Caminar por la sombra se ha convertido en una forma básica de protección. No de comodidad. De protección. En muchas ciudades españolas, la diferencia entre una acera arbolada y otra desnuda ya no se mide solo en bienestar urbano, sino en grados, en salud y en dinero. Quien vive en una calle con árboles, soportales, fuentes cercanas o parques a pocos minutos tiene más margen para atravesar el verano. Quien vive entre asfalto, fachadas recalentadas y plazas duras queda más expuesto.

El calor ha dejado de ser un episodio excepcional. AEMET certificó que el verano de 2025 fue el más cálido de la serie histórica en España, con una temperatura media 2,1 grados por encima del promedio de referencia 1991-2020. El año anterior, 2024, ya había sido el tercero más cálido desde que hay registros, con una temperatura media en la España peninsular de 15,1 grados, 1,1 grados por encima de la media. La tendencia no se limita a una semana de agosto. Los episodios cálidos llegan antes, duran más y afectan a ciudades que durante décadas se diseñaron para mover coches, levantar promociones, atraer consumo y encajar rentabilidad inmobiliaria antes que proteger peatones.

La sombra se ha convertido así en una infraestructura pública. Igual que una parada de autobús, un centro de salud o una escuela. La diferencia es que durante años no se la trató como tal. Bajo esta capa de turbocapitalismo que envuelve al planeta, se asumió que los árboles eran ornamento, que las plazas despejadas daban amplitud, que el granito, el cemento y el hormigón facilitaban el mantenimiento. 

Ahí entra una cuestión de fondo: el calor no cae sobre una ciudad neutra. Llega a ciudades moldeadas por décadas de decisiones económicas. Calles pensadas para circular, plazas pensadas para eventos, centros convertidos en escaparate, barrios tensionados por el turismo y vivienda tratada como activo. En esa lógica capitalista, el suelo urbano se exprime, se encarece y se rentabiliza. La sombra, en cambio, no genera beneficios inmediatos. Un árbol maduro ocupa espacio, exige cuidados, levanta aceras, dificulta obras, resta visibilidad a escaparates o elimina plazas de aparcamiento. 

El problema tiene datos. Un estudio liderado por ISGlobal sobre 93 ciudades europeas calculó que más del 4% de la mortalidad estival en esas urbes puede atribuirse al efecto isla de calor urbana. También estimó que un tercio de esas muertes podrían evitarse si la cobertura arbórea alcanzara el 30% del espacio urbano. No habla de embellecer calles. Habla de reducir temperatura y mortalidad. Según ese trabajo, aumentar el arbolado urbano puede bajar la temperatura media de las ciudades y amortiguar los picos que convierten barrios enteros en superficies radiantes.

España aparece especialmente expuesta por clima, urbanismo y desigualdad. Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia, Málaga, Murcia o Zaragoza combinan densidad, tráfico, materiales que acumulan calor y barrios con muy distinta cobertura verde. La misma ciudad puede ofrecer dos veranos. Uno bajo árboles, cerca de parques, con viviendas mejor aisladas y aire acondicionado asumible. Otro sobre aceras estrechas, viviendas mal ventiladas y facturas imposibles.

La desigualdad térmica no empieza dentro de casa, pero se agrava al cruzar la puerta. Greenpeace publicó en 2025 un informe sobre pobreza energética en verano que, a partir de datos del INE y de la herramienta ENERSOC, situaba en el 33,6% el porcentaje de hogares españoles que no pueden mantener su vivienda a una temperatura adecuada durante los meses cálidos. Entre las familias en situación de pobreza energética, el porcentaje subía al 53,3%. El dato rompe una idea cómoda: tener aire acondicionado no garantiza poder usarlo. El mismo informe señalaba que el 51% de las familias vulnerables con aire acondicionado afirma pasar calor en casa porque no puede encenderlo todo el tiempo necesario por miedo a la factura.

La sombra pública importa más cuando falla la protección privada. Un hogar con buena orientación, aislamiento, toldos y climatización resiste mejor una ola de calor. Un piso pequeño, interior, en una finca antigua, con mala ventilación y sin recursos para pagar electricidad, convierte la noche en una extensión del día. Ahí la calle tampoco ofrece siempre alivio. Si el barrio carece de árboles, bancos a la sombra, bibliotecas abiertas, centros climatizados o fuentes, la persona vulnerable no tiene dónde bajar la temperatura corporal.

