Lo que tantos discursos electorales y artículos periodísticos no han sido capaces de sintetizar ha sabido hacerlo el grupo musical sevillano Pony Bravo. Su cartel anunciador del concierto que darán el próximo sábado, 19D, en la Sala X de Sevilla utiliza una imagen de ‘Solo ante el peligro’ sustituyendo el rostro adusto de Gary Cooper por el más juvenil pero no menos solitario de Alberto Garzón. Sosteniendo un cigarrillo entre los labios y cargando su revólver con gesto concentrado, bajo las últimas luces del crepúsculo de diciembre el candidato de Unidad Popular-Izquierda Unida se encamina solitario hacia el crucial duelo del 20D. Al legendario sheriff Will Kane los vecinos del pequeño pueblo de Hadleyville lo habían dejado, los muy cobardes, solo frente al malvado Frank Miller. Y lo mismo le ha pasado al joven Garzón. Nombrado comisario de esa minúscula pero correosa aldea gala en que se ha convertido Izquierda Unida, Garzón lo tiene bastante más complicado que su antecesor en la gran pantalla. Will Kane sabía al menos que su enemigo era un tipo malísimo llamado Miller al que todos temían y odiaban, también los vecinos que habían decidido no ayudarle. El joven Al no tiene claro, sin embargo, quién es el malo: bueno, sí lo tiene pero como si no lo tuviera. El malo es la derecha pero su enemigo es la izquierda. El malo es Mariano Rajoy, pero su duelo dentro de ocho días es con Pablo Iglesias, a fin de cuentas uno de los suyos. He ahí la insoluble paradoja a la que se enfrenta Izquierda Unida en estas elecciones cargadas por el diablo: que en ellas el malo no coincide con el enemigo. ¿Cómo afrontar un duelo así, maldita sea? ¿Con qué fe, con qué determinación, con qué puntería disparar contra un adversario que es otro pero es también tú mismo? El otro, el mismo, escribió Borges. No es ya que Garzón esté solo ante el peligro, es que el peligro es de algún modo él mismo, carne de su carne, sombra de su sombra e idea de su idea. Pablo y Alberto; Alberto y Pablo. Iglesias y Garzón; Garzón e Iglesias. En otro tiempo, no lejano, ambos cabalgaron juntos por la llanura, casi del bracete como quien dice, hasta el día fatídico en que un resplandor milagroso cegaba los ojos de Pablo y lo hacía caer del caballo mientras una voz le susurraba al oído que con esa vieja montura jamás lograría alcanzar a los malos y mucho menos darles su merecido. Iglesias no cambió de rumbo pero sí de caballo, un animal joven e inquieto que a la postre resultó ser un pura sangre dispuesto a ganarlo todo. En el póster de Pony Bravo el sheriff Garzón tiene la mirada concentrada y melancólica, algo caída, no mucho pero sí algo: ¿es la mirada del hombre que sabe que va a morir o solo la del combatiente que, resignado, se dirige a una desigual batalla cuyas reglas han sido en cierta medida ideadas por su adversario? ¿Dispararía Garzón contra Iglesias si, por un imprevisto azar, lo tuviera a su merced? Muchos amantes del cine y de la política, que es el cine por otros medios, sospechamos que no, que no apretaría el impaciente gatillo. Esa es su grandeza como ciudadano y su flaqueza como shérif; tal vez por eso nos cae tan bien. Tal vez por eso le cuadra tan bien al candidato de IU aquel memorable final de ‘El sur’, el cuento de Borges cuyas últimas palabras eran estas: “Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no sabrá manejar, y sale a la llanura”.