Han pasado cinco días de la tragedia más importante y grave de la alta velocidad en España, y que se produjo en Adamuz (Córdoba). Aquí, hemos podido comprobar cómo, aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Es decir, mientras que Moreno Bonilla hacía gala, junto al Gobierno de España, de colaboración institucional y lealtad, el PP, a lomos del no tan intrépido jinete Alberto Núñez Feijóo y el andaluz Juan Bravo, se ponían manos a la obra para no perder la estela de la ultraderecha y los agitadores digitales.

Estos días hemos podido comprobar cómo la mezquindad y la miseria humana se abren paso, por desgracia, frente a nuestras pantallas. Y, aunque el espíritu andaluz y ciudadano están mejor representados por Julio, su colega y la madre del primero, nosotros, los jóvenes, no paramos de ser infectados a través de las redes por los mensajes sensacionalsitas y cargados de odio de la derecha y la ultraderecha, que no dejan pasar ninguna oportunidad para manipular o mentir para hacerle daño al Gobienro.

Y en Andalucía la historia tampoco es diferente. Andalucía fue la primera comunidad que vio nacer en su Parlamento a Vox, y próximamente será la comunidad que lo encumbre a la vicepresidencia de un Gobierno autonómico. Esto ocurre después de que el PP andaluz, mientras vendía moderación pactaba con los ultras. Ayuntamientos como el de Sevilla, son el ejemplo más paradigmático de ello. O la financiación a pseudomedios como el que protege y da alas a un acosador con micrófono disfrazado de periodista.

Lo que ha pasado en Adamuz y Gelida es grave, y por supuesto la sociedad debe exigir responsabilidades y las administraciones dar respuesta, pero al igual que con la DANA, nos pone sobreaviso de que la posverdad y la mentira, en manos de un entorno digital gobernado por la ultraderecha, socava los principios fundamentales de la democracia, y estamos a tan solo un paso de ello.

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