La colección otoño 2026 de Jacquemus, presentada bajo el título ‘Le Palmier’, confirma algo que el diseñador francés lleva tiempo defendiendo: la moda también puede ser un espacio para el juego, la ironía y el disfrute. En un momento en el que muchas casas se refugian en discursos solemnes, Simon Porte Jacquemus decide mirar hacia el exceso festivo de los años ochenta y reivindicar el placer de no tomarse todo demasiado en serio.

Desde antes del desfile, la intención ya estaba clara. La invitación incluía un peine de púas anchas y unas instrucciones precisas para lograr el peinado palmier, una coleta elevada y rígida que remite a las noches más exageradas del París ochentero. El gesto, aparentemente trivial, marcaba el tono de toda la propuesta: teatral, nostálgica y deliberadamente exagerada. No era solo una referencia estética, sino una declaración de principios.

Sobre la pasarela, muchas modelos lucieron ese peinado imposible, reforzando una atmósfera retro que atravesó toda la colección. Las siluetas femeninas giraron en torno a vestidos de cóctel escultóricos, abrigos con mangas murciélago, trajes de día con aire de almuerzo elegante y faldas lápiz que abrazaban el cuerpo antes de estallar en volantes a la altura de la rodilla. Una feminidad exagerada, a ratos provocadora, que evocaba a iconos de la época dorada del glamour mediático.


No todas las propuestas resultaron equilibradas. Algunos looks rozaron la caricatura, con volúmenes forzados y combinaciones que se movían peligrosamente entre el homenaje y la parodia. Aun así, esa irregularidad forma parte del ADN de la colección: Jacquemus no busca perfección, sino emoción. En palabras del propio diseñador, el objetivo era claro: hacer algo divertido.

Entre las referencias más evidentes del imaginario creativo apareció Paloma Picasso, musa declarada del diseñador y símbolo de una década marcada por la libertad estética y el exceso consciente. El vestido final, asimétrico y de un solo hombro, con la modelo cubriendo el pecho con una copa de vino, conectaba directamente con una célebre imagen de Helmut Newton, subrayando esa tensión constante entre sensualidad, ironía y provocación elegante.

Cuando Jacquemus se movió hacia territorios más depurados, la colección encontró mayor solidez. Las camisas blancas contundentes, los tops tipo sujetador, los vestidos de punto drapeados y las faldas lápiz bien construidas demostraron que el diseñador se siente más cómodo cuando equilibra espectáculo y funcionalidad. Son piezas que, aun manteniendo el espíritu festivo, resultan más cercanas al armario real.

La propuesta masculina fue igualmente irregular, pero aportó algunos de los momentos más frescos del desfile. Trajes en colores inesperados, guiños al esmoquin clásico reinterpretado con ligereza y una actitud claramente juguetona marcaron una línea masculina más experimental. Según el propio Jacquemus, el ready-to-wear masculino ya iguala en volumen al femenino dentro de la marca, impulsado especialmente por pantalones, camisería y sastrería.

El contexto del desfile reforzó el relato. Celebrado por segunda vez en el Museo Picasso, el espacio fue imaginado como una mansión privada en plena fiesta. Plumas, transparencias y looks “al límite del disfraz” convivieron con una atmósfera abiertamente celebratoria. Entre los asistentes se dejaron ver figuras como Elton John, Sophie Marceau, Josh Hartnett y representantes del pop coreano, reforzando la dimensión cultural y mediática del evento.

Uno de los momentos más comentados fue la presencia en primera fila de Liline Jacquemus, abuela del diseñador y recientemente nombrada embajadora de la marca. Su apoyo, sencillo y emocional, añadió una capa íntima a un desfile marcado por el exceso. Familia, diversión y moda compartiendo el mismo espacio.

Con otoño 2026, Jacquemus no propone una colección perfecta ni pretende sentar cátedra. Propone algo quizá más valioso: una invitación a disfrutar, a recordar que la moda también puede ser una fiesta y que, a veces, el verdadero lujo está en permitirse jugar. En un calendario cada vez más cargado de discursos trascendentes, Jacquemus abre la puerta a la ligereza como acto creativo. Y lo hace, fiel a su estilo, con una sonrisa.