La crisis de gobernanza de la FIFA ha sumado un capítulo tan revelador como incómodo. La salida de Kevin Lamour, director de operaciones del organismo y uno de los ejecutivos que se opuso internamente al polémico plan de Gianni Infantino para privatizar parte del negocio del Mundial, ha destapado un debate mayor: el de qué margen real existe para disentir dentro de una organización que, sobre el papel, representa a 211 federaciones. La presidenta de la federación noruega, Lise Klaveness, no ha tenido reparos en ponerle nombre a lo que, a su juicio, ocurre en la casa del fútbol mundial: una "gestión basada en el miedo".

De crítico a despedido en 17 días

La cronología habla por sí sola. El 31 de julio, Lamour —un veterano ejecutivo francés, colaborador de Infantino desde sus tiempos en la UEFA— lanzó un comunicado demoledor: acusó al presidente de haber "engañado" a la plantilla sobre el alcance del proyecto para vender a inversores privados una parte del negocio mundialista, una operación de 4.200 millones de dólares. El personal de la FIFA, escribió, "merece algo mejor que el desprecio y la intimidación". Y firmó con una frase que resonó en todo el fútbol: "Si eso significa que pierdo mi trabajo, que así sea. Lo entenderé y lo respetaré. Al menos dormiré bien esta noche".

Su intervención fue decisiva para tumbar el plan que la FIFA retiró horas después. Diecisiete días más tarde, Lamour estaba fuera. Para Klaveness, la relación causa-efecto es evidente: "Su declaración era necesaria para acabar con el proyecto", afirmó, antes de calificar su marcha sin rodeos: "Esto es un despido, no una dimisión".

"Gestión basada en el miedo"

La dirigente noruega, en una entrevista con la agencia Associated Press, cargó contra la cultura interna del organismo con una dureza inusual. Describió a Lamour como "el mejor administrador de fútbol que he conocido" y consideró su destitución "inaceptable". "Ahora lo echan y se supone que debemos pasar página. Es inaceptable, es una gestión basada en el miedo", denunció.

Klaveness fue más allá y lanzó un llamamiento directo al resto de altos cargos de la FIFA, señalando especialmente al secretario general, Mattias Grafström, a quien atribuye la ejecución del despido "presionado, obviamente, por el presidente": "Ahora tenemos que pedir al liderazgo y a la administración de la FIFA que no se sometan a órdenes que saben que no van en interés del fútbol". Sus palabras dibujan el retrato de una organización donde, sostiene, oponerse al presidente tiene consecuencias.

Klaveness, la voz incómoda del fútbol mundial

No es casual que sea ella quien alce la voz. Klaveness, exinternacional noruega, jueza en Oslo y presidenta de su federación desde 2022, se ha convertido en los últimos años en una de las figuras institucionales más molestas para la FIFA. Ya en la antesala del Mundial de Catar 2022 protagonizó un discurso histórico ante el Congreso del organismo denunciando el trato a los trabajadores migrantes y la criminalización de la homosexualidad en el país anfitrión. También ha sido crítica con la concesión del Mundial 2034 a Arabia Saudí. Su trayectoria la ha situado como una rara defensora de la transparencia en un entorno que no suele premiar la disidencia.

Una batalla que va más allá de Lamour

El caso trasciende a un directivo concreto. Lo que ha quedado expuesto es el pulso entre la creciente concentración de poder en la figura del presidente y los escasos contrapesos internos que existen para frenarlo. No en vano, las recomendaciones que en su día plantearon limitar los mandatos presidenciales a doce años y recortar los poderes ejecutivos del cargo han ido quedando en nada bajo el liderazgo de Infantino. La propia Klaveness admite que la mayoría de federaciones se han mostrado menos "apasionadas por los detalles de la gobernanza" que la noruega, lo que ayuda a entender por qué la contestación interna, aunque ruidosa, sigue siendo minoritaria.

Desde la UEFA, la vicepresidenta Laura McAllister, respaldó a Lamour y lamentó "los lamentables acontecimientos de las últimas semanas", advirtiendo de que su cese "debilita seriamente la administración de la FIFA". La FIFA, por su parte, se limitó a agradecer a Lamour "sus dos años de servicio" y desearle "lo mejor". Ni una palabra sobre los motivos de una salida que, para muchos, ilustra a la perfección cuál es hoy el precio de decirle que no a Infantino.

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