Llega septiembre y las pistas de pádel vuelven a llenarse. Tras el paréntesis del verano, miles de jugadores recuperan la pala, y muchos otros la cogen por primera vez animados por amigos, compañeros de trabajo o hijos. El pádel, el deporte que más ha crecido en España en la última década, es también, de forma muy visible, el deporte de la mediana edad: buena parte de quienes lo practican con más pasión ha superado ya los 40 años.

Y ahí surge la pregunta. Cada cierto tiempo, la noticia de un jugador que se desploma en plena partida reaviva la duda: ¿ese boom es una buena noticia para el corazón o una imprudencia colectiva? El pádel exige sprints, frenazos y giros bruscos, un tipo de esfuerzo muy distinto al del paseo o la carrera suave, y a partir de cierta edad algunos corazones esconden problemas que no dan síntomas en la vida diaria.

La cardiología, sin embargo, tiene un veredicto más claro y menos alarmista de lo que sugiere el debate. El problema casi nunca es el deporte, sino cómo, cuándo y en qué condiciones se practica. La distancia entre la medicina y el riesgo se mide en unos pocos hábitos concretos: preparación, hidratación, sentido común frente al calor y respeto a las señales del propio cuerpo.

El veredicto de la cardióloga: siempre medicina preventiva

La Dra. Mónica Recio, especialista del Servicio de Cardiología de la Unidad de Rehabilitación Cardíaca del Hospital Universitario Fundación Jiménez Díaz —hospital de referencia del Madrid Premier Padel, del que Quirónsalud es Servicio Médico Oficial y que se celebra del 1 al 6 de septiembre—, resuelve la disyuntiva sin rodeos: "El pádel, al igual que cualquier otra actividad física o deporte, siempre es medicina preventiva. El problema no suele ser el deporte en sí, sino practicarlo sin preparación, ignorando síntomas de alerta, o sobreexponerse al calor y a la deshidratación. La evidencia muestra que la actividad física regular reduce el riesgo cardiovascular, mientras que el sedentarismo es uno de los principales enemigos del corazón".

El pádel tiene, además, una ventaja de la que pocas recetas médicas pueden presumir: sus participantes se comprometen. "Además, al ser un deporte social y divertido, muchas personas mantienen la adherencia durante años, algo que a menudo no ocurre con otras formas de ejercicio", apunta la cardióloga. Esa constancia es precisamente lo que convierte cualquier ejercicio en una herramienta real de prevención cardiovascular.

Lo que un partido a la semana le hace a la tensión, el colesterol y el azúcar

Los beneficios no son una impresión subjetiva: se miden en la consulta. "El pádel puede ser una excelente forma de ejercicio cardiovascular para personas mayores de 40 años, especialmente porque combina actividad aeróbica de intensidad moderada con intervalos de alta intensidad, ayudando así al desarrollo de fuerza en piernas y tronco. Además, si se practica con regularidad, ayuda a reducir los niveles de tensión arterial, tanto sistólica como diastólica, a incrementar los niveles de colesterol bueno o HDL y reducir ligeramente el malo, así como a conseguir un mejor control de los niveles de azúcar en sangre con menor riesgo de desarrollo de diabetes", detalla la Dra. Recio.

Es decir, la pala actúa sobre los tres grandes frentes que vigila cualquier chequeo a partir de los 40: la hipertensión, el colesterol y el azúcar en sangre. El HDL, ese "colesterol bueno" que sube con el ejercicio, funciona como un camión de limpieza que retira la grasa de las arterias; cuanto más alto, mejor protegido está el corazón.

El deporte de los frenazos: por qué estresa más que correr (y por eso entrena mejor)

El pádel no se parece a trotar a ritmo constante. Es una sucesión de arrancadas, frenazos y pausas, lo que los médicos llaman ejercicio interválico. "Eso obliga al corazón y al sistema circulatorio a adaptarse constantemente a cambios bruscos de demanda, lo que supone un estrés fisiológico mayor que mantener un ritmo estable al correr. Ese estrés en personas sanas puede resultar muy beneficioso, pues esa alternancia de esfuerzos y recuperaciones ha demostrado mejorar la capacidad cardiorrespiratoria, la sensibilidad a la insulina y algunos factores de riesgo cardiovascular de forma muy eficaz", explica la especialista.

Es la paradoja del estrés que fortalece. "El corazón se vuelve más eficiente, siendo capaz de llevar cada vez más sangre a los tejidos con menos pulsaciones, haciendo también que la frecuencia cardíaca en reposo sea más baja", añade la Dra. Recio. Un corazón entrenado en la pista también se recupera antes tras cada sprint, algo que se asocia con menor riesgo de eventos cardiovasculares y con arterias más elásticas.

La cardiopatía que espera su partido

Entonces, ¿de dónde sale la otra mitad del titular? Del adjetivo silencioso. "El riesgo cardiovascular silente hace referencia a la presencia de una cardiopatía que no produce síntomas durante la vida cotidiana, pero que puede manifestarse por primera vez cuando el sistema cardiovascular se somete a un esfuerzo intenso, como un partido de pádel muy competitivo", explica la cardióloga. Dicho de otro modo: un partido disputado puede funcionar como una prueba de esfuerzo involuntaria que destapa lo que nadie había buscado.

