Si los cálculos de la agencia Associated Press no son incorrectos, y no tienen pinta de serlo, Hillary Clinton ya es matemáticamente la primera mujer que aspira a ser presidenta de los Estados Unidos. Se trata de un hito histórico, que recuerda al vivido hace ocho años, cuando un afroamericano aspiró por primera vez a entrar en la Casa Blanca. Barack Obama lo consiguió, en parte impulsado por el color pionero de su piel. Ahora, la novedad de género también puede dar un impulso decisivo a Clinton, y esperemos que así sea, a la vista de que la alternativa sería Donald Trump, un xenófobo de tomo y lomo a cuyo lado el fascismo europeo parece un juego de niños.

La posibilidad de que una mujer aspire algún día a convertirse en residente oficial del palacio de La Moncloa parece que nos queda muy lejos. Desde luego, no es una opción para las elecciones generales del 26J, aunque podríamos llegar a esa situación si los resultados se repiten en mayor o menor medida y no hay manera de formar un gobierno.

Hace unos días estuve departiendo sobre política con unos amigos de derechas, o de “orden y ley”, como prefieren llamarse. La charla era inevitable, primero porque, al parecer, disfrutan de la novedad de relacionarse con alguien de izquierdas y suelen exhibirme como una rara avis ante familiares y conocidos. Y, segundo, porque la condición de periodista suele incitarles al debate político cuando uno está delante, de la misma manera que todos aprovechamos la visita de nuestro amigo informático para que le eche un ojo al ordenador.

Estos tres amigos de orden y de ley coincidían sin excepción en que no pensaban votar a Mariano Rajoy ni por asomo el próximo día 26. Le acusaban de llevar desde diciembre sin hacer otra cosa que no fuera demagogia. “Se ha tirado seis meses sin hacer ni el huevo ¿y ahora me pide que le vote? ¿Qué ha hecho para ganarse mi voto?”, preguntaba uno de ellos enfurecido.

Acto seguido, especularon con la posibilidad de que fuese una mujer la cabeza de lista, fantaseando con el rebufo histórico que benefició a Obama y podría ayudar a Clinton. “¿Quién podría ser?”, pregunté, inocente, creyendo que la elegida sería Esperanza Aguirre. “¡Soraya!”, contestaron los tres al unísono, como si estuvieran jugando al Party. Parece que la famosa Operación Menina caló más entre los simpatizantes de la derecha de lo que podríamos pensar.

Encontrar un paralelismo en el PSOE es, a primera vista, bastante fácil. Si Sánchez fracasa otra vez o se produce el sorpasso, todas las miradas se girarán hacia Andalucía, después de tantos amagos de Susana Díaz. En las filas socialistas, sobre todo entre los barones, muchos dicen verla como la salvadora. Pero aún está por ver una sola encuesta que esboce qué simpatía despertaría la andaluza más allá de Despeñaperros.

Yo tengo la intuición de que, en el resto de España, Díaz no levanta pasiones, pero lo mismo habría dicho de Soraya y resulta que, al menos entre mis amigos, la vicepresidenta ya tiene tres votos.