Emma Raducanu ha vuelto a hablar con crudeza sobre el impacto que han tenido en su vida los episodios de acoso sufridos en los últimos años. La campeona del US Open 2021, que llegó a la élite siendo todavía adolescente, ha reconocido que ya no se mueve con la misma libertad que antes. Su frase resume el miedo que arrastra fuera de la pista: “No doy paseos en solitario”. Desde el incidente vivido en Dubái, donde un hombre con comportamiento obsesivo fue localizado en la grada durante uno de sus partidos, la británica admite que intenta ir siempre acompañada y con alguien “vigilándole la espalda”.
Una vida condicionada por el miedo
Raducanu explicó que el episodio de Dubái fue el peor encuentro que ha tenido con un miembro del público. Desde entonces, asegura que se ha vuelto mucho más prudente y que ha cambiado hábitos cotidianos que antes formaban parte de su normalidad. “No salgo mucho sola. No doy paseos sola. Siempre tengo a alguien vigilándome la espalda”, confesó al hablar de cómo gestiona ahora su seguridad.
La frase impacta porque muestra una realidad que muchas veces queda oculta detrás del escaparate del deporte de élite. Raducanu no solo carga con la presión de competir, recuperar ranking o responder a las expectativas que generó su triunfo en Nueva York. También convive con una exposición pública que, en su caso, ha cruzado límites personales muy graves.
El día que rompió a llorar en Dubái
El episodio más visible ocurrió en febrero de 2025, durante el torneo de Dubái. Raducanu se enfrentaba a Karolina Muchova cuando detectó en las primeras filas a un hombre que ya había mostrado un comportamiento preocupante hacia ella. La situación la superó emocionalmente: se acercó llorando al juez de silla, el partido se detuvo brevemente y el individuo fue retirado del recinto por seguridad.
Después se supo que aquel hombre se había acercado previamente a la tenista, le había entregado una nota, le había hecho una fotografía y había generado una situación de angustia. Las autoridades de Dubái actuaron y el individuo firmó un acuerdo formal para mantenerse alejado de ella, además de ser vetado de futuros torneos en el país. La WTA también le prohibió el acceso a sus eventos mientras se evaluaba la amenaza.
Raducanu intentó continuar el partido, pero más tarde reconoció lo difícil que había sido jugar en esas condiciones. Llegó a explicar que no podía ver la pelota entre lágrimas y que apenas podía respirar por la ansiedad del momento.
El acoso que no termina al salir de la pista
Lo más inquietante del caso es que la preocupación no terminó con aquel episodio. Meses después, el mismo acosador intentó acceder a Wimbledon a través del sorteo de entradas, pero fue detectado por el sistema de seguridad del All England Club y bloqueado antes de poder entrar al torneo.
Ese detalle explica por qué Raducanu ha extremado las precauciones. No se trata de una incomodidad puntual ni de una mala experiencia aislada. Es la sensación de que la exposición pública puede acompañarla en cualquier momento: en un estadio, en una calle, en un paseo o incluso en un torneo donde debería sentirse protegida.
La otra cara de ser una estrella precoz
Raducanu saltó a la fama mundial en 2021, cuando ganó el US Open partiendo desde la fase previa y sin ceder un set. Aquella victoria la convirtió en una de las historias más impactantes del tenis moderno, pero también multiplicó de golpe su visibilidad. Pasó de ser una joven promesa británica a una figura global, con patrocinios, cámaras y atención constante.
Esa fama repentina tuvo un coste. La británica ha tenido que convivir con lesiones, cambios de entrenador, presión mediática y expectativas altísimas. Ahora, sus palabras añaden otro elemento a esa carga: la pérdida de libertad cotidiana. No poder caminar sola sin miedo es una consecuencia que va mucho más allá del deporte.
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.