Hasta hace no tanto, la imagen se repetía en miles de hospitales españoles. Mientras la madre permanecía ingresada tras el parto, el padre esperaba fuera del paritorio o regresaba al trabajo al cabo de muy pocos días. La crianza era, casi por definición, una responsabilidad femenina. Hoy la escena es distinta. En España, ambos progenitores disponen de permisos retribuidos e intransferibles para cuidar de sus hijos durante las primeras semanas de vida, una medida que sitúa al país entre los más avanzados de Europa en materia de corresponsabilidad.

Ese cambio resume una transformación mucho más profunda.

Durante la dictadura franquista, el relevo entre generaciones estaba ligado a un modelo muy concreto de familia. El régimen promovía el matrimonio como núcleo de la sociedad y asignaba funciones claramente diferenciadas a hombres y mujeres. El padre era el proveedor económico; la madre, la responsable del hogar y de la educación de los hijos. Esa división no respondía solo a una costumbre social, sino también a un marco legal que limitaba la autonomía femenina y reforzaba la autoridad masculina dentro de la familia.

La legislación de la época hacía difícil imaginar otra organización de los cuidados. Muchas mujeres necesitaban autorización del marido para realizar gestiones tan cotidianas como abrir una cuenta bancaria, firmar un contrato o aceptar un empleo. La maternidad era presentada como una misión esencial de la mujer, mientras que la participación activa de los padres en la crianza apenas formaba parte del debate público.

Con la llegada de la democracia comenzaron a cambiar muchas de esas certezas. La incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, las reformas legales en favor de la igualdad y las nuevas formas de entender la vida familiar transformaron poco a poco la organización de los cuidados. La figura del padre dejó de limitarse al papel de sustentador económico para asumir un protagonismo creciente en la educación y la atención de los hijos.

Ese cambio también se reflejó en la legislación. Durante años, los permisos de maternidad y paternidad avanzaron a ritmos diferentes. Mientras las madres disponían de varias semanas de baja, los padres contaban con permisos mucho más reducidos. La equiparación comenzó en 2019 con una ampliación progresiva del permiso de paternidad hasta alcanzar, en 2021, las 16 semanas retribuidas e intransferibles para cada progenitor. En 2026, una nueva ampliación elevó ese derecho consolidando uno de los sistemas de permisos parentales más amplios de Europa.

Detrás de esas cifras hay un cambio de perspectiva. Los permisos parentales ya no se entienden únicamente como una protección de la maternidad, sino también como una herramienta para favorecer la corresponsabilidad y permitir que ambos progenitores participen en los primeros meses de vida de sus hijos en condiciones de igualdad.

Las fotografías familiares también cuentan esa evolución. Las imágenes en blanco y negro de mediados del siglo XX muestran, casi siempre, madres rodeadas de niños pequeños mientras los hombres ocupan un segundo plano. En los álbumes actuales aparecen padres dando el biberón, llevando a sus hijos a las revisiones médicas o empujando un carrito por el parque. No se trata de una instantánea excepcional, sino de una escena cada vez más habitual.

Cada generación hereda un país distinto del que recibieron sus padres. El relevo no consiste únicamente en transmitir una historia o un apellido. También implica revisar las reglas de convivencia y adaptar las instituciones a una sociedad que cambia. La evolución de los permisos parentales es una muestra de ese recorrido: el paso de un modelo en el que el cuidado recaía casi por completo sobre las mujeres a otro que busca repartir esa responsabilidad desde el primer día.

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