Teresa dobló los papeles hasta que cupieron dentro del bolsillo de su abrigo. Eran unas hojas impresas de forma rudimentaria, con varias frases sobre las condiciones de trabajo en la fábrica y la convocatoria de una reunión. Antes de salir de casa comprobó dos veces que no se transparentaran a través de la tela. Después bajó las escaleras, caminó hasta la parada del autobús y pasó el trayecto mirando los reflejos de las ventanillas.

No se sentía valiente. Tenía miedo de que registraran su bolso, de que alguien la reconociera o de perder un empleo que necesitaba. También sabía que otras compañeras habían decidido no participar. Algunas tenían hijos, familiares dependientes o antecedentes políticos en casa. El miedo no afectaba a todas de la misma manera porque tampoco todas podían permitirse las mismas consecuencias.

Las dictaduras se sostienen mediante la violencia, pero también gracias a la posibilidad de ejercerla. No es necesario detener a cada persona que discrepa. Basta con que la sociedad conozca lo que puede suceder cuando alguien protesta, se organiza, publica una información o contradice al poder.

Durante el franquismo, esa amenaza atravesó fábricas, universidades, redacciones, asociaciones y hogares. Había conversaciones que se mantenían en voz baja y nombres que no se pronunciaban delante de los niños. La censura no terminaba en las oficinas del Estado. Acababa instalándose dentro de cada persona, que aprendía a calcular qué podía decir, delante de quién y en qué lugar.

El miedo tiene una dimensión física. Acelera la respiración, dificulta dormir y convierte cualquier ruido en una advertencia. Pero también modifica las decisiones. Hace que una carta no llegue a enviarse, que una reunión se suspenda o que una injusticia se acepte como inevitable. Su eficacia reside en reducir las posibilidades antes incluso de que una autoridad tenga que prohibirlas.

Quienes participaron en movimientos obreros, estudiantiles, vecinales o feministas no eran necesariamente personas ajenas a ese temor. Muchas veces actuaban mientras lo sentían. Repartían documentos, organizaban cajas de resistencia, escondían libros o acudían a reuniones sin saber quién podía estar observando. La acción colectiva no eliminaba el miedo, pero impedía que cada persona tuviera que enfrentarse a él en soledad.

La llegada de la democracia modificó profundamente las condiciones en las que se podía participar. Reunirse, manifestarse, publicar y formar organizaciones dejaron de ser actividades clandestinas para convertirse en libertades reconocidas. El poder debía aceptar la crítica y los ciudadanos podían exigir responsabilidades sin que la discrepancia fuera tratada formalmente como una amenaza contra el Estado.

Sin embargo, vivir en democracia no significa vivir sin miedo. Una trabajadora puede temer represalias si denuncia un abuso. Una mujer puede tardar en contar una agresión porque duda de que vayan a creerla. Un periodista puede recibir amenazas después de publicar una investigación. Un adolescente puede evitar hablar de su identidad por miedo a la reacción de su familia o de sus compañeros.

También han aparecido nuevas formas de intimidación. Una amenaza anónima puede llegar al teléfono en cualquier momento. Una campaña de acoso puede convertir una opinión pública en cientos de mensajes personales. El objetivo sigue siendo parecido: conseguir que alguien abandone el espacio común, deje de hablar o considere que participar tiene un coste demasiado alto.

La valentía suele narrarse después, cuando se conocen los resultados y las dudas han desaparecido del relato. Pero en el momento de actuar rara vez hay certezas. Quien denuncia no sabe si será protegido. Quien protesta desconoce si conseguirá cambiar algo. Quien cuenta una experiencia dolorosa no controla la reacción de quienes la escuchan.

Teresa llegó a la fábrica antes del cambio de turno. Entró en el vestuario y dejó varias hojas dentro de las taquillas que permanecían abiertas. Cuando oyó pasos en el pasillo, guardó las restantes bajo la ropa. Era una compañera que llegaba tarde y buscaba la llave de su armario. Teresa esperó a que saliera, sacó los papeles otra vez y continuó repartiéndolos.

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