La crisis en el Estrecho de Ormuz vuelve a poner sobre la mesa la vulnerabilidad de las economías dependientes de combustibles fósiles importados. El recrudecimiento del conflicto en Oriente Medio ha disparado la incertidumbre en los mercados energéticos y reavivado el temor a interrupciones en una de las principales arterias del comercio mundial de crudo. Sin embargo, el Gobierno defiende que España afronta esta coyuntura con mayores garantías que en el pasado gracias a la diversificación de proveedores y al impulso sostenido de las energías renovables, que han reforzado la resiliencia del sistema energético frente a posibles shocks externos.

La vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, Sara Aagesen, ha subrayado que apenas el 5% del petróleo y el 2% del gas natural licuado (GNL) que llegan a España transitan por el Estrecho de Ormuz. Se trata de un porcentaje reducido si se compara con la dependencia que mantienen otras economías europeas y asiáticas respecto a esta vía estratégica, por la que circula en torno a una quinta parte del petróleo mundial. “El suministro energético español está ampliamente diversificado”, señalan fuentes del Ministerio, que insisten en que el sistema cuenta con herramientas suficientes para absorber tensiones puntuales.

El Estrecho de Ormuz, situado entre Omán e Irán, conecta el golfo Pérsico con el mar Arábigo y constituye uno de los principales cuellos de botella del comercio energético global. Por sus aguas transitan diariamente millones de barriles de crudo procedentes de países como Arabia Saudí, Irak, Kuwait o Emiratos Árabes Unidos, así como grandes volúmenes de gas natural licuado, especialmente desde Qatar. Cualquier alteración en esta ruta —ya sea por bloqueos, sabotajes o ataques militares— tiene un impacto inmediato en los mercados internacionales, disparando la volatilidad de los precios.

Argelia y EEUU lideran el suministro a España

En este contexto, el Ejecutivo español mantiene una coordinación estrecha con sus socios europeos y con la Agencia Internacional de la Energía (AIE) para monitorizar la evolución de la situación. El Ministerio para la Transición Ecológica recalca que existen reservas estratégicas obligatorias de petróleo que permitirían hacer frente a eventuales interrupciones temporales del suministro. Además, el sistema gasista español dispone de una amplia red de plantas regasificadoras y de infraestructuras que facilitan la recepción de cargamentos procedentes de múltiples orígenes.

Los datos más recientes de la Corporación de Reservas Estratégicas de Productos Petrolíferos (Cores) reflejan esa diversificación. En 2025, apenas un 1,7% del gas importado por España procedía de Qatar, uno de los grandes exportadores cuyo tránsito depende del Estrecho de Ormuz. Los principales suministradores fueron Argelia y Estados Unidos, que concentraron casi dos tercios del total. Esta estructura reduce la exposición directa a un eventual cierre de la vía marítima.

En el caso del petróleo, la diversificación es igualmente notable. Estados Unidos se situó como primer proveedor en 2025, con el 15,2% del total de las importaciones, seguido de Brasil (13,6%) y México (12,3%). El conjunto de los países de Oriente Medio representó un 10,7% del crudo adquirido por España, con Arabia Saudí (5,9%) e Irak (4,8%) como principales suministradores de la región. Aunque estos porcentajes no son irrelevantes, sí muestran una menor dependencia estructural respecto a otros países del entorno.

El peligro de un conflicto enquistado

No obstante, los expertos advierten de que, incluso con una exposición directa limitada, España no es inmune a los efectos indirectos de una crisis en Ormuz. El petróleo es un mercado global y los precios se fijan en función de expectativas y equilibrios internacionales. Una escalada prolongada podría traducirse en un encarecimiento generalizado del barril, afectando a la inflación, al coste del transporte y, en última instancia, al bolsillo de los consumidores.

Ante esta perspectiva, el Gobierno insiste en que la mejor estrategia a medio y largo plazo pasa por acelerar la transición energética. La ministra Aagesen ha defendido que la actual coyuntura “demuestra la vulnerabilidad que supone la dependencia energética exterior para la economía” y ha reivindicado la apuesta por las energías renovables y la electrificación como herramientas clave para ganar autonomía. España ha incrementado en los últimos años el peso de la eólica y la solar en su mix eléctrico, reduciendo progresivamente la participación de los combustibles fósiles en la generación de electricidad.

La electrificación del transporte y de determinados procesos industriales aparece también como uno de los ejes centrales de esta estrategia. Sustituir combustibles importados por energía producida localmente —principalmente a partir de fuentes renovables— no solo tiene implicaciones climáticas, sino también geopolíticas y económicas. Cada megavatio hora generado con sol o viento reduce la exposición a crisis internacionales y a la volatilidad de los mercados de hidrocarburos.

En el ámbito europeo, la crisis ha reabierto el debate sobre la autonomía estratégica en materia energética. Tras la experiencia de la guerra en Ucrania y la drástica reducción del gas ruso, la Unión Europea ha impulsado políticas de diversificación y almacenamiento que ahora vuelven a ponerse a prueba. España, por su posición geográfica y su infraestructura gasista, se ha consolidado como una de las principales puertas de entrada de GNL al continente, lo que refuerza su papel en el entramado energético comunitario.

A corto plazo, el Ejecutivo mantiene un mensaje de prudencia y vigilancia constante. “Monitorizamos la situación y, si se estima necesario, se podrán aplicar medidas adicionales”, señalan fuentes ministeriales. Entre las herramientas disponibles figuran la liberación coordinada de reservas estratégicas o la activación de mecanismos de apoyo a consumidores vulnerables en caso de que los precios experimenten subidas significativas.

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