Hay hombres a los que la cárcel no destruye: los perfecciona. A Edmundo Dantés lo encerraron en el castillo de If para que desapareciera del mundo. Catorce años después, salió convertido en otra persona: alguien capaz de mover a quienes le rodeaban como piezas de un tablero sin que le temblara el pulso.

José Veira creció políticamente en Sevilla, en los años de las guerras fratricidas del PP local previas a la llegada de Juanma Moreno a San Telmo: la época de Zoido, de Virginia Pérez, de un partido experto en administrar miseria. Una doble derrota orgánica, en Nuevas Generaciones y en el Partido Popular le dejó como única salida la candidatura a la alcaldía en Los Molares. En este pequeño municipio el PP nunca había pasado de un concejal. Para el partido, era como un pueblo guipuzcoano: sin referente propio, con listas que había que rellenar con militantes de otros municipios. Una práctica que sigue ocurriendo en determinadas zonas del País Vasco y Cataluña. 

Dos meses antes de las elecciones de 2019, Veira se instaló en Los Molares dispuesto a desalojar a Rosa Moreno (PSOE), alcaldesa desde 2003 con paréntesis. Fue casa por casa: cayó de pie, se llevó siete de los once concejales y se convirtió en el alcalde más joven de la provincia. El mismo PP que casi lo desterró no tuvo más remedio que readmitirlo, ya con galones.

"Yo escogí estar aquí", ha repetido desde entonces. "Eso [lo de ser paracaidista] lo es a quien el partido le manda, pero yo escogí estar aquí. Estudié la situación, vi dónde no había grupo municipal", ha explicado — la respuesta de cualquiera que aterriza así: nadie reconoce que le mandaron, aunque le mandaran. Lo que nunca ha dicho es que le importara Los Molares en sí mismo: en sus entrevistas habla de proyectos y resultados, casi nunca de los molareños como algo distinto de los votos. Los Molares no fue el destino, fue el primer peldaño.

Ese desapego se nota en la gestión: el PSOE de Los Molares ha llevado a Veira ante el Consejo de Transparencia de Andalucía, acusándolo de dar "órdenes verbales" para no facilitar información a la oposición, y ante el Defensor del Pueblo Andaluz, con una denuncia que habla de "una deriva autoritaria y caciquil en la gestión municipal". La oposición señala además obras paralizadas —una calle detenida casi un año, un auditorio en su cuarta fase— que describe como "una máquina de generar malas planificaciones y desfases presupuestarios".

Y en Dos Hermanas, donde todavía está en la fase de darse a conocer, empiezan a circular también comentarios sobre las formas con las que está intentando abrirse paso en el tejido social de la ciudad. Se habla de encontronazos en al menos un par de hermandades, donde su manera abrupta de entrar y desenvolverse no habría sentado especialmente bien a algunos de sus integrantes. Algo parecido se comenta de alguna de sus visitas al mercado de abastos, donde habría tenido algún roce con comerciantes. Son episodios que, de momento, permanecen en el terreno del comentario local, pero que empiezan a dibujar una dificultad añadida para alguien que llega de fuera: en Dos Hermanas no basta con hacerse una fotografía con las entidades; hay que aprender también cómo entrar en ellas.

Veira, por lo demás, no parece dispuesto a hacer esa inmersión precisamente desde la discreción. Quienes están coincidiendo con él en estos primeros meses describen a un político de marcado carácter social y festivo. El método tiene una lógica evidente: si en Los Molares pudo llamar puerta por puerta, en Dos Hermanas necesita que sean las puertas de asociaciones, hermandades, colectivos y establecimientos las que le permitan llegar de golpe a mucha más gente.

Esto no es un segundo destierro: es un peaje que el propio Veira ha aprendido a cobrarse. En 2023 no se limitó a conservar Los Molares, sino que revalidó la mayoría absoluta calcando los resultados de 2019, mientras acumulaba en su expediente las tres denuncias citadas. Ese triunfo, con sus daños colaterales, le dio a Veira algo que no tenía en 2019: capacidad de negociación dentro del partido. Da igual si el lugar es un pueblo de 3.500 habitantes o una ciudad de 140.000: para Veira ambos son lo mismo, una casilla que se abandona en cuanto deja de ser útil. A los molareños, entre tanto, les queda el auditorio a medias y las obras sin terminar.

El PP de Sevilla necesita Dos Hermanas para aspirar a la Diputación provincial: con solo 6 concejales de 27, lleva años sin encontrar la fórmula. Pero Veira sabe que ganar allí es imposible —no se va casa por casa en 140.000 habitantes como en un pueblo de 3.500—, y que basta con mejorar sustancialmente los 12.204 votos de 2023, pongamos a unos 18.000, para poder exigir después el peaje que quiera, empezando por un acta de diputado provincial. Los 140.000 vecinos, en ese cálculo, no son un proyecto: son munición para negociar su ascenso. 

A esa operación se le empieza a añadir, además, un problema que todavía no ha estallado porque falta mucho para que llegue el momento de presentar la candidatura. En los círculos políticos nazarenos corre desde hace tiempo un comentario difícil de comprobar pero cada vez más repetido: que Veira estaría ofreciendo posiciones de privilegio en su futura lista con una generosidad matemática imposible de cumplir. En concreto, son varias las versiones que hablan de distintas personas a las que se habría hecho creer que ocuparán el número dos o el número tres de la candidatura. 

Pero las listas electorales tienen una particularidad incómoda: solo admiten un número dos y un número tres. Si llegado el momento se confirma que varias personas han recibido expectativas similares, Veira tendrá que gestionar no solo la candidatura que finalmente presente, sino también la decepción de quienes descubran que el puesto que creían reservado para ellos estaba reservado también para otros. Y en una agrupación que acaba de sufrir la dimisión en bloque de buena parte de su dirección, fabricar una segunda generación de descontentos antes incluso de las elecciones sería una forma peculiar de empezar la reconstrucción.

La operación no ha sido tranquila: en junio de 2026, un día después de una visita de Moreno, gran parte de la dirección local del PP de Dos Hermanas dimitió en bloque, y fuentes del partido atribuyeron el malestar al nombramiento de Veira. La dirección andaluza tuvo que intervenir con una gestora presidida por Ignacio Romaní, número tres del PP andaluz y hombre de confianza de Moreno. Veira, por su parte, ya ha dejado la alcaldía de Los Molares —relevado por Jaime Rubio, concejal de Obras— para centrarse en la nueva partida.

No hace falta esperar catorce años en el castillo de If para entender cómo termina esto: Veira ya salió de Los Molares con la fortuna hecha, dejando detrás tres denuncias por opacidad y un auditorio sin terminar. Ahora mueve su siguiente ficha sin que le importe demasiado sobre qué tablero de 140.000 personas la mueve, ni quién se queda pagando las consecuencias cuando él ya esté en otro sitio. 

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