En su esencia como ideología, las izquierdas se mueven por el bien común. La solidaridad social, el ecologismo, la defensa de los derechos humanos, los derechos de las mujeres, la protección de la naturaleza y de los animales...; en general la defensa de todos los seres sometidos u oprimidos son cuestiones que movilizan a los movimientos progresistas. Sintéticamente es el lema oficial de la República Francesa: Libertad, Igualdad, Fraternidad, que definen muy bien los valores fundamentales de democracia, solidaridad y derechos humanos.
Son precisamente todos esos valores que estamos echando en falta los demócratas en este mundo tan asolado por los valores contrarios. Justamente esos idearios que caracterizan y definen a lo que llamamos “derechas”, como defensa sólo de lo propio, desprecio a los derechos humanos, apego a la crueldad, al clasismo, al racismo, al odio al diferente; desprecio de lo público, aunque se sirven de ello para enriquecerse; mucho parasitismo, mucho narcisismo, mucho.
Mucho desprecio a la naturaleza y a los derechos animales (niegan el cambio climático). Mucho apego a la irracionalidad, mucho temor a lo nuevo, mucho desprecio a las personas que no son de sus ideas, y mucho desprecio a la inteligencia. Mucho creerse el ombligo del mundo, aunque curiosamente suele ser lo habitual que la gente grande es la gente más sencilla y más modesta. Y, al contrario, la soberbia y el sentimiento de superioridad suelen ser características que acompañan a los más mediocres, y a los narcisistas, sean de la extracción social que sean.
Sabemos bien que las derechas actuales se han desmandado, y se muestran sin caretas en el terreno abonado de extremismo por los neoliberalismos que llevamos soportando durante décadas; y hemos llegado a un punto de no retorno por el que, sin ningún disimulo, esas derechas y extremas están actuando a su manera, con sus armas, con su ideología, con su desconexión de las personas, con su carencia de compasión y de empatía, y su desprecio a todo lo que no signifique poder, control y dinero; porque llevan décadas abonando el terreno, alentando el disparate y la maldad. Ahora están en su salsa. Y porque supuestamente tienen lazos estrechos con lobbys sionistas. Como decía Fernando Ulloa, gran estudioso de la crueldad humana, la maldad necesita de un dispositivo sociocultural acorde para progresar. Y ahí estamos, siendo testigos de ese abominable progreso.
Y están destruyendo el mundo. Personas peligrosas están alcanzando el poder, y el mundo entero estamos sufriendo las consecuencias. Bolsonaros, Mileis, Orbans, Netanyahus, Trumps; sobre todo Trump. Nos está llevando a todo el planeta al terror y a un oscurantismo de consecuencias impredecibles. Como dijo Dolores Fonzi en su discurso en la entrega de los Goya, la ultraderecha viene a destruirlo todo. Y lo están destruyendo todo. Lo que está ocurriendo en Gaza, en Irán, es sólo el principio, como ha dicho el propio Trump.
Estamos viviendo en el mundo una situación alarmante realmente. Medio planeta contempla impasible cómo se les mata de hambre, lentamente, a millones de niños gazatíes; y cómo se bombardean colegios de niñas, y cómo se destruyen ciudades enteras en pocos minutos, y cómo se desprecian los mínimos de respeto a la dignidad humana. Es insoportable tanta maldad, y sobre todo es insoportable el silencio y el estatismo de instituciones internacionales y de gobiernos del mundo, ante un vandalismo atroz que nos perjudica a todos y en muchos aspectos: inestabilidad política, peligro de guerra nuclear, aumento exponencial de los precios; por supuesto, incluida España: gasolina, gas, luz, alimentación, transporte. Todo se va a encarecer enormemente. Aunque luego dirán, las derechas y los analfabetos políticos (que son muchos), que las subidas de precios son culpa de Sánchez, y lo mismo también de Zapatero. Aunque tenemos la gran suerte de tener a un presidente de gobierno maravilloso que quiere la paz, que se ha posicionado firmemente defendiéndola, y que se ha negado a ser un lacayo sin conciencia del hombre que está destruyendo el mundo.
Las consecuencias de votar a Trump podían ser terroríficas, y así lo están siendo. Estamos viendo perfectamente las consecuencias de votar a las derechas y extremas derechas: la desolación y la destrucción. Aunque bien es verdad que los fascismos están llegando al poder por las gentes que se dejan embaucar, manipular, y les votan.
Parafraseando a la historiadora Carmen Iglesias, la culpa de la guerra, de tanto asesinato, de niños encerrados en campos de detención la tiene directamente el gobierno de Trump, pero también los que les votaron, que fueron millones. E indirectamente la tienen esos que decían que era lo mismo Trump que Kamala Harris. Por supuesto que no es lo mismo. Como no es lo mismo Sánchez que Feijóo o Abascal. Es más, son lo contrario. “Yo desconfío siempre de quienes usan ese mantra. La responsabilidad del voto es tan enorme que no se puede pasar por alto ni liberar de culpa a quienes ponen a gobernar a tiranos". Ni los que votan, en España, a sus homólogos de las derechas, como recientemente en Castilla y León. Que no se quejen después, los castellano leoneses, de que se quemen sus bosques y se mate a sus lobos.
Decía Ulloa que convivimos con la crueldad, pero otra cosa distinta es ser sus cómplices.
Coral Bravo es Doctora en Filología