Las olas de calor han dejado de ser un episodio excepcional del verano para convertirse en una de las principales amenazas para la salud pública a escala mundial. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lleva años alertando de que el aumento de las temperaturas, estrechamente ligado al cambio climático, está incrementando el riesgo de enfermedades y fallecimientos, hasta el punto de que el calor extremo provoca ya alrededor de 500.000 muertes al año en todo el planeta. Una cifra que, según el organismo internacional, podría reducirse de forma significativa con políticas de prevención, sistemas de alerta temprana y una mejor adaptación de las ciudades y los servicios sanitarios.
"La mayoría de esas muertes son evitables". Ese ha sido el mensaje trasladado por el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, quien insiste en que el calor ya no debe abordarse únicamente como un fenómeno meteorológico, sino como una emergencia sanitaria. Las altas temperaturas no solo incrementan el riesgo de sufrir un golpe de calor o una deshidratación severa, sino que agravan patologías cardiovasculares, respiratorias, renales y metabólicas, aumentando la mortalidad entre personas especialmente vulnerables.
El organismo recuerda que los grupos de mayor riesgo son las personas mayores, los niños, las mujeres embarazadas, los pacientes con enfermedades crónicas y quienes desarrollan su actividad laboral al aire libre o en espacios con escasa ventilación. A ellos se suman otros colectivos menos visibles, como las personas sin hogar o quienes viven en viviendas con malas condiciones de aislamiento térmico y sin acceso a sistemas de refrigeración.
El calor ya no es un fenómeno puntual
Uno de los cambios que más preocupa a la comunidad científica es que las olas de calor ya no son episodios aislados que aparecen durante unos pocos días al año. Cada vez son más frecuentes, duran más tiempo y alcanzan temperaturas más elevadas. Además, se producen antes del verano y se prolongan hasta bien entrado el otoño en muchas regiones del mundo.
Pero el riesgo no depende únicamente de alcanzar un récord de temperatura. La duración de estos episodios resulta determinante. Cuando una ciudad acumula varios días consecutivos con máximas extremas y, sobre todo, las noches permanecen cálidas, el organismo pierde capacidad para recuperarse del estrés térmico. Esa falta de descanso fisiológico aumenta el riesgo de complicaciones graves y explica por qué la mortalidad suele dispararse después de varios días seguidos de calor intenso.
A ello se suma el llamado efecto isla de calor urbana. Las grandes ciudades, con abundancia de asfalto, hormigón y edificios que acumulan temperatura durante el día, pueden registrar varios grados más que las zonas rurales cercanas. La escasez de árboles y espacios verdes, unida a la contaminación atmosférica, agrava todavía más el impacto sobre la salud de la población.
Esta realidad también evidencia que el calor extremo tiene una dimensión social. No todas las personas disponen de viviendas adecuadamente aisladas, aire acondicionado o recursos para afrontar largos periodos de temperaturas extremas. Por ello, numerosos expertos consideran que la adaptación al cambio climático pasa también por combatir las desigualdades y reforzar las políticas públicas de protección.
Del trabajo a los grandes eventos: nuevos escenarios de riesgo
La OMS también pone el foco en aquellos espacios donde miles de personas permanecen expuestas al calor durante horas. Uno de los ejemplos más recientes es el Mundial de Fútbol que se disputa en Estados Unidos, México y Canadá. Ante las previsiones de temperaturas elevadas en varias sedes, el organismo sanitario colabora con la FIFA y con los tres países organizadores en la campaña Beat the Heat, orientada a fomentar medidas básicas como la hidratación frecuente, el acceso al agua potable, las zonas de sombra y la identificación precoz de síntomas compatibles con un golpe de calor.
Más allá del deporte, el calor plantea un desafío creciente para cualquier gran concentración de personas, desde festivales musicales hasta celebraciones populares. La planificación de estos eventos incorpora cada vez con mayor frecuencia protocolos específicos para minimizar los riesgos sanitarios derivados de las altas temperaturas.
Otro de los ámbitos donde el calor extremo está adquiriendo una relevancia creciente es el laboral. Sectores como la construcción, la agricultura, la limpieza viaria, la logística o el reparto soportan jornadas de trabajo bajo condiciones cada vez más exigentes. En los últimos años, distintos países han reforzado sus protocolos para adaptar horarios, incrementar los descansos y suspender determinadas actividades cuando las temperaturas alcanzan niveles de riesgo. Los especialistas insisten en que la prevención en el ámbito laboral será uno de los grandes retos de las próximas décadas.
La OMS sostiene que la adaptación debe producirse también en el sistema sanitario. Hospitales, residencias de mayores, centros educativos y servicios sociales necesitan planes específicos para responder a episodios de calor extremo. Del mismo modo, las administraciones están llamadas a reforzar los sistemas de alerta temprana, habilitar refugios climáticos, ampliar las zonas verdes y diseñar ciudades más resilientes frente a un fenómeno que ya forma parte de la nueva realidad climática.
El mensaje del organismo internacional es claro: el calor extremo ya no puede considerarse un problema estacional ni una simple incomodidad asociada al verano. Se ha convertido en una de las consecuencias más visibles del cambio climático y en un desafío permanente para la salud pública mundial. La buena noticia, subraya la OMS, es que muchas de las muertes asociadas a las altas temperaturas pueden evitarse. La clave está en anticiparse, proteger a los colectivos más vulnerables y asumir que la adaptación climática es, al mismo tiempo, una inversión en salud.
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