienda?
La sanidad pública andaluza no puede sostenerse a base de heroicidad profesional. Necesita inversión, planificación y una apuesta clara por lo público. Moreno Bonilla prometió mejorar la sanidad. La realidad muestra hospitales tensionados, urgencias saturadas y pacientes vulnerables esperando en camillas.
La imagen de una mujer de 94 años transfundida y pasando la noche en una camilla no es una anécdota. Es un símbolo del deterioro. Y cuando el deterioro se vuelve rutina, deja de ser un accidente para convertirse en responsabilidad política.
Andalucía no merece que la dignidad de sus mayores dependa de que haya o no una cama libre. No merece que abrir una unidad hospitalaria sea imposible porque no hay personal contratado. No merece que el colapso se convierta en paisaje habitual.
La sanidad pública es un derecho. Y cuando se juega con ella, lo que está en juego no es una cifra presupuestaria. Son vidas. Sr. Moreno Bonilla ya está bien de jugar con la salud e incluso con la vida de los andaluces y andaluzas.