Hay una escena que se repite cada tarde en Madrid. Cuatro personas llegan con unos minutos de diferencia, sacan una pala de una mochila, juegan durante una hora y, cuando terminan, otras cuatro esperan para ocupar su lugar. A veces son amigos. A veces compañeros de trabajo. Otras apenas se conocen: alguien faltaba para completar el partido y una aplicación, un grupo de WhatsApp o el amigo de un amigo hizo el resto. Entre ambos turnos queda el tiempo justo para recoger las pelotas.

El pádel conserva todavía una iconografía difícil de sacudirse: urbanización con piscina, polo, terraza de club y cierto aroma a clase media alta. Durante años fue uno de esos deportes que servían también como marcador social. Pero en 2026 basta mirar dónde y cómo se juega para comprobar que esa fotografía se ha quedado pequeña.

España terminó 2025 con 117.508 licencias federativas de pádel, de acuerdo con los últimos datos completos publicados por el Consejo Superior de Deportes. Cinco años antes eran 75.548. Son casi 42.000 jugadores federados más desde 2020 y un crecimiento superior al 55%.

Y 2025 ya queda corto para fotografiar un fenómeno que sigue moviéndose. A mediados de agosto de 2026, la base de datos en tiempo real de la Federación Española de Pádel contabilizaba 110.062 licencias de jugadores y 1.497 clubes federados. El dato no puede compararse directamente con el cierre del año anterior: la propia federación explica que cada enero comienza de nuevo el proceso de renovación y que el contador va aumentando conforme avanza la temporada.

La tendencia de los últimos ejercicios invita a pensar que la cifra definitiva de 2026 volverá a quedar bastante por encima de la que muestra el contador en verano, aunque habrá que esperar al cierre anual para saberlo. En noviembre de 2025, por ejemplo, la FEP anunciaba un récord provisional de 111.866 licencias; el CSD terminó contabilizando 117.508 al finalizar el ejercicio.

Madrid es uno de los centros de ese mapa. En agosto de 2026, la Federación Madrileña de Pádel aparecía como la segunda autonómica española por número de federados, con 11.025 licencias y 144 clubes.

Pero el fenómeno se entiende peor contando licencias que contando pistas. Porque la transformación del pádel no consiste solamente en que haya más gente jugando. Consiste en que la ciudad ha aprendido a hacerle sitio.

Una pista al alcance del barrio

Madrid tenía ya en 2025 301 pistas municipales de pádel: 234 al aire libre y 67 cubiertas, distribuidas entre centros deportivos municipales e instalaciones deportivas básicas. El dato fue facilitado por el propio Ayuntamiento en una comisión municipal de septiembre de aquel año: había pádel en 43 centros deportivos, 27 de ellos con instalaciones cubiertas. Puede consultarse en el Diario de Sesiones del Ayuntamiento de Madrid.

Son cifras de 2025. A falta de un inventario consolidado de finales de 2026, sirven más como suelo que como techo: la foto actual puede haber cambiado conforme se incorporan o reforman instalaciones. Lo relevante es hasta qué punto una infraestructura asociada durante décadas al ámbito residencial privado forma ya parte del equipamiento deportivo ordinario de la ciudad.

Y hay una diferencia fundamental respecto al deporte con el que todavía se le identifica: jugar en una instalación municipal no exige tener una urbanización ni pagar una cuota de club.

El precio público establecido por el Ayuntamiento para utilizar una pista municipal de tenis, pádel, frontón, squash, bádminton o pickleball es de 6,90 euros. Repartido entre cuatro jugadores, el alquiler queda por debajo de dos euros por persona, antes de posibles suplementos y sin contar el material.

Eso no convierte automáticamente al pádel en un deporte barato. Hay que comprar o alquilar una pala, los clubes privados pueden ser considerablemente más caros y conseguir una pista a determinadas horas puede ser difícil. Tampoco significa que hayan desaparecido las diferencias de clase.

Lo que se ha debilitado es una equivalencia: jugar al pádel ya no significa necesariamente pertenecer a un club privado.