El calor también se compra

En un mercado urbano cada vez más segmentado, la adaptación al calor también se compra. Se compra con una vivienda mejor aislada, con una urbanización con piscina, con una terraza protegida, con aire acondicionado eficiente, con una factura eléctrica que no obliga a elegir. Quien no puede pagar esa adaptación depende de lo común: sombra, fuentes, transporte accesible, centros públicos abiertos, calles caminables. Cuando lo común falla, el calor deja de ser solo un fenómeno meteorológico y se convierte en una forma de desigualdad material.

El calor mata de forma desigual. El Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria del Instituto de Salud Carlos III lleva años atribuyendo miles de fallecimientos a las altas temperaturas en España. En 2022 se alcanzó uno de los peores registros, con 4.789 muertes atribuibles al calor. En 2025 fueron 3.832, según los datos difundidos por Sanidad. En mayo de 2026, antes de que comenzara oficialmente el verano, ya se habían registrado 101 muertes atribuibles a las altas temperaturas, una cifra anómala para ese mes. El perfil de mayor riesgo se repite: personas mayores, mujeres, enfermos crónicos, hogares sin recursos y territorios menos acostumbrados a episodios intensos.

La respuesta urbana avanza, pero con retraso. Algunas ciudades han empezado a crear refugios climáticos en bibliotecas, centros cívicos, polideportivos o museos. Barcelona fue una de las primeras en desplegar una red reconocible. Madrid, Sevilla, Valencia y otras capitales han incorporado planes frente al calor, mapas de fuentes, recomendaciones sanitarias y proyectos de renaturalización. El problema es la escala. Un refugio climático ayuda, pero no sustituye una calle transitable. Un toldo puntual alivia, pero no reemplaza décadas de arbolado. Una campaña de consejos no enfría una vivienda ni cambia una plaza mineral.

Una persona lee a la sombra de un árbol

Durante años, el urbanismo vendió la plaza dura como espacio limpio, abierto y polivalente. En verano se revela su coste. La Puerta del Sol de Madrid se convirtió en símbolo de ese debate tras su reforma, criticada por la escasez de sombra en una de las zonas más transitadas de la capital. No es un caso aislado. Muchas ciudades españolas han producido espacios públicos fotogénicos en el render, pero hostiles a las tres de la tarde. El diseño urbano no fracasa cuando se ve vacío en agosto. Fracasa cuando solo puede usarlo quien no tiene otra opción.

La sombra también empieza a influir en el valor de la vivienda. Antes pesaban las vistas, el ascensor, el garaje, la terraza o la cercanía al metro. Ahora ganan importancia la eficiencia energética, la orientación, la ventilación cruzada, la proximidad a parques y la presencia de árboles en la calle. No aparece siempre en los anuncios inmobiliarios como “sombra”, pero está ahí. Un barrio verde ofrece más confort y, cada vez más, más valor. El riesgo es evidente: que la adaptación climática acabe encareciendo las zonas mejor protegidas y dejando a los barrios vulnerables con más calor y menos inversión.

Adaptarse al calor o hacer negocio con él

Ese riesgo no es menor. La ciudad que se adapta al calor puede hacerlo de dos formas. Puede reforzar derechos urbanos básicos o puede abrir un nuevo nicho de mercado. Viviendas “climáticamente eficientes”, promociones con zonas verdes privadas, residenciales con piscina, oficinas con certificaciones ambientales y barrios revalorizados por su confort térmico. La mejora existe, pero no siempre llega a quien más la necesita. Si la sombra se convierte en un atributo inmobiliario, la crisis climática acaba produciendo otra capa de exclusión.

Los ayuntamientos tienen margen. Pueden ampliar alcorques, sustituir pavimentos, cubrir patios escolares, abrir refugios climáticos por las tardes y noches, proteger árboles maduros, crear corredores verdes, instalar fuentes, exigir sombra en paradas de autobús y priorizar los barrios con menos renta y menos cobertura vegetal. No todo requiere grandes obras. Pero sí exige cambiar prioridades

La discusión tampoco puede limitarse al centro urbano. Los barrios periféricos concentran a menudo más población trabajadora, más desplazamientos largos, menos zonas verdes consolidadas y viviendas de peor calidad. Allí el calor se suma a otros problemas: transporte público saturado, empleo físico, turnos partidos, cuidados, falta de equipamientos. Un repartidor no elige la hora de la entrega. Una camarera de piso no teletrabaja. Un operario de limpieza no puede refugiarse en casa con el aire acondicionado. La ciudad caliente castiga más a quien menos capacidad tiene para esquivarla.

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