España llega a los octavos de final con la sensación de haber dejado atrás todas las incógnitas que acompañaban al equipo hace apenas unos días. La victoria frente a Austria no solo confirmó el pase. También terminó de dibujar una selección mucho más reconocible, con un once prácticamente definido, automatismos asentados y varias piezas que han aprovechado el Mundial para dar un paso al frente. Pero ahora cambia el escenario. Portugal (a partir de las 21.00 horas) ya no es un rival al que someter desde la posesión casi por inercia. Es la primera selección capaz de discutirle a España el balón, el ritmo y el control del partido.
Hasta ahora, el conjunto de Luis de la Fuente ha impuesto siempre el guion. Incluso cuando le ha costado generar ocasiones, los encuentros se han jugado donde España quería. Portugal amenaza precisamente con romper esa comodidad. Roberto Martínez ha construido un equipo que no entiende el fútbol desde la resignación. También quiere mandar, también quiere la pelota y, sobre todo, dispone de un centro del campo con talento suficiente para competir de tú a tú con cualquiera.
Pedri contra Vitinha: el partido dentro del partido
Más que en las áreas, buena parte del encuentro se jugará en el centro del campo. España y Portugal llegan con dos de las salas de máquinas más poderosas del Mundial, quizá las dos mejores por talento, lectura y capacidad para gobernar partidos desde la posesión.
Ahí aparece Pedri. No siempre necesita acelerar para dominar. A veces le basta con orientar un control, atraer una presión o encontrar un pase que cambia por completo el sentido de la jugada. España juega mejor cuando él toca mucho la pelota, pero sobre todo cuando la toca en zonas donde puede girar al equipo hacia delante. Contra Portugal no tendrá tiempo de sobra ni metros cómodos. Ahí estará la prueba.
Enfrente, Vitinha representa algo parecido para Portugal. Es el futbolista que le da continuidad, pausa y sentido a casi todo lo que construye el equipo de Roberto Martínez. No tiene la exuberancia de otros nombres, pero sí una capacidad enorme para aparecer siempre en el lugar exacto, recibir bajo presión y evitar que Portugal se parta. Si España logra desconectarle, tendrá mucho ganado. Si Vitinha juega cómodo, La Roja tendrá que correr más de lo habitual detrás del balón.
Y alrededor de ese duelo aparecen demasiados nombres buenos como para reducir el partido a un solo emparejamiento. Bruno Fernandes puede romper desde segunda línea, Bernardo Silva puede dormir el partido o acelerarlo desde dentro, João Neves añade energía, agresividad y piernas para sostener la presión. España responderá con Pedri, Rodri, Olmo, Baena, Fabián o Merino, según el plan que elija De la Fuente.
No es solo una pelea por la posesión. Es una pelea por decidir qué selección juega a su ritmo. Portugal no va a entregar la pelota como Austria. Tampoco va a esperar noventa minutos cerca de su área. Tiene futbolistas para discutirle a España su zona de confort. Y eso convierte cada pérdida por dentro, cada control orientado y cada segunda jugada en una pequeña batalla con consecuencias enormes.
Las dudas ya tienen dueño
El partido ante Austria dejó varias certezas. Dani Olmo está con una chispa que le hace indiscutible. Ha encontrado ese punto físico que convierte cada recepción entre líneas en una amenaza. Se mueve, llega, remata, asiste y acelera jugadas que de otra forma podrían morir en una circulación demasiado limpia.
Baena también ha hecho suyo un espacio que parecía huérfano por la lesión de Nico Williams. Aporta calma, orden y estabilidad en una banda izquierda sin dueño natural, pero además ha empezado a encontrar puerta y asistencias. Ya no es solo una solución para no perder equilibrio. Es una vía de producción.
En la derecha, Pedro Porro ha dejado de ser una novedad. Después de otro gran partido ante Austria, con gol incluido, sería extraño no verle de partida. Su conexión con Lamine Yamal ofrece profundidad, desdoble y una amenaza exterior que España necesita para que el extremo no reciba siempre parado y rodeado. También se esperan minutos de Víctor Muñoz, aparentemente recuperado y preparado para aparecer justo cuando el torneo entra en su fase decisiva.

Nuno Mendes, la frontera más exigente para Lamine
El duelo más magnético del partido puede estar en la banda derecha española. Lamine Yamal sigue lejos del cien por cien, pero ante Austria ya dejó avisos claros de que va a más en este Mundial. Más arrancadas, más atrevimiento, más intención de encarar. No necesita estar en plenitud para condicionar a una defensa entera.
El problema se llama Nuno Mendes. En la Nations League y con el PSG ya ha demostrado que está, de largo, entre los laterales más dominantes del mundo. Defiende hacia atrás, corrige por velocidad, ataca como un extremo y obliga al rival a pensar cada pérdida antes incluso de cometerla. Pararle exige algo más que pedirle a Lamine que invente. España necesitará que Porro le fije, que Pedri y Olmo encuentren ventajas interiores y que Portugal no pueda liberar siempre una ayuda sobre su lateral.
La clave no estará solo en cómo España ataque a Nuno, sino en cómo le obligue a defender. Si Mendes corre hacia campo español, Portugal gana metros y miedo. Si tiene que girarse constantemente hacia su portería, el partido cambia.
Y aun así, España ha demostrado durante todo este ciclo que no depende únicamente de Lamine. Él es el talento diferencial, pero a su lado hay guerreros de talla mundial. Oyarzabal está cuajando una Copa del Mundo bestial y sus números con España pertenecen a otra dimensión. Gol, presión, inteligencia, sacrificio y una capacidad casi silenciosa para aparecer donde el partido lo necesita.
Portugal también conserva su amenaza más reconocible. Cristiano Ronaldo ya está lejos de su mejor versión, pero sigue siendo un goleador hambriento. Portugal ya no gira alrededor de Cristiano como lo hizo durante más de una década. El equipo de Roberto Martínez tiene más registros, más centrocampistas capaces de gobernar el juego y más caminos para llegar al área sin depender de cada gesto del astro portugués. Pero eso no significa que Cristiano haya dejado de condicionar partidos. Al contrario. Dudar a estas alturas de Cristiano es como preguntarse si la tierra es plana. Aunque ya no sea aquel delantero imparable que atacaba cada metro como si el campo entero le perteneciera, sigue conservando lo más difícil de enseñar: el instinto, el hambre y la convicción absoluta de que cualquier balón puede terminar siendo suyo.
No hace falta que domine noventa minutos para cambiar una eliminatoria. Le basta un centro mal defendido, un rechace, una falta lateral, una pérdida a destiempo o medio segundo de duda en el área. Puede que sea su último Mundial y eso añade una capa emocional evidente a cada aparición. España llega protegida por un torneo impecable de Cubarsí y por una zaga que está rozando el sobresaliente, pero ante Cristiano nunca hay una acción menor. Incluso cuando participa poco, ordena miedos, atrae miradas y obliga a defender con una concentración que no admite parpadeos.
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