Pagar con el teléfono ya no es cosa de cuatro entusiastas, sino el gesto que mejor retrata hacia dónde tira el bolsillo español. El dinero instantáneo, el contactless y las carteras móviles suman cuota trimestre a trimestre, mientras el efectivo se repliega a cámara lenta sin que nadie lo discuta ya. La inercia juega a favor del móvil. España, que llegó tarde a la digitalización de los pagos, se ha colado entre los mercados europeos con más penetración de transferencias inmediatas entre cuentas, y lo ha conseguido sin campañas ni decretos, a fuerza de costumbre.
La caída no llega de golpe, y en ese matiz se esconde buena parte del relato. El efectivo sigue siendo el medio principal para el 57% de quienes compran en tienda física y lo emplea a diario el 55%, dos cifras que ceden frente al año anterior. La tarjeta aguanta como segunda opción, en torno al 27%, mientras el pago con móvil trepa hasta el 15% y gana adeptos en todas las edades. El termómetro más fiable sobre el uso del efectivo en España describe un goteo, no un derrumbe: el billete resiste sobre todo entre los mayores de 54 años y en los pueblos sin oficina bancaria cerca, casi una imposición geográfica. Entre los menores de 35, sin embargo, eso de la lentitud cuesta sostenerlo.
Si esa mudanza tiene un nombre propio, es Bizum. La criatura de la banca española cerró 2025 con 30,6 millones de usuarios y 1.237 millones de operaciones, un 13,2% más que el ejercicio anterior, hasta promediar 3,4 millones de envíos al día. Lo que se ideó para pagar la ronda o partir una cuenta se ha convertido en el segundo método favorito del comercio electrónico, con una cuota que las entidades sitúan entre el 20% y el 30%, y solo las compras online se dispararon un 82% en un año. La cifra importa menos que la dirección: el pago inmediato ya pisa los talones a la tarjeta en su propia casa.
Esa expansión ha alcanzado esquinas de la economía digital que el plástico dominó durante años. Los portales especializados que radiografían el ocio en internet lo verifican sobre el terreno, y su seguimiento de segmentos como los casinos con bizum documenta cómo el pago instantáneo se ha colado en plataformas de entretenimiento que hasta hace poco vivían pegadas a la tarjeta. El detalle es revelador, porque confirma que la adopción no se queda en el supermercado ni en la plataforma de streaming de turno, sino que se cuela por cualquier rendija donde el usuario prefiera firmar desde la app de su banco antes que teclear dieciséis dígitos.
La pregunta del porqué tiene una respuesta poco romántica: la fricción se ha reducido casi a cero, porque el móvil despacha un pago en segundos, con la huella o la cara, sin sacar la cartera. El plan de la compañía para este año pisa el acelerador, ya que ultima el pago presencial en comercios mediante tecnología NFC, con solo arrimar el teléfono al datáfono, y ensancha la interconexión transfronteriza que ya permite mandar dinero a Italia y Portugal. La meta, enlazar a más de 385 millones de europeos, busca convertir un invento de andar por casa en pieza de la fontanería de pagos europea.
Conviene no perder de vista de dónde sale todo esto. Haga memoria: la cena dividida por el grupo de WhatsApp, el préstamo devuelto sin pisar el cajero. Esa familiaridad no llegó por real decreto, sino que se fraguó en los pagos entre particulares, en la rutina de repartir gastos con el teléfono, mucho antes de que el comercio entrara en la ecuación. Hacer un bizum se volvió verbo, y un verbo es lo más cerca que un método de pago puede estar de ganar la guerra cultural. La banca, dueña del esquema, logró lo que las grandes carteras globales llevan años persiguiendo: que el cliente asocie la inmediatez con su banco, no con un intermediario de fuera.
Nada de esto firma el acta de defunción de la tarjeta. El plástico todavía acapara más del 60% del volumen de los pagos minoristas y manda sin discusión en el comercio transfronterizo, y conviene recordar que lo que aquí suena a vértigo, en media Escandinavia es ya vieja costumbre. Apple Pay, Google Pay y las carteras bancarias, lejos de jubilarla, canalizan operaciones de tarjeta y apuntalan su posición. El mapa real es de capas: efectivo para lo discreto, tarjeta para el grueso del gasto, móvil para lo rápido y lo cercano.
Sobre todo ese tablero se cierne ahora una incógnita mayor. El Banco Central Europeo decidió a finales de 2025 dar el siguiente paso en el euro digital, una versión pública del dinero electrónico que, si la legislación comunitaria prospera, podría pilotarse en 2027 y emitirse hacia 2029. Su diseño no esconde el cálculo político: blindar la soberanía de pagos del continente, rebajar la dependencia de Visa y Mastercard y de las stablecoins ancladas al dólar, y proteger esquemas locales como el propio Bizum.
La duda es qué ocurre cuando ese euro soberano aterrice en un país que ya ha hecho del pago instantáneo una segunda piel y, a la vez, se niega a soltar el billete. Quien controla los raíles controla una tajada del dinero de cada día, y aún está por ver si los españoles querrán una capa más o seguirán pagando como les dé la gana.
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