Cuando en los próximos días vayamos a una gasolinera y veamos que llenar el depósito cuesta bastante más dinero, conviene recordar quién tomó las decisiones políticas que han contribuido a que esto ocurra. Los nombres son claros: Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal. Ambos decidieron tumbar recientemente en el Congreso un decreto que permitía frenar subidas abusivas de precios en momentos de crisis como el que estamos empezando a vivir ahora.
Lo hicieron junto a Junts. Y lo hicieron justo antes de que el precio del petróleo comenzara a dispararse por la tensión internacional y por el riesgo de una nueva escalada militar en Oriente Próximo. España podría haber tenido una herramienta para limitar esos incrementos en combustibles, electricidad o gas. Pero el Partido Popular y Vox decidieron impedirlo.
Conviene explicar con claridad qué era ese decreto. El Gobierno llevó al Congreso una norma que permitía actuar cuando se producen situaciones extraordinarias - crisis internacionales, catástrofes o emergencias económicas - para evitar subidas abusivas en productos básicos como combustibles, electricidad o gas.
No se trataba de fijar precios permanentemente ni de intervenir el mercado de forma artificial. Se trataba de algo mucho más sencillo: impedir que, en momentos de crisis internacional, determinadas empresas aprovecharan el miedo o la incertidumbre para subir los precios antes incluso de que sus costes reales hubieran aumentado.
Era una medida de protección para los consumidores. Pero Feijóo y Abascal decidieron tumbarla. Y lo hicieron sin ofrecer ninguna alternativa. Hoy empezamos a ver las consecuencias.
El precio del diésel y la gasolina sigue disparándose. El diésel ha pasado de 1,44‑1,45 euros a 1,68‑1,77 euros por litro en cuestión de días, mientras que la gasolina ya ronda los 1,58‑1,60 euros, con surtidores que superan esos niveles. En menos de una semana, el diésel se ha encarecido un 15% y la gasolina un 8‑10%, reflejando cómo el repunte del petróleo provocado por la guerra se está trasladando rápidamente al bolsillo de los conductores.
Esto ocurre porque los mercados energéticos reaccionan de inmediato ante cualquier conflicto internacional. No hace falta que falte petróleo para que el precio suba. Basta con que exista el riesgo de que el suministro pueda verse afectado. Eso es lo que está ocurriendo ahora.
La tensión en torno al estrecho de Ormuz - por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo - ha provocado nerviosismo en los mercados internacionales. Solo la posibilidad de que el tráfico marítimo en esa zona se vea afectado ya provoca subidas en el precio del petróleo.
Y esas subidas empiezan a trasladarse a las gasolineras. Pero en España la situación tiene un agravante político evidente. Cuando el precio del combustible ya está subiendo considerablemente, nuestro país lo hace sin una herramienta que podía haber servido para frenar incrementos abusivos. Esa herramienta era el decreto que Feijóo y Abascal decidieron tumbar en el Congreso.
Por eso es importante que los ciudadanos entiendan lo que significa esa decisión. Cuando sube el precio del combustible, no solo se encarece llenar el depósito del coche. El combustible es uno de los motores de toda la economía. Si sube el diésel, sube el transporte. Y cuando sube el transporte, terminan subiendo muchos otros precios.
La mayor parte de los alimentos que consumimos en España se transportan por carretera. Las frutas, las verduras, la carne, el pescado o los productos que encontramos en los supermercados llegan a las tiendas en camiones que funcionan con diésel. Si el combustible se encarece, transportar esos productos cuesta más dinero.
Y ese coste termina trasladándose al consumidor. Por eso cuando vayamos esta semana al supermercado es muy probable que empecemos a ver algunos precios al alza. Cuando eso ocurra, conviene recordar quién bloqueó la herramienta que podía haber servido para frenar esas primeras subidas. Feijóo y Abascal.
Porque la política no es algo abstracto. Las decisiones que se toman en el Congreso tienen consecuencias muy concretas en la vida diaria de la gente. Consecuencias en la factura de la luz. Consecuencias en el precio del combustible. Consecuencias en el coste de la compra semanal. Y en este caso la decisión fue muy clara: el Partido Popular y Vox votaron en contra de una medida que protegía a los consumidores.
Pero hay un segundo elemento que tampoco se puede ignorar. La subida del precio del petróleo no se produce en el vacío. Se produce en un contexto de creciente tensión internacional y de riesgo de una escalada militar con consecuencias económicas globales.
Pedro Sánchez se ha enfrentado a Trump y ha dejado clara su postura: “No a la guerra”. Porque las guerras nunca traen nada bueno. Traen incertidumbre, inflación y energía más cara. Eso significa combustible más caro. Significa alimentos más caros. Y significa hipotecas más caras si la inflación obliga a mantener altos los tipos de interés.
La gente debe reflexionar qué modelo quiere para nuestro país: el que defienden Feijóo y Abascal, y que respaldan la escalada militar, o el que defiende el presidente Pedro Sánchez, basado en más diplomacia y menos confrontación.
Sánchez les ha recordado a PP y Vox que “se les llena la boca con defender al campo y apoyan una guerra que les va a encarecer su día a día”. Porque cuando sube el petróleo, sube el combustible, sube el transporte y acaban subiendo los alimentos. Feijóo y Abascal se presentan como grandes patriotas, pero en realidad defienden los intereses de Trump mientras demuestran que les importan muy poco España y los españoles.
Algunos aún recordamos la foto de las Azores, cuando Aznar metió a España en la guerra de Irak junto a Estados Unidos. Aquella guerra, iniciada en 2003, duró ocho años y segó la vida de más de 300.000 personas, la mayoría civiles.
Por eso preocupa ver de nuevo al Partido Popular empujando en la misma dirección. Un PP que, además, ha hecho de la mentira una forma habitual de hacer política, como ha demostrado la manipulación torticera de las declaraciones de la ministra de Defensa, Margarita Robles.
Frente a esa política de confrontación, Sánchez ha defendido el papel de España como un país que respeta los derechos humanos y el derecho internacional. “Un país que defiende siempre los derechos humanos y el derecho internacional se gana el respeto del mundo”, ha afirmado el presidente, recordando el apoyo recibido por numerosos países europeos y de otras regiones. “No estamos solos. Somos los primeros. Los que se van a quedar solos son aquellos que defienden lo indefendible”.
Porque el patriotismo no consiste en repetir consignas ni en hacerse fotos con banderas. El patriotismo consiste en defender los intereses de los ciudadanos de tu país. Defender que no suba el precio del combustible. Defender que no se disparen los alimentos. Defender que las familias no vean encarecerse su vida. Eso es defender a España. Lo contrario es tumbar medidas que protegían a los consumidores y alinearse con estrategias internacionales que terminan encareciendo la vida de los ciudadanos.
Por eso conviene tenerlo claro. Cuando llenemos el depósito del coche y paguemos más que hace una semana. Cuando vayamos al supermercado y veamos subir algunos precios. Cuando el coste de la vida vuelva a apretar a millones de familias. Detrás de muchas de esas subidas también hay decisiones políticas. Y dos nombres muy concretos: Feijóo y Abascal.
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