Flores y velas en homenaje a Maricarmen Abascal durante la acampada por la vivienda, en la Puerta del Sol, a 8 de octubre de 2026, en Madrid. EP.
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Hay personas a las que matan mucho antes de morir. Ocurre el día que una madre tiene que elegir entre llenar la nevera o comprar unas zapatillas para su hijo. El día que un anciano decide no encender la calefacción y se acostumbra a decir que no tiene frío. El día que una mujer sigue conviviendo con su maltratador porque no tiene adónde ir. El día que Maricarmen tiene que marcharse de su casa.
Hay muchas maneras de quitarle la vida a alguien sin que deje de respirar. Algunas consisten en arrebatarle poco a poco las razones para levantarse cada mañana. Otras, en hacerle creer que no merece nada mejor porque no “se lo ha trabajado lo suficiente”. O la más triste, conseguir que alguien se acostumbre al sufrimiento, que deje de pedir ayuda, que termine creyendo que vivir así es lo que le ha tocado.
En esos confines a los que la vida nos arrastra, casi siempre sin previo aviso y rara vez por merecimiento, se ve la verdadera distancia entre las políticas que matan y las políticas que salvan. Existe un instante en el que la dignidad deja de ser un concepto abstracto para convertirse en una necesidad urgente, casi desesperada. Un real decreto, por ejemplo.
Hay muchas maneras de quitarle la vida a alguien sin que deje de respirar [...]; la más triste, conseguir que alguien termine creyendo que vivir así es lo que le ha tocado
Ahí, en la fragilidad de quienes apenas conservan fuerzas para sostenerse, es donde debiera medirse la altura moral y humana de una sociedad. En su capacidad para amparar a quienes la adversidad ha dejado a la intemperie, mucho más que en la grandilocuencia de sus proclamas. Por desgracia, parece que habitamos una sociedad instalada en una adolescencia perpetua, egoísta, impaciente, permanentemente alterada, que confunde la libertad con pensar únicamente en uno mismo y que ha perdido la serenidad necesaria para reconocer el sufrimiento ajeno. Una sociedad que reclama comprensión para sus propias heridas mientras se muestra incapaz de conmoverse ante las de los demás. Hemos aprendido a defender con vehemencia lo nuestro y, por el camino, estamos olvidando que también existe lo de todos.
Hablemos de aquello que perdemos cuando miramos hacia otro lado, como sociedad y como personas. El hambre, el miedo, el dolor y la incertidumbre tienen nombres, tienen rostros. Y detrás de cada uno hay alguien que quiere seguir viviendo.
La política, esa con mayúsculas de la que tanto se habla, debería parecerse más a cuidar. A conseguir que aquella madre no tenga que elegir. Que aquel anciano pueda dormir calentito sin miedo a la factura. Que aquella mujer encuentre una puerta abierta y alguien que le diga que ya está a salvo. Que Maricarmen hubiera podido quedarse en su hogar, entre sus cosas, donde todavía estaba toda su vida.
Para entender la política no hace falta saber demasiado de política. Basta con querer a alguien. Algo tan sencillo como comprender y tener la sensibilidad para reconocer que la vida de alguien a quien no conocemos también merece ser cuidada. Cuidar a quien queremos es amor y cuidar a quien no conocemos es humanidad.
Todos somos, o seremos algún día, alguien que necesita que lo cuiden. Alguien que tiene miedo, que espera una mano, una puerta abierta, una voz que le diga que todo va a salir bien. Igual el adolescente debería recordar que no hace mucho era un niño que necesitaba ser cuidado y que, en dos actualizaciones de Instagram, será un anciano.
Hay decisiones individuales que tomamos como sociedad que matan y otras que salvan. Eso es la política. Y ojalá, cuando sea nuestra vida la que se tambalee, cuando nos toque sentir el miedo y la fragilidad que hoy parecen pertenecerles a otros, encontremos a alguien que no mire hacia otro lado. Alguien que todavía sepa conmoverse ante el dolor ajeno, que comprenda que cuidar también es una forma de querer, porque todos, antes o después, necesitaremos que alguien nos sostenga. Y espero que, para entonces, hayamos sabido construir una sociedad y elegir una política que, cuando ya no podamos más, no nos deje morir.




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