(Tomando prestado, con admiración y sin ánimo de incidente diplomático, el célebre título de la canción de Siniestro Total).
Hay una frase que siempre repite un buen amigo: “Un enemigo en política te hace eterno”. Viene muy a cuento del acuerdo entre Irán y Estados Unidos, mientras los analistas hablaban de reequilibrios estratégicos, arquitectura de seguridad regional y nuevas ventanas de oportunidad diplomáticas. Pero, ¿de verdad estamos ante una nueva era geopolítica o simplemente ante dos actores que han decidido que el coste de seguir enfadados ha superado el presupuesto disponible?
Carl Schmitt, siempre tan poco recomendable en una primera cita (como pedir caracoles) pero tan útil en una clase de teoría política (entra en examen), afirmaba que lo político se define por la distinción entre amigo y enemigo. Esto es más antiguo casi que mear de pie (seas hombre, mujer o viceversa). Vamos, de toda la vida, desde que éramos animales, y ahora que casi estamos haciendo una OPA hostil para volver a serlo, más aún. Los manuales explican, además, qué ocurre cuando el enemigo deja de ser únicamente una amenaza y se convierte también en una pieza estructural de tu propia supervivencia simbólica, institucional y discursiva. Hay enemigos que se combaten… y enemigos que, sin querer admitirlo, te sostienen cual arnés escalando el Matterhorn (la montaña que aparece en las tabletas de Toblerone; quesito de Trivial regalado). Un enemigo te permite explicarlo todo sin necesidad de explicarte demasiado a ti mismo.
¿Qué sería de un proyecto político, seamos francos, autoritario y dictatorial, sin un adversario al que atribuirle toda la complejidad, o directamente toda la mierda, del mundo?¿Quién resistiría sin un “otro” convenientemente demonizado, geográficamente ubicado y mediáticamente disponible? Incluso Foucault, si dejase por un momento de analizar dispositivos de poder, probablemente afirmaría que donde hay discurso político hay producción de enemigo. Si uno acaba con el otro, Trump se dedicaría exclusivamente a ponerse autobronceador y el ayatolá a dar vueltas alrededor de La Meca. Muy aburrido todo. Las audiencias caerían en picado, la democracia sería democracia y los tertulianos tendrían que empezar a trabajar de verdad. Por eso estos dos han tenido que parar una mijita. Se les estaba yendo de las manos. Les estaba saliendo muy caro el concurso permanente de machos alfa, tanto a ellos como a nosotros, la working class, que siempre acaba financiando la testosterona ajena. Eso es 'asín'. ¿Qué harías tú ante un ataque preventivo de la URSS? Mirar el reloj, suspirar y buscar en Tik-Tok.
En la vida cotidiana, que siempre tiene una capacidad extraordinaria para arruinar cualquier abstracción académica o diplomática, todo esto se ve diferente. Una puede hablar de geopolítica, disuasión o equilibrio de poder, pero luego baja a la calle y descubre que el verdadero conflicto internacional no es Teherán-Washington, no no, es el supermercado. No nos engañemos, las guerras y los conflictos internacionales, para la clase media y trabajadora (los que tenemos las sartenes guardadas unas encima de otras), se atisban en el ticket de compra. Da igual que seas fontanero, médica, doctor en política internacional o tuitero. Aunque esto último aún no sé si es una profesión, un trastorno de personalidad o una categoría sociológica emergente. ¿En qué momento la teoría del equilibrio de poder incorporó la inflación de la proteína básica del ciudadano medio? Una abre la nevera, contempla la realidad doméstica y se pregunta: ¿Es esto también un efecto indirecto del acuerdo nuclear o simplemente he entrado en una fase avanzada de realismo estructural aplicado al desayuno? Yo tampoco sé exactamente qué significa eso, Marcos Llorente seguro que sí. Ya está tardando mi Pedro en anunciar un decreto alimentario proteico. Algo así como: “El Gobierno anuncia un decreto urgente para garantizar la estabilidad del precio del huevo y el acceso universal a la proteína diaria”. En la URSS lo hacían.
La realidad es que todo esto conecta de forma inesperada e incluso un poco frívola. Los grandes acuerdos internacionales y la economía doméstica comparten una misma lógica de fondo que es la gestión permanente de recursos limitados bajo condiciones de incertidumbre, ya sea nuclear, energética o simplemente alimentaria. El acuerdo entre Irán y Estados Unidos, más allá de toda su retórica de amigos y enemigos, puede resumirse, con el debido respeto académico y el necesario distanciamiento irónico, en una fórmula mucho más directa y, sobre todo, más comprensible para el ciudadano medio.
Estados Unidos mira a Irán y dice:
-Ayatola, no me toques la pirola.
Irán responde:
-De acuerdo, darling, pero tú tampoco te acerques demasiado a la mía.
Y en medio de los dos, la ciudadanía global, europea y de primer mundo básico, mirando el ticket del supermercado y preguntándose si la verdadera geopolítica contemporánea consiste en las pirolas de estos dos o en el precio de nuestros huevos. Sinistro Total, mediante de nuevo.
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