La inteligencia artificial (IA) avanza a una velocidad vertiginosa. Modelos capaces de escribir textos, programar código o analizar millones de datos en segundos alimentan un debate cada vez más intenso: ¿estamos ante el principio del fin del trabajo humano tal y como lo conocemos?

La curiosidad, el pensamiento crítico y la autorregulación serán más decisivas que nunca

Frente a ese temor, un artículo publicado en el último número de Finance & Development, la revista del Fondo Monetario Internacional (FMI), lanza un mensaje claro y contraintuitivo: la era de la IA no reduce la importancia del capital humano, sino que la refuerza

El economista Pablo A. Peña sostiene que tres cualidades humanas —la curiosidad, el pensamiento crítico y la autorregulación— serán más decisivas que nunca en un mundo dominado por algoritmos. No se trata de competir con la IA en cálculo o memoria, sino de potenciar aquello que las máquinas aún no pueden replicar.

Capital humano: una idea antigua para un debate nuevo

La noción de capital humano no es nueva. Más de un siglo atrás, Alfred Marshall ya afirmaba que “el capital más valioso de todos es el invertido en los seres humanos”. Y el filósofo Michel Foucault llegó a preguntarse si el ascenso económico de Occidente no se debía, precisamente, a una “acumulación acelerada de capital humano”.

Durante generaciones, esta inversión en habilidades y conocimiento ha explicado el aumento sostenido del nivel de vida. Sin embargo, la irrupción de la IA ha sembrado dudas sobre su futuro. ¿Serán humanos y máquinas complementos o sustitutos? Para Peña, la respuesta depende de entender qué tipo de capacidades humanas importan realmente.

La curiosidad como motor del progreso

El autor arranca con un experimento mental tan provocador como revelador. Imaginemos —plantea— que alimentamos a un gran modelo de lenguaje con todos los datos existentes hasta 1939, justo antes del nacimiento de John Lennon y Paul McCartney. ¿Podría la IA crear la canción Yesterday?

La respuesta es no. “No habría suficiente información para predecir la creatividad de dos personas que aún no existían”, explica el texto. Las experiencias vitales que inspiraron a los Beatles eran, por definición, imprevisibles. La IA puede recombinar el pasado, pero no anticipar creaciones que aún no han ocurrido.

Esta limitación no se circunscribe al arte. En el ámbito de las políticas públicas, un modelo puede resumir estudios previos sobre violencia armada o pobreza, pero no diseñar, poner a prueba y evaluar una intervención inédita. “Los humanos hacen eso, impulsados por su curiosidad intelectual”, subraya Peña

El riesgo del “peak data

Uno de los conceptos más inquietantes del artículo es el de peak data (pico de datos): el momento en el que toda la información disponible ya ha sido incorporada a los sistemas de IA. A partir de ahí, sin nuevos datos, el rendimiento de los modelos dejaría de mejorar.

“Si todos decidiéramos confiar únicamente en lo que dicen los modelos y dejáramos de financiar nueva investigación, pronto nos quedaríamos atrapados en estudios obsoletos”, advierte el autor. La paradoja es clara: para que la IA mejore, los humanos deben seguir empujando la frontera del conocimiento.

La analogía con los mercados financieros refuerza la idea. Si los precios reflejaran toda la información disponible, nadie tendría incentivos para buscar nueva información. Sin embargo, el sistema funciona precisamente porque hay personas dispuestas a investigar, innovar y asumir riesgos. Con la IA ocurre lo mismo: la curiosidad humana no es su enemiga, sino su combustible.

Pensamiento crítico en la era de los algoritmos

La segunda gran capacidad que destaca el artículo es el pensamiento crítico. A diferencia de las ciencias duras, en las que solemos aceptar sin reservas la autoridad de los expertos, las ciencias sociales están abiertas a la interpretación y al desacuerdo. Y ahí la IA no puede —ni debe— sustituir el juicio humano.

Un modelo puede resolver un problema matemático con precisión. Pero si le preguntamos “¿a quién debería votar?” o “¿debería tener hijos?”, solo ofrecerá una mezcla de opiniones históricas, no una verdad definitiva. “Depende de nosotros sopesar los argumentos y tomar una decisión”, señala Peña

Además, existe un riesgo creciente de manipulación. El psicólogo Donald Campbell ya advirtió que todo indicador usado para tomar decisiones acaba siendo objeto de presiones y corrupción. En el caso de la IA, esto se traduce en la posibilidad de “envenenar” los datos de entrenamiento con desinformación. Sin pensamiento crítico, los usuarios corren el riesgo de aceptar respuestas erróneas o sesgadas como si fueran verdades objetivas.

La autorregulación, el eslabón más débil

La tercera pata del capital humano es la autorregulación. La IA puede recomendar el mejor plan de ejercicio, la dieta más saludable o la estrategia óptima de ahorro. Pero no puede obligarnos a seguirla.

Adam Smith ya lo tenía claro en el siglo XVIII: no basta con saber qué es lo mejor para nosotros, hay que tener la disciplina necesaria para hacerlo. “De poco sirve un gimnasio de última generación si nunca apareces por allí”, recuerda el autor, citando la teoría del “eslabón más débil”.

A medida que la IA mejore en proporcionar información, el verdadero límite del progreso será nuestra capacidad para convertir ese conocimiento en acción. En ese contexto, la autorregulación se vuelve un activo aún más valioso.

IA, singularidad y futuro del trabajo

El texto no elude los escenarios más extremos. Desde visiones apocalípticas en las que humanos y máquinas se enfrentan, hasta futuros de coexistencia en los que la IA actúa como una superorganización con la que colaboramos. En todos ellos, el capital humano sigue siendo relevante.

Incluso hoy, las grandes tecnológicas compiten ferozmente por atraer talento humano, a base de salarios astronómicos. “La edad del capital humano no ha terminado; sigue evolucionando”, concluye Peña.

Como ocurrió con la mecanización agrícola o la automatización industrial, la IA desplazará algunas habilidades, pero creará la necesidad de otras nuevas. No podemos prever cuáles serán, del mismo modo que nuestros antepasados no podían imaginar Google o Nvidia. Pero una cosa parece segura: la curiosidad, el pensamiento crítico y la autorregulación seguirán siendo insustituibles.

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