Cuando somos pequeños, siempre soñamos a lo grande. Pese a que el mundo que conocemos es todavía muy pequeño, aspiramos a llegar lo más alto posible. En Andalucía eso significa para muchos chavales, aunque por suerte también para más chavalas, ser futbolista, pues los futbolistas son astros para muchos chiquillos. Ahora dicen, aunque yo todavía me niego a creerlo, que los niños quieren ser youtubers, streamers e influencers. En mi caso, mis metas eran más mundanas, quizás porque no toqué un balón de fútbol hasta la secundaria. Primero quería narrar el deporte, pero al poco descubrí lo que me gustaba enseñar, para lo cual era necesario investigar muchísimo, pues solo se puede enseñar lo que uno ha aprendido de otro o por su cuenta.

En ese camino, la enciclopedia ESPASA, con sus enormes tomos interminables – y qué suerte que no terminaran – fue una gran aliada. De la A y la Z cabía un conocimiento infinito. Pronto llegó un ordenador a casa y el internet, con una Wikipedia en la que se podía encontrar todo el conocimiento del mundo dentro de una pantalla. El tiempo pasó, pero la curiosidad no cesó. Llegó el bachillerato y el estudiar, como una carrera parecía poco aprendizaje pobre de mí elegí estudiar un doble grado, Ciencias Políticas y Sociología, o Sociología y Ciencias Políticas, el orden de los factores no altera el producto aunque en el laberinto burocrático en el que nos han encerrado nos hayan – o nos hayamos, cómo diría Foucault – convencido de lo contrario.

Con la experiencia vital comprendí que el mundo no era tan grande como creía de chico. Mi mundo se reducía a Andalucía, aprendiendo a base de trabajos de mierda y los primeros manuales que podía comprar la conciencia sobre los problemas de mi tierra. Así, como ocurre en las películas, hay un momento que todo espectador sabe que las cosas van a empezar a ir mal. Decidí realizar una tesis doctoral sin financiación inicial, algo así como ir a jugar al fútbol y, sin balón, comenzar el partido con una naranja. Dentro de lo que cabe no ha ido mal, o al menos todo lo mal que parecía que iba a ir o, quizás, es que dentro hemos normalizado lo que fuera se ve con claridad. Juzguen ustedes al final del texto.

Empecé como profesor en enero de 2023, aunque al principio no sabía que la oferta era para mí. Al estar como ayudante predoctoral (becario) de varios másteres, recibía correos que no eran para mí o que no terminaba de entender por qué me llegaban a mí (el lector avezado, si a su vez es o ha sido becario, sabrá a lo que me refiero). Un jueves por mañana, tras recibir una confirmación telefónica de que el correo no estaba equivocado, recibía una oferta para entrar en la universidad fruto de una bolsa en la que concursé el año antes. Dije que sí, por si alguien lo dudaba, aunque no sabía que empezaba a la semana siguiente. Una asignatura entera de universidad me esperaba, con sus teóricas y sus prácticas, siendo además una de las más teóricas del grado. Costó mucha ansiedad, pero si me preguntáis a mí creo que no fue tan mal. Aquel grupo se gradúa este curso y me han llamado para su orla, mala señal no es.

Los cursos pasaron. Las asignaturas fueron cambiando, los estudiantes también, casi tanto como el color de un pelo que se llenaba de canas en lugares donde nunca habían estado. Todo cambiaba, dentro y fuera, menos las condiciones. 18 créditos, el 75% de la jornada docente, por 800 euros. Lo que empezó estando en la horquilla del salario mínimo está hoy muy lejos de un sueldo que, cualquiera que trabaje, sabe que no da ni para soñar con emanciparse. Pese al sueldo y a las condiciones el trabajo continúa porque los estudiantes no tienen culpa (un poco sí) de que en plena época de vacas gordas, con la macroeconomía en buen momento y bajadas de impuestos permanentes, la microeconomía de muchos de sus profesores envidie aquellos años donde ser mileurista se veía como algo malo.

Así, llegamos hasta el martes. Este martes se nos comunicó, de manera sorpresiva nuestro cese en los próximos meses. Una docena de docentes sustitutos interinos a la calle. En mi caso, tras tres años y medio en la universidad, las hay con más años y también con menos. En principio, se puede comprender. Las plazas de interinidad deben finalizar en algún momento para abrir las plazas dignas que corresponden al trabajo que realizamos. No parece ser el caso. Nos iremos a la calle no ya con la promesa de que se convoquen próximas plazas, sino con la certeza de que nos iremos antes de que empiecen los que deben sustituirnos. Pobrecitos nosotros y pobrecitos los estudiantes que comiencen el curso 26/27 sin profesor. Lo más seguro es que a mí a y mis compañeras para cubrir las vacantes de las plazas de interinidad vinculadas al concurso no resuelto que cubríamos un mes antes de que nos llamaran de nuevo. Sí, es difícil entender el lenguaje de la administración, así ha funcionado siempre para privar de derechos, en este caso laborales, de una manera más sencilla.

Mientras escribo estas líneas me encuentro leyendo el borrador final de mi tesis doctoral. El profesor de universidad no es solo profesor, pero tampoco es solo investigador. Lo descubrí cuando pasaba el tiempo y no publicaba artículos, así que me decían tienes que publicar artículos, ¡pero si yo pensaba que era profesor! No somos solo profesores, y no porque CHAT GPT venga a sustituirnos de manera tan chapucera. Para promocionar en la universidad da igual, y esto es duro, dar buenas o malas clases, preocuparse por el aprendizaje de los estudiantes o simplemente querer hacerlo lo mejor posible. Lo importante son los artículos, de alto impacto a poder ser. ¿Qué es el alto impacto? Pregunten al genio que lo definió, porque yo creo que el impacto es que transforme, aunque sea un poco, la sociedad esta en la que vivimos. No es el caso.

Ya acabo. Las cosas han ido bien, o al menos no tan mal. Diez artículos de alto impacto publicados o por publicar, aunque a mí me sigue haciendo mucha más ilusión publicar, como ha ocurrido hace muy poco, con los andaluces de conciencia de la Fundación Blas Infante. Se da la paradoja de que la tesis vaya a finalizar a la vez que mi plaza de interinidad. Las dos cosas que han significado ser profesor de la universidad, un orgullo que me acompañará siempre, se han puesto de acuerdo para cerrarse juntas. Andalucía, mi mundo, también se cierra. Sin plazas por venir, el porvenir se encuentra fuera. No creo que yo sea más que nadie, pero tampoco menos, como hemos dicho siempre los andalucistas. Pese a ello, si me permitís, sí creo que Andalucía necesita que yo y mis compis sigamos siendo profesores, tutores, investigadores, académicos, burócratas, y no por 800 euros sin saber cuándo nos vamos a ir, sino con condiciones dignas acordes al trabajo realizado. El futuro de Andalucía pasa por su universidad pública, verdadero y único motor de una tierra donde muchos queremos ser más que aquellos que sirven a los guiris.