Recientemente se ha aprobado en Torremolinos la Ordenanza de Estética Urbana, que contempla multas de entre 100 y 750 euros por el "delito" de tender la ropa en las fachadas, en aras de un modelo de ciudad aséptico y domesticado para la mirada del turista.
Al leer esta noticia, me surge una imagen inevitable: la de nuestras abuelas.
Resulta paradójico que, mientras la figura de la abuela andaluza, con su acento, su saber popular y su espontaneidad sin filtros, cotiza al alza en el mercado de la viralidad digital; la realidad normativa las empuje a la invisibilidad. Son las reinas del contenido en redes sociales, pero grandes olvidadas de la política pública; son los iconos de una cultura aclamada por el público que hoy, bajo el pretexto del ornato y la pulcritud, deben esconder sus sábanas blancas con embozos bordados para no incomodar la postal de Andalucía. Los tendederos son una caricatura de una problemática más profunda que sufre este grupo poblacional en nuestra tierra.
Según el INE, las mujeres disfrutan de una esperanza de vida cinco años superior a la de los hombres, una brecha que se traduce en una soledad profundamente feminizada. En Andalucía, el 72% de los hogares unipersonales está habitado por mujeres. Son las de siempre: las que cuidaron de todos y de todas, y que ahora esperan una media de casi 500 días (estando el máximo en 180 por ley) para recibir los cuidados que el sistema les adeuda.
El fenómeno viral de las abuelas de Tik Tok hace que las cifras crezcan en los likes, pero necesitamos que crezcan también en plantillas públicas capaces de tramitar prestaciones: las solicitudes han aumentado un 230% desde 2006, pero los recursos humanos siguen siendo insuficientes en Andalucía, que lidera los tiempos de espera en todo el país.
Estas mujeres pensionistas perciben hoy una media de 880 euros mensuales, o apenas 520 si reciben una pensión no contributiva. Nos encantan en la pantalla del móvil o en el ideario de una Andalucía comercializable, pero ignoramos la precariedad material que atraviesa sus vidas.
No se trata solo de ropa tendida; se trata de una deuda histórica. Andalucía no sería lo que es sin ese ejército de mujeres que sostuvo gratuitamente la reproducción de la vida cuando aún no existía un Estado del bienestar digno. Sin embargo, hoy las condenamos doblemente con una espera de 500 días para una ayuda a la dependencia que a menudo llega tarde, y la de una pensión que apenas les permite vivir con dignidad.
En el fondo, lo que se multa no es la ropa en los balcones, sino la imagen de una forma popular y humilde de habitar Andalucía. Se condena que aquí no se estila la secadora, se penalizan sus arrugas, su no-normatividad, sus pelos de colores cuando se divorcian, su gotelé que abulta las paredes o su forma "incorrecta" de nombrar algunas palabras. Se pena aquello que recuerda que aún son las mujeres precarias las que siguen sosteniendo la vida desde los márgenes, con pensiones exiguas, cuidados no reconocidos y una soledad que también tiene género y clase.
Por esto, convertir sus gestos cotidianos en una falta de estética revela hasta qué punto ciertas políticas urbanas neoliberales prefieren una ciudad escaparate antes que una ciudad vivible. De cara al 17M necesitamos un gobierno autonómico que no comulgue con la vergüenza de quienes somos, y sobre todo quienes fuimos. Se lo debemos a las creadoras de una Andalucía libre y digna, que no puede revertirse en ellas con un modelo institucional que borra del paisaje no solo su forma de habitar sino también la dignidad material de sus vidas.