La cuestión resulta ahora más interesante que decidir simplemente si es o no un «deporte de pijos». Puede haberse ampliado enormemente el acceso sin desaparecer las diferencias sobre dónde, cuándo y en qué condiciones juega cada uno. No significa lo mismo bajar a la pista de una urbanización que desplazarse hasta una nave para jugar a las diez de la noche, aunque al otro lado de la red se practique exactamente el mismo deporte.

Jugar antes de saber jugar

Hay además una explicación del éxito que no aparece en ningún censo de pistas. El pádel recompensa pronto al principiante.

Eso no significa que sea fácil jugar bien. Leer un rebote en el cristal, dominar una bandeja, saber cuándo subir a la red, defender dos paredes o ejecutar una salida de pared son gestos que requieren técnica y muchas horas. A cierto nivel, dos personas pueden estar jugando aparentemente al mismo deporte y en realidad hacer cosas completamente distintas.

La diferencia está en lo que ocurre durante las primeras partidas. Una persona sin experiencia puede coger una pala, recibir cuatro indicaciones y empezar a disputar puntos. El saque se ejecuta por debajo de la cintura. La pista es más pequeña que la de tenis. Las paredes permiten que algunas pelotas que parecían perdidas vuelvan al juego. Y jugar por parejas reduce la superficie que debe cubrir cada uno. Todo contribuye a una sensación particularmente valiosa en el deporte amateur: no hay que ser bueno para empezar a pasarlo bien.

Frente al tenis, donde producir intercambios largos puede requerir cierta técnica inicial, el pádel permite al principiante sentirse dentro de un partido relativamente pronto. Frente a disciplinas físicamente más exigentes para una persona sedentaria, tampoco obliga necesariamente a llegar con una gran condición cardiovascular.

Eso explica parte de su capacidad de enganche. La primera partida puede ser desordenada, técnicamente pobre y repleta de bolas contra el cristal, y aun así contener varios puntos suficientemente largos como para que alguien salga pensando que con tres partidos más empezará a defenderse.

Y esos tres partidos llegan. Ahí aparece otra de las ventajas competitivas del pádel: la percepción de progreso es muy rápida al principio. Aprender a dejar pasar una bola para que rebote en el cristal, colocar un globo o entender que no todo consiste en golpear fuerte produce mejoras visibles en poco tiempo. Después vendrán años de refinamiento técnico, pero el deporte ya ha tenido tiempo para enganchar al jugador.

Cuatro personas, una hora y un grupo de WhatsApp

A esa facilidad se suma una ventaja casi logística. Para jugar al fútbol hacen falta bastantes personas. Para salir a correr no hace falta llamar a nadie. Para el pádel hacen falta exactamente cuatro. Ni una multitud ni la soledad del entrenamiento individual.

Ese número ha terminado creando toda una cultura alrededor del deporte. Un partido puede organizarse entre amigos, pero también entre conocidos de segundo grado, compañeros de oficina o jugadores que nunca se habían visto. Cuando falta uno empieza una pequeña cadena de mensajes: «¿Alguien para mañana?», «nivel medio», «zona norte», «21.30».

Las aplicaciones y plataformas para encontrar rivales han convertido esa búsqueda en parte de la experiencia. El nivel pasa a ser una especie de moneda social: demasiado bajo y el partido se desequilibra; demasiado alto y puede ocurrir lo mismo en sentido contrario. Encontrar tres jugadores parecidos importa casi tanto como encontrar una pista.

El pádel encaja especialmente bien con una ciudad en la que el tiempo libre está fragmentado. No exige entregar toda una tarde. Hay una reserva, una hora de comienzo y una hora de final. Quien juega sabe aproximadamente cuándo llega y cuándo se marcha. Y, sin embargo, obliga a relacionarse.

Esa combinación ayuda a explicar algo que la vieja etiqueta social suele ocultar: para muchos aficionados, la pista funciona al mismo tiempo como instalación deportiva y mecanismo para conservar una vida social. Se juega con los amigos porque se quiere jugar al pádel, pero también se juega al pádel porque es una manera bastante eficaz de conseguir que cuatro amigos coincidan.

