El 15 de octubre de 1977, apenas dos años después de la muerte de Franco, unas 5.000 personas recorrieron las Ramblas de Barcelona para reclamar la derogación de la Ley sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social. Muchos manifestantes ocultaban su rostro con gafas de sol, sombreros o pañuelos. No era una cuestión de estética. Temían ser reconocidos por sus familias, perder el trabajo o acabar fichados por la policía. Solo unos años antes, la homosexualidad podía llevar a una persona a la cárcel o a un centro de internamiento.
La dictadura franquista convirtió la identidad en un asunto de Estado. El régimen promovía un modelo único de ciudadano: católico, heterosexual, patriota y ajustado a unos estrictos papeles para hombres y mujeres. Todo aquello que se apartara de ese ideal podía convertirse en un problema político o judicial.
La persecución de las personas homosexuales fue uno de los ejemplos más evidentes. En 1954, la dictadura modificó la Ley de Vagos y Maleantes para incluir expresamente a los homosexuales entre las personas consideradas "peligrosas". En 1970, aquella norma fue sustituida por la Ley sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social. Cambiaba el nombre, pero no la filosofía. La policía seguía realizando redadas, las detenciones continuaban y los jueces podían ordenar internamientos o medidas de vigilancia. Muchos optaron por llevar una doble vida. Otros abandonaron sus ciudades para empezar de cero donde nadie los conociera.
Pero el control de la identidad iba mucho más allá de la orientación sexual. El uso público de lenguas como el catalán, el euskera o el gallego sufrió importantes restricciones durante buena parte de la dictadura. Las organizaciones políticas y sindicales independientes estaban prohibidas, y la censura alcanzaba a libros, canciones, películas y obras de teatro. También las mujeres veían limitada su autonomía por una legislación que reforzaba su dependencia del marido y las relegaba al ámbito doméstico.
La muerte de Franco abrió un proceso de transformación política, pero también cultural. España empezó a experimentar una libertad desconocida para quienes solo habían vivido bajo la dictadura. El llamado destape fue una de sus expresiones más visibles, aunque el cambio fue mucho más profundo. Se relajó la censura, aparecieron nuevas revistas, florecieron editoriales, el cine exploró temas hasta entonces prohibidos y la música encontró espacios de expresión inéditos. En los años ochenta, la Movida madrileña simbolizó ese deseo de romper con décadas de uniformidad, mientras las primeras asociaciones LGTBI abandonaban la clandestinidad para ocupar las calles y reclamar derechos.
Ese proceso no fue inmediato ni estuvo exento de resistencias. Las leyes franquistas que perseguían la homosexualidad no desaparecieron de un día para otro. La Ley sobre Peligrosidad y Rehabilitación Social no fue derogada por completo hasta 1979, y los antecedentes policiales de muchas personas represaliadas tardaron décadas en ser anulados.
Uno de los momentos que mejor resume ese cambio llegó en 2005. España se convirtió en el tercer país del mundo en reconocer el matrimonio entre personas del mismo sexo. La noticia ocupó portadas internacionales porque mostraba el recorrido de un país que, en apenas treinta años, había pasado de castigar legalmente la homosexualidad a reconocer la igualdad de derechos en el matrimonio. Muchos activistas hablaron entonces de una España que, de algún modo, también salía del armario.
Entre quienes celebraron aquella ley había personas que habían conocido las redadas policiales, la clandestinidad o el miedo a ser denunciadas. Su historia recordaba que la identidad nunca había sido una cuestión privada cuando el Estado decidía quién podía ser visible y quién debía permanecer oculto.
Hoy, expresar una orientación sexual, hablar una lengua cooficial, participar en una manifestación o defender públicamente una forma de entender la vida forma parte de la normalidad democrática. Esa normalidad no surgió de manera espontánea. Es el resultado de una historia reciente en la que miles de personas reclamaron algo tan sencillo como poder vivir sin esconder quiénes eran.
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