¿Y qué puede destapar? "Uno de los principales síntomas que se pueden poner de manifiesto al realizar un esfuerzo de alta intensidad es la angina, lo que nos haría sospechar la presencia de enfermedad coronaria, es decir, la presencia de placas de colesterol en las arterias coronarias que obstruyen el paso adecuado de sangre al músculo cardíaco, pudiendo desencadenar un infarto. También, arritmias como la fibrilación auricular u otro tipo de taquicardias supraventriculares, e incluso arritmias ventriculares malignas que desencadenen una parada cardiorrespiratoria, cuando existen enfermedades hereditarias no diagnosticadas previamente como la miocardiopatía hipertrófica", enumera la Dra. Recio. Ese mismo esfuerzo, en una persona con insuficiencia cardíaca u otra cardiopatía conocida, exige aún más precaución.

Los dos jugadores que preocupan en consulta

En la consulta de cardiología hay dos perfiles que encienden las alarmas por motivos opuestos. "El exdeportista que retoma un deporte exigente suele tener una percepción excesivamente optimista de su capacidad física, y, además, suele asumir inconscientemente que su corazón conserva las adaptaciones que desarrolló décadas atrás, siendo a veces incapaz de regular la intensidad o ignorando las señales de fatiga".

"Por otro lado, el paciente sedentario no tiene un corazón entrenado para responder a un deporte interválico de moderada-alta intensidad, por lo que habría que comenzar con ejercicio adaptado a su condición física, y progresar de forma gradual en intensidad y en volumen", describe la especialista.

Para ambos, la recomendación es la misma. "Lo recomendable, por tanto, es que, si existen factores de riesgo o se va a volver a una actividad intensa tras años de sedentarismo, hay que realizar una evaluación médica previa", señala la Dra. Recio. Y aquí conviene desmontar una falsa seguridad muy extendida: el chequeo de empresa no cubre ese papel. "En general, no. El reconocimiento médico laboral clásico no está diseñado para valorar el riesgo cardiovascular asociado al deporte intenso", advierte. Puede identificar factores de riesgo clásicos, pero no detecta enfermedades que solo se manifiestan durante un esfuerzo máximo. "La necesidad de pruebas adicionales depende de la edad, los factores de riesgo y el nivel de intensidad con el que se vaya a practicar el deporte", concluye.

Jugar a 35 grados: el multiplicador que no aparece en el marcador

La primera semana de septiembre añade otro factor que muchos jugadores subestiman: la temperatura. "El calor extremo, especialmente en pistas cubiertas mal ventiladas o durante ejercicio a pleno sol, aumenta la demanda de oxígeno y el trabajo cardíaco, algo especialmente relevante en personas con cardiopatía, hipertensión, insuficiencia cardíaca o enfermedad coronaria. Además, la deshidratación favorece desequilibrios electrolíticos que afectan directamente a la conducción eléctrica cardíaca, lo que puede favorecer la aparición de arritmias", advierte la Dra. Recio.

La solución pasa por reponer con bebidas isotónicas los iones que se pierden con el sudor y por evitar las horas de más calor, la misma prudencia que se aplica frente al golpe de calor o al planificar cualquier ejercicio al aire libre en verano. La pista cubierta no es un salvoconducto: si está mal ventilada, puede ser tan exigente como el sol directo.

Las señales que obligan a parar el partido

Queda la última pieza, quizá la más importante: saber cuándo el cuerpo está diciendo basta. "Los principales síntomas por los que siempre se debe consultar son la aparición de opresión en el pecho durante el esfuerzo o tras el mismo, lo cual puede ser una señal de enfermedad coronaria, síncopes que ocurran durante el esfuerzo, y la presencia de palpitaciones rápidas o sensación de taquicardia", enumera la cardióloga.

Y establece una regla que ningún jugador debería olvidar: "Si un síntoma le obliga a parar el partido, o resulta claramente desproporcionado al esfuerzo realizado, no debe atribuirse simplemente al calor. Debe considerarse potencialmente cardíaco hasta demostrar lo contrario, especialmente en mayores de 40 años o en personas con factores de riesgo cardiovascular".

El resto de la receta es sencillo de enunciar y de cumplir. "Para que el pádel se mantenga siempre en el lado saludable, hay que intentar practicarlo de manera regular, mantener una buena hidratación, antes, durante y después del partido, evitar las horas de máximo calor, hacer un calentamiento previo adecuado e ir progresando poco a poco, no ignorar los síntomas de alarma, controlar los factores de riesgo y realizar revisiones periódicas cuando sea necesario", resume la Dra. Recio.

La disyuntiva del título, por tanto, tiene truco. La pala no es el peligro: lo son la improvisación, el calor ignorado y el síntoma minimizado con la excusa del cansancio. Bien practicado —con progresión, hidratación y una evaluación previa cuando toca—, el pádel es una de las recetas cardiovasculares más fáciles de cumplir que existen. Entre otras cosas, porque es de las pocas que apetece repetir cada semana.

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