Todo esto ocurre además en un país que practica cada vez más deporte. La última Encuesta de Hábitos Deportivos publicada por el CSD, realizada entre octubre de 2024 y octubre de 2025, señala que el 62,7% de los españoles mayores de 15 años practicó algún deporte durante el último año. Son 5,4 puntos más que en 2022. El 53,9% aseguró hacerlo al menos una vez por semana.

El pádel crece dentro de esa ola, pero ofrece un producto particularmente adecuado a la vida urbana: ejercicio, competición y cita social en la misma reserva.

El boom también se juega en femenino

El ensanchamiento del deporte también se aprecia en quién aparece dentro de las pistas. De las 117.508 licencias federativas registradas en 2025, 41.381 correspondían a mujeres y 76.127 a hombres. Es decir, algo más del 35% de los federados eran mujeres.

La cifra todavía muestra una mayoría masculina, pero ayuda a entender por qué la presencia cotidiana del pádel resulta bastante más transversal de lo que sugería su antiguo estereotipo. También permite comparaciones interesantes. El mismo registro del CSD contabilizaba en el tenis 91.557 licencias en 2025, frente a las 117.508 del pádel. El deporte que durante décadas funcionó como gran referencia española de la raqueta tenía ya casi 26.000 federados menos.

Las licencias, de todos modos, solo permiten observar una parte de la expansión. Registran a quienes deciden federarse. Una enorme cantidad de pádel cotidiano queda fuera: el partido después del trabajo, la clase semanal, la liga interna de una empresa, la partida de los jueves o el encuentro montado desde una aplicación. Por eso incluso esos 117.508 federados pueden quedarse muy lejos de explicar cuánta gente coge realmente una pala a lo largo del año.

Doscientos metros cuadrados de ciudad

Hay una última transformación menos visible. Una pista reglamentaria mide 20 metros de largo por 10 de ancho. El propio Consejo Superior de Deportes recoge las características técnicas de estas instalaciones. Son 200 metros cuadrados de superficie de juego antes de añadir accesos, pasillos, vestuarios, recepción o zonas comunes.

Para que una pista exista hay que reservar suelo, construirla, iluminarla y decidir que ese espacio no tendrá otro uso. Cuando aparecen una, cuatro o catorce, el pádel deja de ser únicamente una elección de quienes juegan. También se convierte en una decisión sobre la ciudad.

Las paredes de cristal pueden levantarse dentro de un polideportivo municipal, pero también en espacios privados que buscan concentrar varias pistas bajo una misma cubierta. El modelo favorece grandes complejos donde recepción, vestuarios y servicios se comparten mientras las reservas se suceden durante horas.

No sería riguroso afirmar sin más que el pádel está expulsando al fútbol sala, al tenis o al baloncesto. Habría que reconstruir los cambios de uso pista por pista. Pero las 301 instalaciones municipales contabilizadas ya en 2025 dejan una pregunta urbana encima de la mesa: qué ocurre cuando una afición que crece tan deprisa empieza también a reclamar metros cuadrados.

La respuesta, por ahora, se ve mejor a ras de pista que en una estadística. Hace un mes, uno de los jugadores apenas sabía cómo agarrar la pala. Ahora distingue un globo de una bandeja, ha aprendido que algunas bolas no se persiguen sino que se esperan y empieza a medir su nivel comparándose con los demás. Sigue fallando más de lo que acierta y todavía hay rebotes contra el cristal que le sorprenden. No juega especialmente bien. Tampoco necesita hacerlo para sentir que ya está jugando.

Ahí está una de las claves de todo este crecimiento: la recompensa llega antes que el dominio. Hace falta mucho tiempo para jugar bien, pero bastante menos para enlazar unos cuantos golpes, entender un punto y salir de la pista con la sensación de haber mejorado.

Cuando termina la hora, los siguientes cuatro jugadores ya esperan junto a la puerta. Recogen las pelotas deprisa, cambian unas mochilas por otras y la pista vuelve a ocuparse. Él guarda la pala, coge el móvil y abre el grupo de WhatsApp.

—¿Repetimos la semana que viene?

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