FIFPRO Europe pidió este lunes a la FIFA que someta a una auditoría independiente el funcionamiento de su Consejo y que abra la toma de decisiones a los futbolistas, los clubes y las ligas, hoy sin voz en un órgano reservado a las federaciones miembro.

La petición llega en un informe elaborado junto a Player IQ y Football Benchmark, titulado Protecting the Global Player Workforce, que parte del intento de Gianni Infantino de vender parte del negocio comercial del organismo a fondos privados. Aquel plan, FIFA Forward Enterprise, se retiró en agosto tras el enfado de la UEFA y de varias federaciones, pero el sindicato sostiene que el problema no se fue con él: lo que quedó al descubierto es un sistema capaz de poner en venta las competiciones del fútbol mundial sin preguntar a quienes las juegan.

Europa emplea, el mundo juega

Para medir de dónde sale el producto, el sindicato se apoya en el Mundial de 2026. Los futbolistas empleados en clubes europeos aportaron el 94% del valor total de los jugadores del torneo.

El dato se refuerza con otro que no admite matices: los cuatro premios individuales de las últimas cinco ediciones del Mundial —Balón de Oro, Bota de Oro, Mejor Jugador Joven y Guante de Oro— fueron todos para futbolistas con contrato en Europa.

FIFPRO se adelanta a la objeción evidente, la de que esto sea un alegato eurocentrista, y responde con la composición de esos vestuarios: de los 856 jugadores empleados en Europa que disputaron el Mundial, más de la mitad no tenían pasaporte europeo. El mercado europeo, viene a decir el sindicato, no es un club cerrado sino la puerta de entrada del talento de todas las confederaciones, y por eso no se puede tratar como un activo que se vende.

El pastel crece y la porción encoge

La reclamación económica se sostiene sobre una tendencia. Según el informe, la parte de los ingresos del Mundial que regresa a las federaciones en forma de premios ha ido menguando: rondaba el 10,5% en 2006 y se sitúa cerca del 7,7% en esta edición, mientras la facturación del torneo se multiplicaba.

De ese porcentaje, además, los futbolistas solo ven una parte. El dinero se ingresa en las federaciones, y es cada una la que decide después cuánto reparte entre jugadores, cuerpo técnico y estructura.

En cifras absolutas, eso sí, nunca se había repartido tanto. El Mundial 2026 ha distribuido 871 millones de dólares en premios, la mayor bolsa de la historia del fútbol: 50 millones para el campeón y un mínimo garantizado de 12,5 millones por selección clasificada, un 65% más que en Catar. Lo que denuncia FIFPRO es que ese crecimiento va por detrás del de los ingresos.

Lo que sí reciben los clubes

Los clubes tienen su propia vía de compensación, y merece figurar. El Programa de Ayudas a Clubes ha repartido 355 millones de dólares entre los equipos que cedieron futbolistas al Mundial, un 70% más que en Catar 2022, en virtud del acuerdo firmado entre la FIFA y la patronal de clubes europeos.

El fondo se divide en dos partes: 100 millones para quienes cedieron jugadores a los partidos de clasificación, a razón de unos 2.360 dólares por futbolista y encuentro, y 250 millones para los clubes con jugadores en la fase final, calculados por día de concentración.

Es la primera vez que la fase de clasificación genera pago directo, algo que la FIFA presenta como un avance en solidaridad. En ese esquema no existe ningún mecanismo equivalente para los propios futbolistas.

Auditar el Consejo

Las dos peticiones concretas del sindicato no son de dinero, sino de gobernanza. La primera es una revisión independiente de la función ejecutiva del Consejo de la FIFA, planteada para que ninguna oficina del organismo pueda volver a actuar por su cuenta. La segunda, integrar formalmente a jugadores, clubes y ligas en esa toma de decisiones, al mismo nivel que las federaciones miembro, que hoy son las únicas con silla.

FIFPRO insiste en que su oposición a FIFA Forward Enterprise nunca fue una oposición a levantar fondos para las confederaciones con menos recursos, objetivo que dice compartir. Su reproche apunta al método: un plan diseñado e impuesto sin el consentimiento ni la participación de quienes generan el valor que se iba a vender.

Y ese valor es el que sostiene todo lo demás. El programa FIFA Forward, con el que el organismo financia el desarrollo del fútbol en sus federaciones miembro, mueve 2.250 millones de dólares que dependen, en última instancia, de que el Mundial siga funcionando comercialmente. Es decir, del trabajo de los mismos futbolistas que ahora piden una silla. La FIFA no se ha pronunciado sobre el informe.

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