Jordi Turull y Miriam Nogueras. EP
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Cuando se habla de la importancia de las elecciones generales del 29 de noviembre, se pone el acento, con razón, en los derechos que peligran si la derecha extrema llega al Gobierno: la vivienda, la sanidad pública, las pensiones, las libertades. Pero hay algo más en juego que desde fuera de Cataluña quizá no se tiene demasiado en cuenta y que quienes vivimos en ella no podemos olvidar: la convivencia.
Cuando Pedro Sánchez llegó al Gobierno, Cataluña arrastraba años de enfrentamiento que habían dividido a familias y a amigos, y que amenazaban con convertir la discrepancia política en una fractura social duradera. Aquella herida envenenaba la convivencia dentro de Cataluña y rompía los puentes con el resto de España. El Gobierno socialista, como ha hecho desde el fin de la dictadura ante cada gran problema del país, ha sabido encontrar el equilibrio y el entendimiento para comenzar a cicatrizarla. Hay quienes prefieren olvidarlo, pero quienes lo vivimos en Cataluña sabemos lo que ha costado llegar hasta aquí y lo tierna que aún está la herida.
Y quienes menos interés tienen en que esa convivencia se mantenga son los mismos que han forzado este adelanto electoral. Ha sido Junts la que, con un giro de última hora cuando todo estaba acordado, se ha lanzado hacia una huida hacia ninguna parte, movida por un simple cálculo político. Las encuestas dibujan una caída muy fuerte de Junts en Cataluña: en unas hipotéticas elecciones al Parlament con Aliança Catalana en liza, quedaría en cuarto lugar, a mucha distancia de los tres primeros y casi empatada con el PP, que en Cataluña siempre ha tenido una presencia simbólica. Como AC no concurrirá a estas generales, Junts tenía prisa por unas elecciones que maquillaran su verdadera situación de debacle. Quizá contaba con que la amnistía a Puigdemont, que sabía inminente, le serviría en la campaña, tanto si regresaba de forma inmediata, como si seguía con su papel de víctima en Waterloo. Parece que ha elegido lo segundo, tal vez por miedo a que su regreso demuestre que no cuenta con el apoyo popular del que presume.
Pero el motivo más importante es otro: Junts sabe que solo puede sobrevivir si reaviva el conflicto y el enfrentamiento con España, y para ello le conviene un Gobierno de derecha extrema en Madrid que lo alimente. Lo mismo ocurre con el PP y con Vox, a los que la confrontación también les da votos, de modo que los tres partidos se necesitan unos a otros para prosperar. No es casualidad que PP, Vox y Junts votaran juntos contra los decretos de vivienda, como en tantas otras ocasiones durante esta legislatura. Se entienden a la perfección porque comparten la misma estrategia, la de vivir de la crispación, y poco les importa el daño que causen a una sociedad que han aprendido a dividir en beneficio propio. Es su modus vivendi, su santo grial de votantes.
Tenemos ante nosotros una decisión que va mucho más allá de unas siglas: seguir avanzando en derechos y en convivencia, o volver a una división que ya conocimos y que puso en riesgo el entendimiento dentro de Cataluña y entre Cataluña y España. Buena parte del crecimiento que ha protagonizado el país desde que Pedro Sánchez es presidente nace de haber dedicado el tiempo y las fuerzas a trabajar, y no a alimentar disputas artificiales. Un Gobierno de quienes viven del conflicto solo sabrá devolvernos a un pasado que creíamos superado. Quienes creemos en una España plural y en una Europa fuerte sabemos de qué lado hay que estar.
Manel de la Vega
Senador de la XV legislatura




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