El avance de los tiempos alumbra técnicas nuevas. En todos los sentidos. Los entrenamientos actuales, por ejemplo, son una orgía de tecnología al servicio de la táctica y la técnica. El dopaje también puede mimetizarse.
Tenemos el método clásico, el de la jeringuilla, la bolsita de sangre y el médico que sabe cuánto hay que echar al depósito sin que salte el chivato. También el económico. Ese que te infla de pasta para que construyas un Ferrari sin perjuicio para el bolsillo mientras el resto acude fiel a su cita con el calvario de la ITV. Y luego está el dopaje arbitral. Sabéis a lo que me refiero, ¿no? Ese en el que un club paga durante años a un alto cargo federativo para tratar de sacar una ventajilla extra.
No se ha dado - que se sepa, al menos - una confluencia de los tres. Pero ejemplos hay de cada uno. Y todos tienen en común que no convierten al mediocre en un genio sin parangón. El talento no se compra. Ahí pernocta la parte incómoda de estos casos. ‘Pero si eran muy buenos’, solemos repetir.
Lance Armstrong lo era. Y mucho. Antes de convertirse en símbolo del engaño, había un ciclista extraordinario encima de aquella bicicleta. El problema es que el mundo dejó de alucinar con sus proezas cuando supimos que no subió siete veces al podio de París sólo con dos piernas, un tesón inhumano y la magnificencia marketiniana de Nike. La Agencia Antidopaje de Estados Unidos documentó un sistema de dopaje basado en EPO, transfusiones y otras prácticas prohibidas. Armstrong perdió todos sus resultados desde agosto de 1998, incluidos sus siete Tour de Francia. El dopaje no generó el talento, pero le puso una red debajo de la bici.
Algo homologable ocurre cuando, tras años de pesquisas, trasciende que, según las informaciones publicadas, una comisión independiente habría considerado probados 114 de los 115 cargos atribuidos al Manchester City por cuestiones financieras. El proceso continúa, la resolución completa no se ha hecho pública y tampoco se conoce la sanción. Si ese fallo se confirmara, pocas dudas quedarán sobre la existencia de un dopaje financiero en el club motorizado con petrodólares.
Y aquí conviene separar el grano de la paja. El City se ha hecho un nombre en la élite europea, especialmente bajo la batuta de Pep Guardiola. El catalán no necesita que nadie le explique cómo entrenar a un equipo de fútbol ni cómo jugarlo. Fue un jugador excelso y es un técnico todavía más exquisito. Un animal mitológico. Sus equipos son una obra de ingeniería de precisión casi obscena.
Pero, ¡ay, amigo!, todo cambia si disfrutas de una red monetaria prácticamente infinita y – de confirmarse lo publicado - además has vulnerado las normas que pretendían limitarla. Competir con más margen económico no convierte a Pep en Guardiola, pero sí reduce el margen de error. Te permite equivocarte en un fichaje y comprar otra pieza en la siguiente ventana. Fallar una reconstrucción y empezar la próxima antes siquiera de que el resto haya terminado con la anterior. Ventaja competitiva.
Y entonces aparece inevitablemente el caso Negreira. Un proceso todavía bajo investigación y cuyo futuro procesal dependerá de las decisiones que adopte la magistrada instructora. Tecnicismos aparte, hay un hecho indiscutible porque está más que documento. El FC Barcelona pagó más de siete millones de euros entre 2001 y 2018 a José María Enríquez Negreira, entonces vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros, y a sociedades vinculadas a él y a su hijo.
No voy a entrar en los relatos de las partes. No procede. Sí conviene preguntarse para qué pagó durante años el Barcelona al entonces vicepresidente del CTA y si esos pagos perseguían alguna capacidad de influencia sobre el arbitraje. Una tesis que dista bastante del argumento infantiloide de la compra de árbitros.
Y aquí llega otra parte incómoda. Durante una parte de aquellos años, especialmente entre 2009 y 2011, aquel Barcelona fue lo más cercano a tocar el Valhalla en términos futbolísticos. El de Guardiola fue uno de los equipos más extraordinarios jamás vistos. Y sí, hay que dar la razón a los culés. Ni Xavi, ni Messi, ni Iniesta ni el resto del elenco de Pep necesitaban a Negreira para marear al rival con la pelota. La maquinaria sobre el césped era casi perfecta.
Precisamente por eso el caso es tan corrosivo. Porque la cuestión nunca debería reducirse a demostrar que cada trofeo fue comprado. Aquel Barcelona tenía argumentos futbolísticos de sobra para arrasar sin ayuda de nadie. La pregunta es para qué un club tan insultantemente bueno necesitaba mantener durante años esa relación con el vicepresidente del CTA y qué esperaba obtener de ella.
Ahí es donde City, Armstrong y Negreira confluyen sin ser lo mismo. El dopaje puede ser químico, económico o arbitral. La montaña no debería saber quién eres. El árbitro tampoco. Y el reglamento financiero, por mucho que tenga menos romanticismo que el Alpe d’Huez, debería medir igual a todos. Porque el verdadero talento no consiste en ganar cuando alguien ha colocado un colchón para amortiguar los golpes, sino en mirar hacia abajo y competir ante la realidad a pecho descubierto.
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