La comparecencia de Alberto Núñez Feijóo en la comisión de investigación de la DANA esta semana no fue un ejercicio de rendición de cuentas ni un intento honesto de esclarecer responsabilidades. Fue, una vez más, una demostración de arrogancia política, de desprecio institucional y de una manera de hacer oposición basada en el bulo, el ruido y la evasión. Ante una tragedia que se llevó por delante 230 vidas, Feijóo no ofreció verdad, ni autocrítica, ni empatía. Optó por enfangar el debate y huir de su responsabilidad política.

Lo sucedido esta semana en el Congreso no es un episodio aislado ni un exabrupto puntual. Es la confirmación de una doble vara de medir que el Partido Popular aplica de forma sistemática ante las catástrofes: exigir dimisiones cuando gobiernan otros y cerrar filas, encubrir y proteger cuando los responsables son propios. La DANA ha vuelto a desnudar ese patrón, y Feijóo, lejos de estar a la altura de las circunstancias, confirmó que no lo está. Ni como líder de la oposición ni como alternativa de gobierno.

No recordamos en el Congreso una comparecencia tan marcada por la zafiedad, la chulería y la falta de respeto como la protagonizada por el líder del PP. Insultos a los diputados, burlas a la presidenta de la comisión, amenazas veladas y un tono impropio de quien aspira a presidir el Gobierno de España. No fue firmeza ni carácter: fue arrogancia. Y, sobre todo, fue una huida constante de las preguntas clave.

Feijóo acudió a la comisión para declarar por la DANA y lo que hizo fue encadenar una mentira tras otra. Mintió sobre los avisos de la Confederación Hidrográfica del Júcar, que sí alertó con horas de antelación. Mintió sobre su papel aquel día. Mintió sobre los mensajes con Carlos Mazón. Mintió incluso fingiendo desconocer el funcionamiento del Cecopi, un órgano idéntico al que él mismo utilizó durante años como presidente de la Xunta de Galicia.

Cuando los datos desmontaron su relato, recurrió a la estrategia de siempre: embarrar el debate, desviar el foco y señalar a otros. Y, cuando ya no tuvo escapatoria, sacó el comodín que nunca falla en la derecha española: ETA. Utilizar a las víctimas del terrorismo para no responder por una catástrofe climática con 230 muertos no es solo una indecencia política; es una obscenidad moral.

Pero el fondo del asunto va mucho más allá de una comparecencia bochornosa. La clave está en lo que el Partido Popular ha hecho durante más de un año con Mazón. Mazón no dimitió. A Mazón lo dimitieron los valencianos en la calle, tras catorce manifestaciones masivas. Y aun así, Feijóo le decía “quédate”, sabiendo que era el máximo responsable político de una gestión que falló estrepitosamente.

Ese es el PP de siempre. El que protege a los suyos, el que aguanta, el que espera a que pase el temporal político mientras las víctimas siguen esperando respuestas. Mazón continúa siendo diputado en Les Corts. Sigue amparado por su partido. Ha ofrecido hasta quince versiones distintas de lo que hizo aquel día, llegando incluso a mentir sobre con quién estaba mientras el agua arrasaba pueblos enteros. Y Feijóo lo sabía. Y calló. Es aquí donde la doble vara de medir se vuelve insoportable.

¿Por qué el PP exige la dimisión inmediata de Óscar Puente tras un accidente ferroviario cuya causa definitiva aún no está establecida oficialmente, después de que haya dado explicaciones desde el primer minuto, concedido entrevistas, comparecido en ruedas de prensa y afrontado plenos monográficos? ¿Y por qué, en cambio, encubrió durante un año entero a Mazón, que desapareció durante horas el día de la tragedia? La respuesta es tan sencilla como incómoda: porque uno no es del PP y el otro sí.

Una catástrofe puede ocurrir. Nadie discute eso. Lo que define a un gobernante no es que ocurra una desgracia, sino cómo reacciona cuando sucede. Y ahí la diferencia es abismal. Mientras Mazón estaba de copas en un reservado, sin liderar, sin coordinar y sin informar, otros responsables políticos estaban dando la cara desde el primer momento.

Óscar Puente compareció, informó y respondió. A la media hora estaba explicando lo ocurrido en televisión. A las horas, dando explicaciones públicas. A los días, en el Congreso. Esa es la diferencia entre asumir responsabilidades y esconderse. Entre gobernar y desaparecer. Comparar ambas situaciones, como hizo Feijóo, no solo es falso: es profundamente inmoral.

Y no es un caso aislado. El Partido Popular solo exige responsabilidades cuando no gobierna. Solo reclama dimisiones cuando no gobierna. Solo convoca funerales de Estado y misas solemnes cuando no gobierna. Cuando gobierna, el silencio es ensordecedor.

No hubo misas de Estado por el accidente del Alvia en Angrois. No las hubo por las víctimas del metro de Valencia. No las hubo por el 11M. No las hubo por el Yak-42. No las hubo por las residencias durante la pandemia en Madrid. Entonces no tocaba. Gobernaban ellos.

La derecha española administra el dolor de forma selectiva. La exigencia moral depende de quién esté en el poder. La memoria es frágil cuando la responsabilidad propia asoma.

La intervención de Gabriel Rufián en la comisión fue especialmente reveladora. Enumeró mentiras concretas, con horarios y datos verificables. Recordó que la Confederación avisó. Que Mazón estuvo ilocalizable durante horas. Que los mensajes se entregaron en Nochebuena, como un macabro “regalo” a las víctimas. Que la Generalitat ni siquiera ha reconocido oficialmente a las víctimas de la DANA como tales.

Feijóo respondió con arrogancia, insultos y evasivas. Incapaz de asumir una sola responsabilidad política. Incapaz de pedir perdón. Incapaz de decir “fallamos”.

Lo más preocupante de todo no fue el tono, sino la confirmación de algo más profundo: Feijóo sigue justificando lo injustificable. Ampara a Ayuso cuando humilla a las víctimas de las residencias. Protegió a Mazón hasta el final. Enfanga las comisiones cuando las preguntas le incomodan. Confunde liderazgo con soberbia. Visto lo visto, resulta inquietante pensar que pueda llegar a gobernar España algún día.

Porque lo que dejó claro en esta comisión no es solo cómo gestiona una crisis, sino cómo entiende la política: como un lodazal donde la verdad estorba, la mentira compensa y las víctimas se utilizan como escudos. La DANA dejó 230 muertos. Lo mínimo exigible era respeto, verdad y responsabilidad. Feijóo eligió justo lo contrario. Y con ello volvió a mostrar, sin máscaras, el verdadero rostro del Partido Popular.

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