¿Qué es más admirable? ¿La capacidad de resistir del peinado de la Reina Sofía o la del poder judicial español? Es una pregunta aparentemente absurda, pero cuanto más la pienso más dudas me genera. Ambos han sobrevivido a presidentes de Gobierno, a crisis económicas, a cambios de régimen televisivo y democrático, a la desaparición de la peseta, a la caída del Muro de Berlín, a internet, a Tuenti, a, a los patinetes eléctricos y a la dieta de la piña. Los arqueólogos estudian las pirámides, los físicos los agujeros negros y los médicos buscan la inmortalidad, pero el verdadero misterio está aquí: la extraordinaria capacidad de ciertas instituciones para permanecer exactamente iguales mientras todo a su alrededor cambia a velocidad de vértigo.

Nos dijeron que la democracia había llegado a España, y era verdad; más o menos. Llegó a ayuntamientos, parlamentos y comunidades autónomas e incluso a los clubs de petanca. Cuando se acercó a determinados despachos judiciales alguien debió recibirla con un cortés: «Muchas gracias por venir, pero esto es una reunión de propietarios». Desde entonces los ciudadanos eligen quién gobierna, aunque algunos sectores conservan una notable capacidad para decidir cuánto puede gobernar quien ha ganado las elecciones. Como cuando tu madre te preguntaba qué querías comer para luego explicarte que la respuesta correcta era lentejas.

En España puedes criticar al Gobierno, a la oposición, al Rey emérito (a Bárbara), a Rosalía, a los veganos o a los que critican a los veganos. Ahora bien, prueba a insinuar que determinados jueces pueden tener determinadas inclinaciones ideológicas. Verás aparecer más defensores de la neutralidad que madrileños en una playa. Son los mismos por lo general, primera casualidad. Todo son coincidencias. Por ejemplo, es coincidencia que ciertos sectores acumulen determinadas posiciones de poder; coincidencia que algunas interpretaciones jurídicas aparezcan justo cuando resultan políticamente útiles; coincidencia que algunas causas nazcan entre focos y portadas para morir años después escondidas en un breve de página doce. En España la casualidad jurídica trabaja más horas que un autónomo.

Y cuando llega el momento de renovar órganos judiciales descubrimos uno de los grandes avances científicos nacionales: la caducidad reversible. Los yogures caducan, los DNI caducan, hasta la leche de soja caduca. Algunos órganos judiciales no, ellos pueden pasar años con el mandato vencido sin que ocurra absolutamente nada. La NASA debería estudiarlo. La solución al envejecimiento siempre estuvo aquí, verás cuando se enteren los de las pastillas de magnesio y colágeno. Y luego está la judicialización de la política. Ese deporte nacional en el que España compite por las medallas. Hemos oído tantas veces la palabra lawfare que ya no descarto que haya niños y perros respondiendo a ese nombre. Montesquieu soñó con la separación de poderes para proteger la democracia. Lo que nunca imaginó es que algunos acabarían utilizando los tribunales como una prolongación de la campaña electoral, una especie de VAR institucional al que recurrir cuando el resultado de las urnas no termina de convencer.

Nada de esto es nuevo, el caso Dreyfus ya mostró hace más de un siglo cómo la mezcla de justicia, prensa, poder e intereses políticos podía fabricar culpables antes de encontrar pruebas. Si no saben de qué hablo les recomiendo “El oficial y el espía” de Polanski, para algo más que una siesta tonta de verano. La mezcla entre poder, justicia, prensa, patriotismo, prejuicios ideológicos y operaciones políticas existía mucho antes de que Pablo Iglesias tuviera cuenta en Twitter. Francia, sin Montesquieu ya, finales del siglo XIX. Había que encontrar un culpable y “aparece” Deyfrus, solo que había un pequeño detalle sin importancia (Spoiler), era tan culpable que resultó ser inocente

La maquinaria institucional se puso en marcha con el entusiasmo de un funcionario delante de una fotocopiadora nueva. Durante años, Francia prefirió defender la infalibilidad de las instituciones antes que admitir que podían equivocarse. Al final hizo falta una crisis monumental y un «J'accuse» de Émile Zola para recordar que las instituciones están formadas por seres humanos, y los seres humanos tienen la incómoda costumbre de tener ideas, prejuicios e intereses. Ideología miarma. Y que el poder judicial suelen ser humanos de derechas. 

La derecha española ha desarrollado históricamente una relación muy creativa con esta realidad. Si gana las elecciones, gobierna. Si las pierde, tampoco hay que alarmarse demasiado. Siempre queda la posibilidad de seguir librando la batalla por otras vías, todo ello, por supuesto, en nombre del Estado de derecho. Algunos parecen convencidos de que la mejor forma de defender la democracia consiste en corregir sistemáticamente aquello que la democracia produce cuando no les gusta demasiado.

Y volvemos a la neutralidad, esa criatura mitológica que consiste en que la ideología siempre es cosa de los demás. Cualquier propuesta progresista es ideológica en cambio, cualquier resistencia conservadora es sentido común. Los jueces tienen ideología del mismo modo que los peces tienen agua: están completamente rodeados de ella, pero aseguran no verla por ninguna parte.

Una democracia, entre otras cosas (reducción al Pedro Ximenez), consiste en que ninguna institución sea tan poderosa, tan sagrada o tan impermeable como para situarse por encima de los cambios de la sociedad a la que sirve. Así que a la pregunta. ¿Qué ha resistido mejor el paso del tiempo, o a la democracia, el peinado de la Reina Sofía o el poder judicial español? Me sale la unión de ambas, el Peinado con P mayúscula.

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora