España conserva abierta una de las cicatrices más profundas de su historia reciente, visible tanto en el territorio como en la memoria colectiva: la red de fosas comunes de la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista. Durante décadas, estos enterramientos clandestinos permanecieron al margen del relato oficial, envueltos en el silencio y la desmemoria. Hoy, iniciativas como el primer mapa audiovisual de fosas comunes permiten dimensionar y documentar una realidad que durante mucho tiempo fue negada o relegada al ámbito privado.
De acuerdo con el último trabajo elaborado por RTVE junto a la Secretaría de Estado de Memoria Democrática, se han localizado en España cerca de 6.000 fosas comunes repartidas por todo el país, desde caminos rurales y cunetas hasta recintos funerarios urbanos. En ellas se calcula que yacen, de forma irregular, al menos 140.000 personas asesinadas entre 1936 y 1950 en un contexto marcado por la guerra, la represión sistemática y la violencia política.
La magnitud de este mapa dibuja una geografía estremecedora: en la España peninsular resulta prácticamente imposible encontrar un municipio desde el que no se pueda alcanzar, en un radio inferior a 50 kilómetros, algún punto donde fueron enterrados cuerpos de manera clandestina. Una red de lugares dispersos que convierte el paisaje en un testimonio silencioso de la violencia del siglo XX.
Relatos enterrados bajo la tierra
Más allá de las cifras, cada fosa representa una historia individual, una vida truncada y, en muchos casos, una identidad aún pendiente de recuperar. La documentación recopilada en el proyecto recoge testimonios que relatan cómo, durante la posguerra, campesinos, trabajadores, docentes o combatientes republicanos fueron ejecutados por motivos ideológicos o por simples sospechas, y enterrados sin registro oficial en zanjas cuya localización se ha ido perdiendo con el paso del tiempo.
Uno de los casos documentados es el de Fontanosas, en Ciudad Real, donde décadas después fue posible identificar a varias víctimas gracias a la combinación de fotografías, correspondencia personal y memoria oral. Sesenta y cinco años después de los asesinatos, las exhumaciones permitieron devolver los restos a sus familias y cerrar, al menos en parte, un largo proceso de duelo.
Otro de los enclaves más significativos es Paterna, en las inmediaciones de Valencia, considerado uno de los principales escenarios de la represión franquista. Allí, miles de personas fueron fusiladas y enterradas sin que quedara constancia precisa de su identidad, convirtiendo el lugar en un símbolo de la violencia institucionalizada y del abandono posterior.
Comunidades como Aragón o Cataluña presentan también una elevada concentración de fosas, consecuencia tanto de la dureza de los combates en frentes como el del Ebro como de la represión posterior. Estas regiones figuran entre las mejor documentadas gracias a la labor de archivos, investigaciones académicas y proyectos de memoria impulsados desde el ámbito local.

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Exhumar para reparar
A partir de los primeros años del siglo XXI, el trabajo de asociaciones memorialistas y la puesta en marcha de políticas públicas específicas, culminadas en la Ley de Memoria Democrática, impulsaron de forma decisiva las exhumaciones. Lo que durante décadas fue una tarea marginal comenzó a institucionalizarse, aunque el avance sigue siendo lento en relación con la magnitud del problema.
En los últimos 25 años se han recuperado más de 17.000 cuerpos, una cifra significativa pero aún muy lejana del total estimado de víctimas que permanecen bajo tierra. Además, solo una parte reducida de los restos exhumados ha podido ser identificada con métodos científicos, debido al deterioro del ADN y a la ausencia de información genética de familiares.
Aun así, cada fosa abierta aporta algo más que restos humanos: reconstruye contextos, devuelve nombres y proporciona certezas largamente esperadas. Para muchas familias, estos procesos representan la posibilidad de cerrar una herida transmitida durante generaciones y de transformar el silencio impuesto en memoria compartida.
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