El Partido Popular ha vuelto a activar el ventilador del miedo con un mantra tan pegadizo como falso: el "infierno fiscal". La reciente designación de Carlos Cuerpo como vicepresidente primero del Gobierno ha servido de excusa para que Alberto Núñez Feijóo recupere un relato catastrofista que busca más el titular incendiario que el rigor económico.
Sin embargo, los datos demuestran que España no es el escenario asfixiante que pintan, sino una anomalía en sentido contrario dentro de nuestro entorno europeo. La afirmación de Feijóo asegurando que los españoles pagamos tantos impuestos como los países nórdicos sin recibir sus servicios es, sencillamente, una mentira matemática.
Mientras el líder del PP agita el fantasma de la confiscación, la realidad es que la presión fiscal en España sigue puntos por debajo de la media de la Eurozona. Comparar nuestro esfuerzo tributario con el modelo escandinavo mientras se ignoran las brechas de recaudación es un ejercicio de populismo fiscal que solo busca desmantelar, precisamente, el Estado del bienestar que dicen defender.
Bajo la promesa de una bajada de impuestos masiva que supuestamente aliviaría el bolsillo de las familias, el PP oculta una realidad que la historia reciente confirma: cuando la derecha gobierna, el alivio fiscal es un privilegio exclusivo de las grandes fortunas, mientras que la factura la acaba pagando la mayoría social.
Es el viejo manual que ya sufrimos con Mariano Rajoy: clamar contra la presión fiscal en la oposición para, una vez en el poder, ejecutar hachazos tributarios sobre las rentas medias. Esta estrategia no es un error de cálculo, es un diseño deliberado.
Se basa en una contradicción que la clase trabajadora conoce bien: la derecha utiliza la indignación fiscal como caballo de Troya para entrar en las instituciones y, una vez dentro, desplegar una alfombra roja de privilegios para las élites financieras mientras se recorta el presupuesto de los servicios básicos. Esta trampa fiscal no es solo una cuestión de números, sino una elección ideológica profunda que busca debilitar el Estado de bienestar por la vía de la inanición financiera.
No podemos olvidar que ese PP que hoy exige rebajas del IVA protagonizó, bajo el mandato de Rajoy, la mayor subida de este impuesto en la historia de España. Aquella etapa no solo nos dejó un IRPF disparado para los asalariados y las familias, sino también el vergonzoso copago farmacéutico que obligó a nuestros mayores, muchos de los cuales debían elegir entre llenar la nevera o pagar por su salud, a financiar un sistema que el propio PP estaba desangrando.
Además, el incremento brutal de las tasas universitarias convirtió la educación superior en un lujo fuera del alcance de miles de jóvenes. Estudiantes con talento pero sin recursos se vieron expulsados del sistema, cercenando el ascensor social que es la educación pública.
Se crearon gravámenes tan absurdos y dañinos como el "impuesto al sol", una medida que frenó en seco la soberanía energética de los hogares y protegió los beneficios de las grandes eléctricas, mientras se aprobaban amnistías fiscales inmorales para que los grandes defraudadores blanquearan su dinero por la puerta de atrás sin apenas coste ni reproche ético.
Hoy, las propuestas de deflactación y las rebajas lineales que vende Feijóo son el cebo de un anzuelo muy peligroso. Están diseñadas para que un directivo con sueldos de seis cifras ahorre miles de euros al año, mientras que un trabajador con un salario medio apenas percibirá una diferencia mensual de escasos euros que no compensa, en absoluto, la subida del coste de la vida o el deterioro de la atención primaria en su centro de salud.
Este populismo fiscal es siempre el paso previo al recorte social masivo. Al vaciar deliberadamente las arcas del Estado, el Partido Popular siempre encuentra la excusa perfecta para aplicar la tijera donde más duele, argumentando con cinismo que "no hay dinero" para sanidad, dependencia o becas de comedor, después de haber regalado ese mismo dinero en diferido a las capas más pudientes de la sociedad a través de bonificaciones en el Impuesto de Patrimonio o Sucesiones.
Es una trampa en la que la tarjeta de crédito sustituye a la tarjeta sanitaria universal. La verdadera libertad no consiste en ahorrarse diez euros en una tasa si eso implica perder el derecho a una cirugía a tiempo o a una plaza en una residencia pública.
No es libertad si tu hijo no puede acceder a una escuela pública de calidad que garantice su futuro sin hipotecar su vida antes de empezar. En las comunidades donde gobierna el PP, la eliminación de gravámenes a la riqueza perpetúa la acumulación de capital en unas pocas manos mientras se deterioran las infraestructuras que deberían permitir la igualdad de oportunidades real.
El rechazo frontal de Feijóo a gravar los beneficios extraordinarios de la banca y las energéticas revela para quién trabaja realmente: no es para el ciudadano que tiene dificultades para pagar el alquiler, sino para los consejos de administración que ven en la crisis una oportunidad de lucro a costa del esfuerzo colectivo.
La fiscalidad progresiva es el único mecanismo capaz de corregir las desigualdades que el mercado genera. Renunciar a ella es renunciar a la cohesión de nuestra sociedad y condenarnos a un modelo de "sálvese quien pueda", donde la protección solo esté garantizada para quien pueda comprársela.
A medida que nos acercamos a nuevos ciclos electorales, el bombardeo de consignas sobre el "infierno fiscal" español se intensificará, pero los datos de Eurostat son tozudos: nuestra presión fiscal sigue estando por debajo de la media europea y los servicios que recibimos a cambio son fundamentales para la paz social.
El engaño de Feijóo reside en comparar peras con manzanas e ignorar deliberadamente que en los países nórdicos, esos que tanto cita erróneamente, la contribución de las rentas altas y de las empresas es ejemplar, permitiendo un sistema público robusto que la derecha española tacha de "comunista" cuando se intenta aplicar aquí.
Defender los impuestos es defender la civilización frente a la ley de la selva económica. Es defender la ambulancia que llega a tiempo, el profesor que atiende a tu hijo y el bombero que protege tu hogar. Solo mediante un sistema donde pague más quien más tiene para que reciba más quien más lo necesita podremos blindar la dignidad humana.
El proyecto de Feijóo es una vuelta a las políticas de austeridad que ya fracasaron en la década pasada; es un viaje al pasado en el que la clase trabajadora volvió a ser la pagana de los excesos financieros. Cada promesa de bajada de impuestos de la derecha lleva implícita una factura que pagaremos todos en forma de más esperas y menos derechos.
Si cedemos ante este espejismo, estaremos entregando las llaves de nuestro Estado de bienestar a quienes siempre han preferido el beneficio privado, condenando a las futuras generaciones a una sociedad más injusta y fracturada. Es el momento de la verdad frente a los cantos de sirena: siempre prometen el cielo fiscal, pero solo reparten el infierno de los recortes.