A las puertas de dos campañas electorales de enorme trascendencia y con la red saturada de bulos y noticias falsas, sorprende la falta de iniciativas políticas para terminar con el anonimato digital que disfrutan millones de perfiles falsos que alimentan a diario el discurso del odio contra las mujeres, contra las personas que defienden el medio ambiente y luchan contra el cambio climático, contra los que practican una religión distinta a la dominante en cada país, contra los adversarios políticos, contra los inmigrantes, contra los homosexuales...

Los medios de comunicación siempre han sido muy exigentes con la identidad de las cartas a la dirección, pero ahora son muy laxos con los perfiles anónimos que llenan de insultos los comentarios a noticias y artículos de opinión en sus sitios en Internet. La gran paradoja de nuestros días en Europa es que nos hemos dotado de una legislación de protección de datos muy estricta que, incluso, en muchos casos, entra en conflicto con las leyes de transparencia y, al mismo tiempo, permitimos la impunidad de los fabricantes de noticias falsas, insultadores y odiadores de muy diverso pelaje y condición.

Al igual que se reduce la circulación de dinero anónimo, el efectivo de billetes y monedas, para aflorar la economía sumergida y combatir el fraude fiscal, hay que plantearse con el mismo rigor y contundencia la erradicación del anonimato digital. Nos jugamos mucho en el asunto y, por ahora, llevamos las de perder porque quienes van ganando terreno son los integrismos religiosos y políticos que están detrás de la oleada involucionista en todo el planeta.

Los algoritmos no son inocentes, se diseñan para fomentar la dependencia y la adicción a las redes y a las pantallas, por lo que hay que recomendar moderación y responsabilidad en nuestro comportamiento virtual como ya ocurre en la vida cotidiana con sustancias adictivas como el alcohol, el tabaco y otras drogas.