A las seis de la tarde, Andrés apaga la máquina, se cambia de camiseta y pasa su tarjeta por el lector situado junto a la salida. El gesto dura unos segundos. La pantalla registra la hora y la jornada termina. Fuera de la fábrica todavía queda luz. Puede recoger a su hija, comprar algo para la cena o sentarse durante media hora sin hacer nada. Esa parte del día parece cotidiana, pero durante generaciones estuvo fuera del alcance de millones de trabajadores.
A comienzos del siglo XX, la duración del trabajo dependía en gran medida de las necesidades de la producción y de la capacidad de los empleados para organizarse. Las jornadas podían ocupar la mayor parte del tiempo despierto, dejando un margen reducido para descansar, convivir o participar en cualquier actividad fuera del empleo.
La reclamación de las ocho horas no pretendía únicamente reducir el cansancio. Defendía una nueva frontera: el trabajo debía tener límites y la empresa no podía disponer de toda la vida de una persona. El tiempo que quedaba fuera de la fábrica, el taller o la mina también tenía valor, aunque no produjera mercancías ni beneficios.
En 1919, la huelga de La Canadiense paralizó buena parte de la actividad económica de Barcelona y se convirtió en uno de los grandes hitos del movimiento obrero español. La movilización estuvo acompañada de detenciones, despidos, negociaciones y una fuerte presión social. La aprobación de la jornada de ocho horas llegó después de aquella protesta, cuya relevancia ha sido reconocida incluso en la documentación parlamentaria.
El 3 de abril de ese año, el Gobierno aprobó un real decreto que fijaba una jornada máxima de ocho horas diarias o cuarenta y ocho semanales, con aplicación general desde el 1 de octubre. El propio texto presentaba la reducción como una aspiración fundamental de los trabajadores y como una reforma vinculada a principios de humanidad y justicia.
La norma transformó el reloj en un límite legal. A partir de entonces, el final de la jornada ya no dependía únicamente de la voluntad del empresario o de que el trabajo estuviera terminado. Existía una referencia que podía reclamarse, negociarse y utilizarse para denunciar los abusos. Las ocho horas separaron, al menos sobre el papel, el tiempo de trabajo del tiempo propio.
Esa separación hizo posibles otras vidas. Permitió asistir a una reunión, acudir a una escuela nocturna, cuidar a los hijos, participar en un sindicato o descansar lo suficiente para regresar al día siguiente. El ocio dejó de ser entendido exclusivamente como un lujo de quienes no necesitaban trabajar. También podía formar parte de la vida de un obrero.
La conquista, sin embargo, nunca se aplicó de la misma manera a todos. Muchas labores domésticas y de cuidados quedaron fuera del reloj laboral. Después de terminar una jornada remunerada, numerosas mujeres comenzaban otra en casa, sin salario ni horario de salida. El límite de las ocho horas protegía el empleo reconocido como trabajo, pero dejaba en la sombra buena parte de las tareas que sostenían la vida cotidiana.
La tecnología también ha vuelto más difusa aquella frontera. La fábrica puede cerrar, pero un correo llega al teléfono. La oficina queda atrás, pero un mensaje espera respuesta durante la cena. La jornada registrada y la jornada realmente vivida no siempre coinciden. A las horas de empleo se añaden desplazamientos, llamadas, preparativos y tiempos de disponibilidad que raramente aparecen en una nómina.
La importancia de las ocho horas no reside solo en el número. Está en la idea que introdujeron: el salario compra una parte limitada del día, no la existencia completa de quien trabaja. De esa discusión nacieron también los descansos, las vacaciones, los permisos y las distintas formas de conciliación que delimitan cuándo una persona está a disposición de su empresa.
Andrés sale al aparcamiento y consulta el teléfono. Tiene tres mensajes del grupo de trabajo. Lee el primero, guarda el móvil en el bolsillo y camina hacia la parada del autobús. En la mochila lleva una botella de agua, la ropa utilizada durante el turno y un dibujo que su hija le pidió que colgara en la nevera.
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