Cuando yo era pequeña, no tenía ni idea de que la izquierda y la derecha fueran algo más que uno y otro lado de cualquier espacio. No tenía ni idea de que eso respondiera a un criterio político o ideológico. Aunque la verdad es que ignoraba qué significaba “ideología”. Probablemente porque durante mi infancia, transcurrida entre el tardofranquismo y la Transición, no existían oficialmente las ideologías.
Después, cuando la sociedad y yo avanzábamos y madurábamos casi al mismo tiempo, fui imbuyéndome de la idea de que “izquierda” y “derecha” eran los dos extremos del pensamiento político, cuyo teórico centro se llevó el gato al agua en las primeras elecciones. Tal vez porque la gente creía a pies juntillas eso de que en el centro está la virtud.
Luego llegó el bipartidismo. Conforme fueran los vientos, ganaba las elecciones y por tanto gobernaba la izquierda o la derecha, aunque eran una izquierda y una derecha que se reconocían como democráticas y comprometidas con los valores constitucionales, la igualdad entre ellos. Un compromiso que llegaba hasta el punto de ser capaces de aprobar por unanimidad una ley como la ley integral de medidas contra la violencia de género, una ley que hoy día cuestionan quienes pactan con uno de esos lados del espectro político.
Y es que antes, no sé si por mi visión un tanto naif del panorama, o porque de verdad era así, la política parecía servir para algo. Los políticos eran capaces de plantear iniciativas y votarlas a favor o en contra mirando al bien común, y no de dónde provengan.
Hoy tengo la sensación de que ocurre todo lo contrario. Y temo que es mucho más que una sensación. Propuestas que deberían encantar en determinado partido son olímpicamente ignoradas simplemente porque vienen del rival, y viceversa. Y ni siquiera eso, son rechazadas de plano por cualquier desacuerdo, aunque vengan de quien está al mismo lado del espectro político, aunque sea en otro partido.
La política se ha convertido en terreno abonado para el insulto y la descalificación y hemos llegado al punto de convertir en un chascarrillo gracioso lo que debería considerarse una ofensa y una falta de respeto al contrario. Es el reino del “y tú más”, que tiene mucho más peso que cualquier proyecto o idea.
Con este panorama, no es de extrañar que la juventud huya de la política. Que la menosprecie, la ignore o, simplemente, que no le importe lo más mínimo porque no alcance a comprender para qué sirve. O, lo que es peor, que abrace iniciativas o proyectos que se alejan de la democracia, hasta el punto de sentir nostalgia de una dictadura que no vivieron jamás, o de apoyar posturas totalitarias sin despeinarse.
Algo estamos haciendo mal, muy mal, para que gran parte de nuestra juventud se identifique con movimientos que niegan cosas tan evidentes como la igualdad, la lucha contra violencia de género o el cambio climático, ideas por cuya defensa habían luchado las generaciones anteriores.
Según algunas encuestas, la profesión de político es de las más denostadas, cuando debería ser de las más valoradas por que, al menos en teoría supone vocación de servicio público.
Desde luego, nos lo tendríamos que hacer mirar. Y mirar, de paso, a nuestro alrededor, donde un tipo de peinado imposible e ideas más imposibles todavía preside el país más poderoso del mundo haciendo gala de sus ideas de bombero, con perdón de los bomberos.
Es indudable que algo hicimos mal. Pero, al menos, podemos estar a tiempo de no seguir haciéndolo.
SUSANA GISBERT
Fiscal y escritora (@gisb_sus)