Hay una forma sencilla de ver cómo ha cambiado España: abrir un álbum de fotos familiar. En las imágenes de hace sesenta años se repite una composición casi idéntica: padre, madre, hijos y, a menudo, los abuelos. Hoy esa fotografía puede reunir a una madre sola con sus hijos, a una pareja divorciada que comparte la crianza, a dos padres, dos madres, una familia adoptiva o a unos abuelos que vuelven a ejercer de cuidadores. La familia sigue ocupando un lugar central en la vida de millones de personas, pero la imagen ya no es única.
Durante la dictadura franquista, la familia era mucho más que un ámbito privado. Era uno de los pilares sobre los que se construía el régimen. La legislación y la moral pública promovían un modelo muy concreto: matrimonio católico, autoridad del padre y dedicación de la mujer al hogar y a los hijos. Ese esquema no solo marcaba las costumbres, sino también los derechos.
El divorcio había sido suprimido tras la Guerra Civil y el matrimonio civil quedó relegado a situaciones muy excepcionales. Las mujeres casadas necesitaban autorización del marido para realizar numerosos actos jurídicos y los hijos nacidos fuera del matrimonio sufrían una clara discriminación legal y social. La ley distinguía incluso entre hijos "legítimos" e "ilegítimos", una diferencia que condicionaba aspectos tan importantes como la herencia o el reconocimiento familiar.
Sin embargo, la sociedad española empezó a cambiar con rapidez durante los últimos años del franquismo y, sobre todo, tras la llegada de la democracia. La incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, el descenso de la natalidad, el aumento de la esperanza de vida y nuevas formas de convivencia transformaron poco a poco el concepto tradicional de familia.
La Constitución de 1978 marcó un punto de inflexión al proclamar la igualdad jurídica de todos los hijos con independencia de su filiación y al reconocer la igualdad entre hombres y mujeres. Tres años después, la Ley del Divorcio de 1981 permitió disolver legalmente matrimonios que hasta entonces solo podían romperse de hecho. Para miles de personas supuso la posibilidad de rehacer su vida sin quedar atrapadas en un vínculo legal permanente.
Las décadas siguientes ampliaron aún más ese retrato familiar. Las adopciones internacionales crecieron, las familias monoparentales dejaron de ser una excepción y las familias reconstituidas -formadas tras una separación o un nuevo matrimonio- se hicieron cada vez más habituales. En 2005, España volvió a situarse entre los primeros países del mundo al aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo, una reforma que permitió reconocer legalmente a miles de familias que ya existían mucho antes de que la ley les diera nombre.
Hoy conviven en España modelos familiares muy distintos entre sí. Ninguno responde a una fotografía oficial ni a una definición cerrada. Lo que los une no es una estructura concreta, sino los vínculos de cuidado, convivencia y apoyo mutuo que construyen la vida cotidiana.
Las fotografías familiares siguen ocupando un lugar especial en estanterías y teléfonos móviles. Han cambiado las caras, las composiciones y las historias que cuentan, pero conservan algo en común: el deseo de guardar un recuerdo de las personas importantes. Si los álbumes de hace medio siglo reflejaban el modelo de familia que la ley consideraba posible, los de hoy muestran una realidad mucho más diversa. En ellos caben formas distintas de quererse, convivir y criar. Y esa quizá sea una de las imágenes que mejor resume la evolución de la sociedad española en las últimas décadas.
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