Nació en el seno de una familia de la agroburguesía cordobesa, no rica de escándalo pero sí con lo suficiente como para que Concha Caballero (Baeza, 1956) hubiera podido optar por militar en el lado de la insensibilidad. Sin embargo, eligió romper las normas familiares, abrir las puertas de casa y salir a buscar la libertad que el franquismo le había robado a ella y a toda su generación. Su sonrisa y coquetería la salvaron de la policía franquista en más de una ocasión: “A mí nunca me dieron palos porque me veían con tacones y pintada y pensaban que yo no estaba en la manifestación”, rememoraba en una de las muchas sobremesas en las que relataba cómo se conquistó la democracia en una España en blanco y negro, donde ponerse unas gafas de sol, un tipo de pantalón o cortarse el pelo de una manera, y no de otra, se convertían en un acto político de alto voltaje. Se fue a Granada a estudiar Filología Hispánica y allí terminó de cruzar el lado de la insensibilidad. Afiliada ya al Partido Comunista, en la última década de la dictadura, ensordecía con música alta, y los grifos abiertos de la casa, la multicopista vietnamita que el Partido le metió en su piso de estudiante y de la que salían los panfletos con los que fueron arrebatando las libertades de un régimen que no sabía nada de la fuerza de su sonrisa. Era brillante, guapa, tierna, inteligente, segura de sí misma, generosa, trabajadora, rigurosa y heterodoxa, siempre abierta a oír a los demás y enemiga de los dogmas y el sectarismo. Tenía todo lo necesario para ser temida por sus adversarios políticos, desacostumbrados a que la feminidad luche por hacerse un hueco en un mundo rudo y con exceso de testosterona. De toda su carrera política, de lo que más orgullosa se sentía era de haber sido portavoz de IULV-CA en el Parlamento andaluz y ponente en la reforma del Estatuto de Autonomía de Andalucía; con sólo seis diputados de 109, logró incluir mucha música y letra de contenido social y de igualdad de género. Presumía de su Estatuto: “Tiene más competencias que el catalán”, decía entre risas, mofándose de la obtusidad de los jueces del Tribunal Constitucional. Entre sus satisfacciones estaba también la batalla que el pueblo andaluz ganó, a las derechas catalana, vasca y centralista, el 28 de Febrero de 1981, votando a favor de una autonomía plena en pie de igualdad con Euskadi, Galicia y Cataluña. “En identidad, a los andaluces no nos gana nadie; lo que pasa es que nuestra identidad es la solidaridad y no la exclusión”, remarcaba. Concha era mucha Concha, siempre dispuesta a abrir los brazos para abrazar o debatir con firmeza sus ideas, desde la honestidad intelectual que perseguía y la llevaba a poner en duda hasta sus propias certezas. Se marcha pronto, rápidamente, con muchos artículos por escribir, muchos análisis políticos por hacer y una novela en mente y hablada ya con una importante editorial, pero lleva con ella su arma más poderosa: la barra de labios roja con la que perfiló su eterna sonrisa.